45. Reconstruirse a veces conlleva volver a romperse

28 5 20
                                        

El resto de días se convirtieron en una rutina agonizante, fría, casi silenciosa de no ser por las constantes visitas de Eiji e Ichiro. Acabó contando todo; que ya había visto lo que ocurría con su otro amigo, que sabía cómo estaba, dónde estaba y por qué. Una rotura craneal, tres huesos del brazo derecho rotos, la rodilla del mismo lado hecha trizas, seis costillas partidas, un pulmón perforado por los trozos punzantes de estas y ambas clavículas reventadas. Estaba vivo de milagro, no iba a salir pronto de aquel hospital y Daiki no planeaba abandonarlo. Eiji fue quien más silencio hizo, aliviado por la manera en la que el muchacho pareció olvidar que él "intentó" acercarse a Sugimoto y agobiado por escuchar aquel tono, aquella voz rota y temblorosa. Cada mañana, Daiki se permitía descansar su dolido corazón en compañía de sus amigos y padres. Cada tarde iba a ver a Ken y permanecía allí hasta el toque de queda. Los Sugimoto estaban conmovidos por su constante apoyo, no tuvieron valentía para negarle el paso a pesar de que la cantidad de personas en la habitación era limitada. Daiki le hablaba, le tocaba, le sostenía la mano, le besaba la frente o la mejilla, le peinaba, le lloraba. Hacía de todo como si el pelirrojo pudiese sentirlo de forma consciente, como si le escuchase. Y de repente, tuvo miedo. Hubo una mañana, una de las últimas, en la que se instaló en su pecho el pavor, la indecisión, la confusión. Estaba adorando demasiado al chico, más de lo normal. Lo admiraba tanto en su silencio, se deleitaba con culpa por su atractivo, siempre latente sin importar si estaba dormido, herido. Lo echaba tanto de menos... Sus caricias indecentes, sus besos apasionados, sus miradas fogosas, sus deseos silenciosos. Estaba regalando un cariño más profundo, más intenso, más crudo. Y temió. Temió por su propio bienestar, por la incapacidad de comprender qué quería de él o qué sentía por él. Se había dado cuenta de cuánto amaba a Eiji, del deseo primitivo de poseerlo y de la necesidad de cuidarlo, de ver su sonrisa, de observar sus ojos azules brillar, de presenciar su expresión de profundo anhelo. Pero cuando le dijo al pelirrojo que ya no podrían tocarse como antes, aunque este estuviese dormido... Oh, maldita fuese su existencia. Dolió tanto pronuciar esas palabras aunque no fuesen escuchadas, como estampar los clavos de su propio ataúd... Su alma estaba tan enredada, tan aturdida, tan dividida. ¿Realmente era posible sentir ese amor tan puro y único hacia dos personas? ¿Era el mismo tipo de amor o se estaba confundiendo con algo más? ¿Estaba bien? ¿Estaba mal? ¿Era realmente amor o solo un capricho del corazón? De repente, lo que ya era difícil de ver se convirtió en una nube tormentosa que nublaba toda la vista.

Cuando llegó el momento de volver a casa, lloró. Lloró tanto que creyó morir deshidratado a medio camino. Su casa era igual, nada cambió. Yoko era alegre, Flakes era una amorosa bola de pelo, sus padres eran maravillosos... La vida continuaba tan normal, tan ajena a su amigo hospitalizado, que se sintió ofendido de que el tiempo no se detuviese a esperarle. El muchacho veía su hogar sin color, completamente gris. No hablaba, no salía de su cuarto, no jugaba. Se encerraba en su cubículo, a veces abrazando a su mascota, a veces estrujando sus peluches, a veces observando el techo, a veces solo existiendo, respirando. No respondía las llamadas de Eiji, tampoco las de Ichiro. El peso de la realidad, del mundo, era demasiado para él. Cada día, cada hora, cada segundo era un sufrimiento que pesaba como un quintal atado a una cuerda enrollada a su cuello. Le dolía el estómago y el pecho, las medicinas de uso libre para los dolores no funcionaban. Se estaba marchitando por dentro y el origen era emocional. Jamás hubiese creído que la ausencia de una sola persona llegase a sentirse tan despiadada. Estuvo acostumbrado a no tener amigos durante años, pero ahora, después de saber cómo se sentía la amistad y el amor, era insoportable. Pasaba la mayor parte del tiempo echado en la cama, intentando escapar del mundo real. Su realidad cada vez más negra, más sólida. Y él siendo aplastado.

-Daiki. -dos golpes leves resonaron en su puerta, acompañados de la voz aterciopelada de su padre. -Ha venido la terapeuta, ¿quieres salir? -no hubo respuesta. Daiki ya era conocedor de su cita con aquella profesional. En un principio, sucedería en la clínica, pero con la nueva situación sus padres decidieron pagar un poco más para que fuese tras las paredes de su hogar, donde el chico pudiese sentir la seguridad de su propio entorno. -Voy a entrar. -avisó. El pomo se bajó y Tanjiro entró despacio, observando las cortinas cerradas en un vago intento de Daiki por tener su cuarto en penumbra. Dejó la puerta entornada, abrió despacio las cortinas y se sentó en el borde de la cama, mirando la espalda de su hijo. -¿No quieres bajar? -susurró y comenzó a acariciar la pierna más pequeña. -¿Prefieres que la doctora entre aquí? -esperó unos segundos para ver un leve movimiento afirmativo. -Voy a avisarla, ponte unos pantalones. -de la misma manera silenciosa que entró, salió.

Kimetsu no Yaiba: Next GenerationHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora