Capítulo VII

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La cena acabó mucho mejor de lo que empezó. Ambos habían logrado entablar conversaciones tranquilas sin llegar a irritarse el uno al otro. Una verdadera hazaña. El orgullo que existía en los dos jóvenes se había apartado tan solo unas horas, para darse la oportunidad de abrirse un poco más. No contaron detalles privados como si tuvieran toda la confianza del mundo, si no que optaron por compartir anécdotas de la infancia, situaciones divertidas y demás. Tomaron entre los dos, tres botellas de vino, siendo Harry el que más bebió esa noche. Sus mejillas estaban ligeramente sonrosadas mientras se acercaba hasta su coche, donde el chico que cuidó de él les esperaba con las llaves.

—Espero que no tenga ningún rasguño —balbuceaba el director mientras observaba el vehículo. Su voz era apenas entendible.

—Todo está en orden, señor. —le miró y esperó a que dejara de buscar fallas. Cuando logró separarse de su coche, se acercó a él y éste le dio las llaves. Miró al otro lado y observó a Louis, que venía detrás.

—Muchas gracias, ten. —sacó de su cartera un billete y se lo tendió al joven a modo de propina, que sonrió tomándolo y agradeciendo. Cuando se fue, observó al director, que seguía revisando defectos invisibles. Le pareció bastante graciosa la imagen, por lo que rio y palmeó su espalda—. Harry, déjalo, tu coche está bien.

—Voy a llevarte a casa. —Se dio la vuelta y se tambaleó un poco. El modelo le sostuvo con cuidado.

—No puedes conducir así o nos matarás a los dos. Deja que conduzca yo —ofreció con amabilidad, pero Harry se separó bruscamente de él y alzó su dedo índice con un gesto de enfado.

—Mi Maserati Ghibli es mío, y no dejo que nadie lo use.

El ojiazul rodó los ojos y resopló.

—No te lo voy a estrellar, idiota, solo quiero llevarnos a casa.

—No, conduzco yo —insistía el ojiverde con el ceño fruncido. Trató de abrir el coche y, tras varios intentos para dar al botón de las llaves, logró abrirlo—. ¿Ves? Puedo perfectamente.

El modelo pasó la mano por su cara

—Por Dios, deja de ser un cabezota. ¿Acaso quieres matarnos? Dame las llaves.

—No. —Se alejó más.

— Harry.

— Louis.

— Dámelas.

—Ve andando hasta tu mansión si no quieres que conduzca —escupió con enfado. El ojiazul rio irónico.

—Una polla, está a tomar por culo de aquí —resopló y trató de arrebatarle las llaves, pero éste esquivó su movimiento—. Harry, coño, colabora un poquito.

—Si las quieres, quitamelas —sonrió y comenzó a correr alrededor del coche. Pudo parecer infantil, pero el castaño se echó a reír y comenzó a perseguirlo.

Lucían como dos niños pequeños, correteando por el aparcamiento como si estuvieran solo ellos. Las risas agudas y flojas por los efectos del alcohol era lo único que se escuchaba en el lugar. Era la una y media de la madrugada, por lo que no había apenas nadie por las calles.

En un movimiento rápido, el director tropezó contra el bordillo de la acera y cayó en el pequeño espacio de césped que decoraba la entrada del restaurante donde aún se encontraban. El ojiazul estalló en carcajadas al verlo caer y éste le siguió poco después. Sus estómagos dolían por la risa.

—Venga, que te ayudo a levantarte, bobo. —extendió su brazo hacia el rizado, que sonrió con maldad y tiró con fuerza, haciéndole caer sobre él—. ¡Oye!

Duelo de poder || l.sDonde viven las historias. Descúbrelo ahora