21 (ACTUALIZADO)

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Homer, Alaska. Estados Unidos.

Actualidad.


Dominick.

Jamás habría imaginado que un lugar como este pudiera llegar a gustarme tanto. Un rincón perdido entre montañas y mar donde el frío cala en los huesos... y aun así, por primera vez en mucho tiempo, no tengo prisa por volver a España. Supongo que influye que, al final, conseguí traerme sólo a Olivia. A nadie más.

Me costó lo mío dejar atrás a esa panda de cabezones. Insistí, discutí, inventé excusas... hasta tuve que recurrir a algo más directo. No voy a negar que hubo amenazas. Medio lo aceptaron. Medio. Porque conociendo a Alexei, sé que el día menos pensado aparecerá en la puerta con la maleta debajo del brazo como si aquí no pasara nada. Llevamos dos semanas instalados y todavía no ha dado señales, pero dudo mucho que tarde demasiado en plantarse delante de esta casa como un oso ruso con derecho propio.

A Olivia no le sentó bien ─ni un poco─ que supuestamente ellos hubieran decidido no venir. Se puso triste y me dolió más de lo que admití en voz alta. Cuando llegamos aquí tuve que contarle que en realidad fui yo quien los detuvo. Que los obligué a quedarse. Y sí, se enfadó. Mucho. Pero sabía que tendría que pasar ese trago. Tampoco tardé tanto en hacer que se le olvidara... a mi manera. Hay conversaciones que no necesitan palabras.

La verdad es que sólo quería esto para nosotros. Esta vida nueva, falsa, breve... pero nuestra. Quería que pudiera respirar como una persona normal, sin miradas detrás, sin misiones, sin miedo, sin ese peso que siempre carga. Quería estar con ella como una pareja cualquiera aunque ambos sepamos que nada de lo que estamos viviendo es real del todo. Y aun así, para mí, lo es.

Homer es un pueblo muy pequeño, silencioso, casi un susurro. Las casas están muy dispersas escondidas entre árboles y nieve. Aquí nadie nos mira dos veces. Olivia dice que parece un pueblo sacado de una película tétrica y quizá tenga razón. Pero para mí es perfecto. Perfecto porque es el único lugar donde ella puede caminar tranquila. Perfecto porque puedo verla despertar sin relojes, sin alarmas, sin órdenes. Perfecto porque, por primera vez, puedo tenerla sólo para mí.

La casa que Michael compró ─porque sí, la compró para nosotros─ es, según Oli, perfecta. No, perfecta,no. Perfectísima. A mi me parece bastante sencilal, funcional... y suficiente para los dos. Ella la describe como una casita de color verde menta o verde pastel, para mi es sólo verde. Punto.

Al ser un lugar donde la gran parte del año está nevando, el techo gris está inclinado y toda la estructura se levanta sobre una plataforma que evita el contacto directo con el suelo. Tiene un pequeño porche delantero donde con suerte caben dos sillas y otro trasero más grande que Oli declaró suyo en cuanto lo vio. Por fuera no aparenta ser una casa muy grande pero por dentro sorprende. La distribución es abierta y luminosa porque está llena de ventanas. El salón, la cocina y el comedor comparten espacio. Luego hay dos habitaciones amplias y un baño entre ambas perfectamente equipado. Afuera hay un cobertizo y un espacio donde caben perfectamente dos coches.

Lo primero que hice nada más llegar fue ir directo a un concesionario y comprar un Jeep de los que le gustan a mi chica... bueno, mi chica no. Mi mujer. Porque hace un mes se convirtió en eso para mí. Aunque no de manera oficial ni lega. Cosa que en realidad me alegro porque siempre quise pedirle matrimonio de algún modo menos... dramático. Y lo haré en cuanto todo esto termine. Lo primero que haré será convertirla en mi mujer poniéndole un anillo como Dios manda y convencerla ─como pueda─ de que tengamos un par de pequeños terremotos corriendo por casa.

Eso último va a costarme la vida, lo. Sé. Pero ella también sabrá que vale la pena correr el riesgo.

Según la mujer que nos entregó las llaves y las escrituras de la casa, Homer es un pueblo pequeño, sí, pero totalmente abastecido de cualquier cosa que se te pueda venir a la mente. Para nosotros lo fundamental era que tuviera supermercado, un hospital y una farmacia. Por lo que pudiera pasar. Y por una vez, el destino decidió darnos algo sencillo.

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