Capitulo 34

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Al llegar a la casa de María nos abrió la puerta su madre. Era una señora muy educada y elegante. Siempre tenía una sonrisa para todo el mundo. Su hija ya podría haber heredado ese carácter tan bonito.
Al entrar vimos que ya habían muchos amigos. Como siempre, todo decorado al más mínimo detalle, con globos, guirnaldas, una mesa con pica pica, otra con golosinas, música, la piscina llena de flotadores,...
- Ahora entiendo el motivo por el que decidís venir cada año, aunque no tengáis mucha relación con ella. - murmuró Jonh.
- ¿Quién iba a perderse una fiesta así? - contestó Ibet con cara de felicidad.

En unas tumbonas de la piscina estaba María con su novio. Cuando nos vio, vino a saludarnos.

- Bienvenidos chicos. Como veis ahí hay una mesa con picoteo. Podéis comer lo que os apetezca y también hay una mesa dulce.
- Perfecto María. Vas muy guapa. - le comenté.
- Gracias. Voy para allí. - dijo señalando a la tumbona donde estaba su novio.
- Nos bañamos? - preguntó Ibet.
- Yo de momento no. ¿Y tú?- le contesté.
- Yo sí. Me voy a cambiar y me pego un chapuzón antes de merendar. Ahora vuelvo.
- ¿Y tú Jonh? - le pregunté.
- Yo de momento no.
- ¿Vamos a comer algo?
- Esa me parece mejor idea. Por cierto, te favorece mucho el color rojo. Es un vestido muy bonito.
Cuando me dijo eso me sentí muy bien. Nunca ningún chico me había dicho nada bonito. No estaba acostumbrada a recibir esos comentarios y enseguida me puse roja.
- Voy a probar estos bocadillos. ¿De qué serán? - Me preguntó.
- Pues parece que son variados. Seguro cualquiera que cojas está bueno.

Todo parecía perfecto. La música sonaba mientras todos disfrutaban de la comida, la piscina y los amigos. Nada hacía presagiar que se estropeara la tarde, pero el destino nos tenía preparado un buen susto.
La tierra empezó a temblar. Nos mirábamos unos a otros asustados, sin saber que era lo que ocurría, hasta que el movimiento fue tan fuerte que se empezaron a caer todo lo.que había en las mesas. Algunos empezaron a chillar gritando que era un terremoto y lo mejor que se puede hacer en estos momentos es que no tengas nada encima que te pueda caer. Lo ideal es estar al aire libre y en este caso era como estábamos casi todos. Fueron segundos, pero se hizo eterno por la incertidumbre de no saber en qué momento pararía. Cuando la tierra dejó de temblar, me di cuenta que John y yo nos habíamos cogido la mano. Nos quedamos mirando unos segundos sin mediar palabra y después le solté.
- ¿Que ha pasado? ¿Pero que era eso?
- Un terremoto. Parece que ya ha parado. Que fuerza tienes. Me apretaste la mano muy fuerte.
- Lo siento. No me di ni cuenta. Nunca había vivido algo así y me asusté.

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