Aunque costara alejarme,
pude acostumbrarme
a no pensar en ti.
Ya era feliz y tú llegaste tarde.
Me subí al tranvía justo a tiempo, llegaba tarde al trabajo y estaba segurísima de que Saúl se enfadaría aún más que la última vez, pero yo no contralaba el tranvía. Podría salir antes, sí, pero ya lo había intentado un par de veces y siempre llegaba tarde, supongo que eso es algo que viene en la persona y no se puede cambiar, por más que lo intente.
Me había pasado toda la noche cosiendo un vestido para la boda de Helena, una amiga de la universidad, la única, de hecho. Y había acabado haciendo otros dos vestidos por si acaso no me gustaba el resultado del primero.
La música de mis cascos se paraba constantemente por culpa de los mil mensajes que me estaban llegando, así que decidí coger el móvil para comprobar quién era y qué era tan importante para no poder esperar ni un segundo.
Fruncí el ceño cuando vi los mensajes de mi madre, de África y de Paula. Mil mensajes en los que llamaban mi atención, pero que no decían nada. Letras sueltas para que cogiera el teléfono. Dejé de tener cobertura cuando entramos en el túnel de Luceros.
Salí corriendo del vagón y subí las escaleras aún más rápido, pasando de largo a la gente que subía en las escaleras mecánicas y en contra de las que bajaban rápidamente por las mismas que yo.
− Lo siento. −me disculpé con todas las personas contra las que chocaba.
Llamé a mi madre nada más salir de la boca del tranvía, me cogió la llamada al instante. La noté histérica con solo decir mi nombre.
− ¡Mar! −gritó. −Menos mal, ¿dónde estabas? −preguntó preocupada.
− Estaba en el tranvía. −respondí. − ¿Qué pasa? Llego tarde al trabajo. −me quejé.
− ¿Es que no te has enterado? −la escuché bufar. −Tan distraída como siempre, hija. −suspiró. −Es Marcos, cariño.
Marcos era mi mejor amigo. Habíamos estado juntos desde pequeños, era más que mi mejor amigo, pero a la misma vez nunca había pasado a ser otra cosa que no fuera eso. Aunque había estado enamorada de él desde que teníamos doce años, cosa que fue aumentando con el paso de los años. En cambio, a él parecía que solo le interesaba el atletismo y ganar un triatlón.
− ¿Qué pasa con él? ¿Ha vuelto de Málaga ya? −pregunté extrañada.
Se había mudado a Málaga, primero para estudiar la carrera y luego para aprobar las oposiciones de profesor, así que llevaba ahí desde los dieciocho, y solo venía en verano y en Navidad a ver su familia, pero nosotros no nos veíamos mucho en esos meses. Yo solía estar ocupada todo el año por el bar y él solo venía a pasar tiempo rodeado de su familia.
− Sí, ya ha vuelto. −murmuró. −Pero no de la forma que crees.
A mi madre le gustaba dar dramatismo a las cosas, porque decía que la vida tenía que ser algo más que vivir y punto. Yo compartía ese pensamiento, pero de la misma manera. Dejaba de lado el punto dramático de mi madre porque en mi vida no me hacía falta más.
Desde que me había independizado había estado mudándome de piso en piso, a cada cual peor y más barato. El sueldo del bar no me daba para mucho, pero desde hacía un par de meses vivía en una casa pequeña, pequeñísima, pero al menos podía permitirme sobrevivir.
Envidiaba a Marcos en esa parte. Lo seguía en Instagram y en Facebook, y veía su piso acogedor, pero en pleno centro de Málaga. El trabajo que siempre quiso y su novia rubia perfecta que parecía una modelo de Victoria's Secret. No sabía si envidiaba la vida de Marcos o la de su novia.
ESTÁS LEYENDO
Volver a Mar
RomanceMar y Marcos han estado enamorados desde que se conocen, pero nunca se han dicho nada sobre eso. De hecho, ambos tomaron caminos diferentes y con personas diferentes, en ciudades distintas. Mar decidió quedarse en su ciudad natal mientras que Marcos...
