🦎 Capítulo 64

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Una vez que la pequeña camaleón se recuperó, pudo volver a tomar su forma humana y se quedó sentada en la orilla de la cama, aún recomponiéndose.

—Es muy pronto para temerle a la Swan. Sé que si actúo con normalidad, nada malo saldrá. El problema es... —empieza a decir la joven de ojos verdes, levantando la mirada hacia la pareja nativa, sus confidentes.

—Es que nada en tu entorno o en ti es normal —responde irónicamente Sam.

—Ese es mi problema... —acepta mientras se muerde el dedo índice.— Además, no puedo disimular el lazo con mis compañeros; los necesito como el aire y el agua.

—Podrías disimular dentro del instituto o en las quedadas con ella, aquí o en su casa, claro, si es que surge la amistad. Pero no la lleves a tu hogar, porque presiento que ninguno de tus compañeros lo verá con buenos ojos —propone Emily.

—¿Qué hago si me pregunta por qué vengo a la reserva y no a mi casa con ella? —consulta en voz alta.

—Contesta con la verdad. Dile que eres reservada y que no tienes la suficiente confianza en ella ni en tus "hermanos". Diles que son celosos y ya. —contesta Sam, con los brazos cruzados. — Si insiste, usa la típica carta de molestia: "No eres tú, soy yo."

—Insistirá por el cliché. —bufa molesta.

—¿Y si no?

—Pues pensaremos en algo para sobrellevar la situación. Por ahora, sigue como estás en tu año escolar. Ya después veremos cómo suceden las cosas. —contesta Emily, cortando con una mirada de advertencia que no se debe considerar el camino pesimista.

Eco, agradecida, abraza a Emily con una calma renovada, que antes no tenía.

—Gracias por tenerme paciencia. En verdad, no sé qué haría sin ustedes.

—Pues ya está más que visto, que en crisis, por supuesto. —contesta bromeando Sam.

Los tres suspiran y se distraen al mirar por la ventana, notando cómo oscurecía.

—¿Qué hora es? —pregunta Eco.

Emily mira rápidamente su reloj de mano, y sus ojos se abren sorprendidos al notar que ya eran casi las nueve de la noche.

—Son las ocho menos cuarto.

—¡Santa cachucha! ¡Mis padres me matarán, estarán súper preocupados! —se conmociona horrorizada.

—Tranquila, iremos a dejarte en casa. Así, de paso, hablo de un tema con Carlisle. —contesta Sam, divertido al ver a Eco arreglarse el cabello desordenado y lavarse la cara para parecer más viva y menos cansada.

—Tal vez solo falta que no entren en crisis sus familiares, compañeros y amigos para que ella tenga la seguridad de enfrentarlos. Si ve a alguien inseguro, se estresa muy fácilmente. —comenta Emily pensativa.

—Por nuestra parte siempre lo tendrá. Ahora debemos asegurarnos de conseguir aunque sea una promesa de perseverancia por parte de los Cullen —murmura Sam, agotado, sabiendo que aquello no sería la mejor idea, aunque esperaba que el presentimiento de que algo malo estaba por ocurrir no se hiciera realidad.

[...]

Para las diez en punto, llegaron a la casa de los Cullen. Rápidamente, uno por uno, se mostraron fuera de la casa al ver bajar a su compañera ya más tranquila. Esme, sin pensarlo dos veces, la abrazó con mucha aflicción, suspirando de alivio al verla sana y salva.

—No vuelvas a asustarme así. —reprende Esme con los ojos cristalizados.

La joven de cabello negro, de piel morena y ojos verdes, solo se queda abrazándola sin palabras que decir.

—Muchas gracias, Sam... Emily, por vuestra predisposición y amabilidad de traerla a casa. —dice Carlisle con una suave sonrisa, expresando sumo alivio.

—No hay de qué, siempre estaremos para cuando ella lo necesite. Es parte de la manada —acepta Emily la amabilidad con la misma moneda.

—Mamá, ¿aún hay cena para mí? —pregunta tímidamente Eco.

—Sí, vamos. De paso, charla un poco con Edward, que está que araña las paredes con su decisión. —comenta Esme mientras la toma de la mano y la guía hacia el hogar.

—¿Qué decisión? —pregunta Sam, serio.

—Mi hijo Edward ha tomado la decisión de irse una semana a pasar con nuestros primos Denali en Alaska. —comunica Carlisle con cierto nerviosismo.

—¡Es un maldito cobarde! —gruñe la camaleónica joven, encendiendo su cabello negro a un rojo de total molestia.

Entrando con pasos firmes en la casa, dejando atrás a su madre y al resto de las personas, se dirige hacia Edward.

—Sé que solo somos amigos y no familia como tal, pero eso le causará más estrés que alivio. ¿Acaso no han estudiado lo suficiente como para cuidar a un camaleón? —pregunta Sam con molestia y seriedad.

—Lo sabemos, pero es Edward y Alice quienes no están seguros de mantener la cordura y estabilidad en la situación. —contesta Carlisle.

—Si el frío se va, Eco tendrá todo el derecho de venirse a vivir aquí. Será bienvenida, quedan advertidos. —contesta Sam, inconforme con la decisión— Siempre hay más ideas que realizar que solo marcharse esperando que el tiempo solucione los problemas. La naturaleza no lo hace, es el ser humano quien lo hace.

Rosalie y Emmett gruñen inconformes con la advertencia, igual que Alice, Jasper y los patriarcas del Clan Olímpico. Edward lo escuchó y, poco después, se escuchó la frase más territorial y posesiva de todos los tiempos.

—¡Eres nuestra! No puedes cambiarnos por los lobos, te lo prohíbo. No te irás con ellos, me niego. —gruñe histérico el cobrizo Cullen.

—¡Haré lo que se me dé en gana! Tú eres quien decidió irse a Canadá aún cuando te lo advertí. —sisea totalmente molesta Eco.

—¡No entiendes! La lastimaré y me odiarás, no quiero que la visión de Alice se cumpla —gruñe Edward, alzando la voz.

—¡No se cumplirá porque yo lo voy a evitar! ¡Yo pienso antes de actuar, no como tu cabeza de alcornoque! —sisea Eco, exhausta, temblorosa y enojada, sin ningún filtro.

Todos los presentes quedan atónitos. Aquello no se lo esperaban.

La posibilidad de que una humana fuera compañera de Eco.

No era un tema como el de ellos, que la compartían. Esa humana era monógama, no se la veía abierta al poliamor, lo que hizo que todos se tensaran y rugieran celosos.

—Bueno... Eso cambia ligeramente muchas cosas. —murmura pensativo Carlisle— Edward, no te irás. Y si vas, le darás la oportunidad a Bella para que tome tu lugar. ¿Quieres que eso ocurra?

Sam, incrédulo, al igual que Emily, nota el juego manipulador en esa frase. Aunque jugar sucio no era la mejor opción, era la más apropiada en ese momento.

Si Edward se iba, Bella tendría más oportunidades para acercarse a Eco.

Si Edward se quedaba, Eco no tendría motivos para irse con los Quileute.

—No. No iré.

Eco se detiene entre sus acciones de empacar su ropa en la maleta. Quedando encendida en molestia, no por ella, sino por los celos. Ofendida sí estaba. Esto no sería perdonado tan fácilmente.

CAMUFLAJE (Cullen) Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora