42. Al borde

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La caminata fue lenta, no existían prisas, las noticias les habían permitido volver a respirar. Fue duro enterarse por el contacto del hospital que sus hijos estuvieron involucrados en un accidente grave, donde el auto quedó destruido y se produjo una muerte repentina. Pudieron haber sido dos si Ichiro se hubiese desmayado o no lograse juntarse con Daiki a tiempo para evitar que las personas lo movieran en inocentes intentos por ayudarle. El muchacho de ojos verdes habría sufrido el mismo destino que el hombre, muriendo en la ambulancia por una hemorragia interna abundante que no se podría haber controlado a tiempo. Fue un enorme golpe de suerte, o como otros lo llamaban: un milagro, aunque de divino no tenía nada. Era lo que Tanjiro le contaba a Miyuki, la madre de Eiji, después de que ella le contase que su hijo había estado delicado en el quirófano por el húmero derecho desviado y astillado que perforó la piel de su brazo. Les había costado reintroducirlo, reestructurarlo y coser la herida. A la tardanza se le sumaban los escaneres que revelaban una fisura craneal leve, dos vértebras rotas en la región lumbar y un esguince en el tobillo derecho. Iba a necesitar permanecer ingresado una o dos semanas dependiendo de como saliese la operación que tenía programada para el día siguiente. Cuando entraron a la cafetería, visualizaron en una de las mesas solitarias, de espaldas a la entrada, un corte mohicano reconocible, despeinado como un nido de pájaros y con la postura encorvada sobre la superficie.

-Genya. -saludó Tanjiro al pasar por su lado, permitiéndose sentarse delante de él sin necesidad de preguntar. Observó las ojeras oscuras, el rostro agotado y las manos sobre medio café espresso que se había quedado frío. Inosuke se sentó al lado de su marido mientras que la mujer lo hizo al lado de su ex. -¿Está bien que bebas tanto café? -la propia presencia del hombre desprendía un aroma demasiado fuerte a dicha bebida. No fue un vaso, ni dos. Probablemente llevase tres repeticiones a lo largo del día y abusar tanto de aquello no era sano.

-¿Te importa? -contestó con la voz ronca.

-Claro que sí, somos amigos. -suspiró, apoyando los codos sobre la mesa.

-Genya, no hagas que me arrepienta de acompañarte. -la mujer no tardó en mostrar su desacuerdo con la desagradable contestación del empresario.

-No te lo he pedido, deberías estar con Eiji.

-Tú también deberías en lugar de venir aquí a ahogarte en café.

-Calmémonos un poco, ¿vale? -irrumpió el pelirrojo. -No hace falta que nos pongamos tensos ahora. Suficiente tensión hemos tenido con los niños. -Tanjiro comprendía que Genya estaba estresado y su manera de aliviarse y permanecer despierto era tomar la famosa bebida oscura alejado del epicentro emocional, pero también entendía que Miyuki se molestase por verlo irse cuando su hijo lo necesitaba, aunque fuese en silencio. Lo conocía, sabía que él había estado en la habitación todo lo que pudo, así que no lo culpaba.

-¿Cómo está el chico? -preguntó Genya, fingiendo demencia.

-Está bien. -el pelirrojo se relajó. -Si no hubiera sido por su amigo y por lo rápido que respondieron los médicos... -no quería decirlo, lo dejaba en el aire.

-Lamento el susto. -fue similar con ellos, fueron cerca de dos horas en la sala de espera de emergencias, esperando noticias de cualquier tipo: buenas, neutrales o desastrosas. Ningún padre debía pasar por algo así, los hijos eran la vida entera para ellos y el dolor de perder uno jamás curaba, jamás menguaba. Era una herida que se mantenía abierta para siempre, sangrando sin descanso.

-Les hemos dejado solos, pensamos que necesitarían calmarse el uno al otro. -pronunció la mujer.

-Mmh. -Genya asintió, dando un sorbo a su café. -Vosotros también lo habéis notado, entonces.

Kimetsu no Yaiba: Next GenerationHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora