Capítulo 41 | "Dolor"
Madison Morosova
Egor sonríe mientras me observa en el suelo sobre mis rodillas, sus hombres gritan un sinfín de atrocidades que les gustaría hacer conmigo, provocando que surjan pequeños escalofríos en mi cuerpo, debido a que es muy probable que suceda, que Egor los deje hacer con mi cuerpo lo que ellos deseen, tal como hacía con mamá.
— Llévenla con su hermano — ordena Egor.
Los mismos hombres que me trajeron son los encargados de guiarme por el galerón, aunque me parece impresionante la cantidad de pasillos y escaleras que tiene, desde afuera parecía un almacén común y corriente.
Uno de los tipos que me arrastra por el pasillo posa su mano en mi trasero e inmediatamente comienzo a removerme entre los agarres de los demás hombres.
Uno de ellos me suelta un poderoso bofetón que me hace saborear la sangre en mi boca, pero no me permito hacerles saber lo mucho que me ha dolido. Llegamos a una imponente puerta de metal llena de varios cerrojos y custodiada por un hombre armado hasta los dientes. Los hombres abren los cerrojos uno a uno y finalmente cuando la puerta cede me empujan sin una pizca de amabilidad, haciendo que por el amarre en mis manos pierda el equilibrio y caiga al suelo.
Demonios, mis rodillas me están detestando en este momento.
La puerta es cerrada de golpe.
— ¡Annika! — mi hermano corre hacia mi cuerpo y me estrecha entre sus brazos, luego se aparta y empieza a ayudarme con los amarres de mis manos, luego ambos nos levantamos.
Su rostro está lleno de golpes, tiene un ojo de una tonalidad azulada que estoy segura se oscurecerá aún más, sangre seca en su cien, una ceja partida y sangre seca bajo su boca. Está sin camisa, lo que me deja detallar varios golpes a lo largo de su tórax y una cortada profunda en su espalda que apenas han cubierto con unas pocas gasas.
La cortada necesita suturas, además de gasas limpias y antibióticos, pero no nos darán nada de eso y es probable que la herida se infecte, en el mejor de los casos tardará semanas en sanar.
Sólo se carga unos pantaloncillos deportivos, tampoco trae zapatos, no detecto si su cuerpo está temblando producto del dolor o del frío, asumo que la habitación cuenta con aire acondicionado y está al máximo, con la poca ropa que se carga Alek no deja que su cuerpo entre en calor. Sus labios están en una tonalidad ligeramente morada por el frío.
Aun así, sus ojos idénticos a los míos brillan apenas me observa y me regala una sonrisa.
— No deberías estar aquí — habla, tomando mi rostro entre sus manos y limpiando el rastro de sangre de la comisura de mis labios que quedó tras el bofetón. Inspecciona mi cuerpo, buscando cualquier rastro de heridas.
— No podría abandonarte — respondo.
— No saldremos de aquí, lo sabes, ¿no?
— Pero estaremos juntos, tú y yo.
Sonríe de nuevo, es una sonrisa triste.
¿Saben lo jodido de las sonrisas tristes? Existe el tipo de persona que ha llevado bastante mierda en su vida y es doloroso, pero luego está otra categoría de personas que han llevado mierda en su vida y aún tienen las agallas de sonreír, lo que lo hace aún más doloroso.
— Jamás me perdonaré que estés en este infierno por mí — se queja.
— Tu bajarías al mismísimo infierno por mí, yo haría lo mismo por ti — lo abrazo con fuerza, es igual de alto que los hermanos Blackwolf.
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As de Corazones
Novela JuvenilLibro 1 | Trilogía Amores Letales Connor Blackwolf, Kace Blackwolf y Oliver Blackwolf. Tal vez sus nombres no te indiquen quienes son ellos. Son conocidos como los lobos. Los líderes de la mafia española. El peor grupo criminal que ha pisado las cal...
