Tenía que sincerarse. No era una opción, ya no. Tenía que hacerlo y estaba decidido a ello. Sin embargo, no podía avalanzarse. No podía adelantarse a los acontecimientos. Por mucho que le desagradara la idea, tenía que esperar. Eiji necesitaba tiempo para asimilar primero lo que había visto y él necesitaba ordenar pensamientos, construir de manera adecuada lo que planeaba decir. No le gustaba, ser paciente no era una de sus cualidades, pero debía dejar que todo a su alrededor se calmara. Su terapeuta le dio la opción más viable al principio, diciéndole que debía dar el primer paso. Y él, cobarde como una rata, prefirió que fuera al revés. Decidió esperar a que el más mayor confesara primero. La cagó, era plenamente consciente. Ahora, pagaba por su error siendo víctima de la ley de hielo.
El alivio que sentía al cuidar en silencio de Ken era pasajero, pero suficiente para mantenerse ocupado y disipar los pensamientos espinosos. Desenredaba los mechones cobrizos con un peine violeta que había limpiado y traído para él de casa. Pasaba las cerdas a través de los mechones del flequillo y la cabeza, aquellos que podía acicalar sin tener que moverle el cuello. Se acostumbró al silencio, observando con el corazón encogido las ojeras y los labios acartonados. Ken se había despertado varias veces desde el día anterior. Sus padres no le dijeron demasiado cuando él entró por la puerta. Sus rostros se vieron más suavizados que durante toda la última semana, pero se percibía en ellos un peso emocional nuevo. Escuchar que su amigo ya no estaba afectado por los sedantes le hizo sentir el corazón más ligero. Aun así, no pasó por alto la información de que el pelirrojo todavía dormía más horas de las que pasaba despierto por los analgésicos.
Se escuchaba el roce suave de las púas, el movimiento lejano de pasos y ruedas en el pasillo, y algún piar en el exterior de la ventana. No lo forzó, no lo apresuró. Tampoco podía ser sincero con él, no así. No en ese estado. Lograr abordar la situación con ambos chicos iba a resultar más lento de lo que esperaba y no sabía cuánto más podría soportar su alma estando callada. Consideraba seriamente pedir a su terapeuta que las citas fueran más próximas. No se veía capaz de soportar demasiado tiempo sin hablar con alguien, sin pedir consejo o consuelo. No después del arranque de ira en la escuela donde terminó autolesionándose sin darse cuenta. Pudo haber sido peor y eso le aterraba. Pudo haberse apuñalado sin querer.
Su mano tembló sobre el peine y los mechones anaranjados se desprendieron de las púas. Suspiró como si le faltara el aire, como si no pudiese permitirse dejar escapar el oxígeno. Sabía que Eiji estaba dolido, que estaba viviendo un desamor por su culpa, que necesitaba alejarse. Pero era muy cruel fingir que su existencia no formaba parte del mundo, haciéndole sentir invisible, solo.
-Estás llorando.
La voz ronca, apagada, casi susurrante, resonó en sus oídos. Apenas distinguió que fue una voz por lo baja que se escuchaba. Sus esmeraldas acuosas se levantaron hasta conectar con los ojos turquesa que recibían la luz indirecta de la ventana. Tan brillantes, tan pulcros. Parecía que habían transcurrido años desde que se deleitó con aquellos estanques vibrantes. Analizó después de unos segundos las palabras y se llevó las manos a la cara, mojando sus dedos. Rápidamente, se frotó para limpiar cualquier indicio. Fue inútil. Su llanto se hizo sonoro, ya no por sus pensamientos oscuros, sino porque Ken estaba despierto y esta vez lo miraba. Lo miraba de verdad, con ese ceño tenso, esas cejas inclinadas en una mueca que no sabía muy bien cómo interpretar. El collarín que solía llevar en el cuello ya no estaba, fue algo en lo que se fijó al entrar. Sin embargo, su amigo apenas giraba la cabeza. Una risa triste y corta se escapó de sus labios.
-¿En serio? -le siguió la conversación.
-Sí.
Daiki no pudo soportar la presión en la garganta. Intentar detener su llanto no estaba siendo útil, así que decidió terminarlo de forma natural, dejarlo fluir. Agachó la cabeza y posó la frente en el colchón. Sentir la mano del otro sobre su cabeza resquebrajó más su fortaleza e hizo más fuertes sus sollozos. Balbuceaba palabras inentendibles, expresando un falso odio hacia su amigo por haberle hecho preocuparse así durante tanto tiempo. No escuchó ninguna de las típicas risas del pelirrojo, tampoco notó movimiento a parte de los dedos que se hundían en su cabello y rascaban con las yemas.
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Kimetsu no Yaiba: Next Generation
Fanfiction¿Alguna vez te has preguntado qué sería de nuestros jóvenes protagonistas en un mundo distinto, una dimensión alternativa en la que su hogar es la época moderna? Este spin-off de El Ascenso del Dragón cuenta las historias de Daiki, retoño de Tanjiro...
