Me llevo la cuchara de helado a la boca y saboreo la intensa cereza que mamá eligió a la hora de comprar en el mercado. No me convencen en nada los helados que trajo. Naranja y cereza. Solo frutales, que aburrimiento me provocó verlos sobre la isla de la cocina cuando los sacó de la bolsa de compras.
Sea como sea, no lo desperdiciaré. Quiero helado para calmar mi mente.
Entierro de nuevo la cuchara en el helado y me acurruco en la manta del sillón del jardín. Oliver se entretiene cerca de mí con una flor marchitada que arrancó de la plantación. Mantengo mi mirada en la fogata que la abuela ha prendido mientras escucho a mamá de fondo contándonos sobre una nueva serie que ha encontrado. Asume que es la mejor que ha visto en el año, por ende quiere que la vea también.
—Entonces el protagonista pasaría a ser el rey, y eso no puede pasar. Los enemigos no lo permitirían —nos cuenta con demasiado entusiasmo—. No porque quieran ir en contra de él, que de por sí lo hacen, sino porque les robaría todo el poder.
La miro por encima de las llamas. Está envuelta en su bata de baño favorita, sobra la que cae una manta similar a la mía. Me esfuerzo para dedicarle una sonrisa similar a la que la abue le está dedicando desde que empezó a parlotear. Sin embargo, se me hace imposible.
Entiendo que mamá toma esto como unas vacaciones. Lo ha hecho todo este tiempo. No debería sorprenderme, ese era el magnífico punto de marcharse tres meses de Toronto. Y como vino, querrá irse. Me acobarda eso. Se acerca la fecha que acordamos para volver, tan solo una semana, y no he hablado con ella al respecto.
Debo hacerlo.
Una semana para irnos. Para que se vaya sin mí.
Puedo asegurar que ni Pierre ni la abuela se han percatado de eso, porque yo lo he hecho hoy mismo al ver el calendario del celular por casualidad. No tengo planeado ningún discurso, ¿qué me hace permanecer tan segura de que aceptará irse, sin más?
—¿Hasta ahí entendieron? —nos indaga e intercala la mirada entre ambas. Afirmo al respecto en silencio.
No, mamá. Me perdí apenas nombraste al protagonista.
—Por supuesto, continua —la anima la abue.
Lo hace. Habla, habla y habla. No significa que me moleste, sería horrible quejarme de la felicidad de mi mamá que tanto vengo anhelando, por Dios. El problema se presenta al recordar que su voz no será tan pasiva y agradable al momento de enterarse que me quedaré aquí un tiempo indefinido.
Me costará trabajo convencerla.
—Suena muy genial, Charlie —suelta Marjorie cuando mamá finaliza de una vez por todas—. Aunque sostengo que los libros sobre reinos son cien veces mejores, no miento en que me pareció interesante.
—¿Verdad que sí? —Se voltea a mí con la el helado de naranja en la boca—. ¿Tú que dices, hija? ¿Opiniones?
—Es... no lo sé, algo... —titubeo—. ¿Entretenida?
Me analiza con los ojos entornados, de repente quiero alejarme de la fogata.
—No te gustó, lo supuse. —Me apunta con la cuchara mientras niego con la cabeza—. No es tu tipo de serie favorita, era obvio.
—Oh, Brid, deja de actuar —interviene la abue y se ríe burlonamente—. No prestaste atención ni a la mitad de la explicación.
—Mentira. —La asesino con la mirada, que odioso es mentir—. Sí presté atención.
—Entiéndela, Charlie. Está obsesionada con un chico, está demasiado ocupada en su cabeza.
Mamá esboza una sonrisa forzada y prosigue con su helado. ¿A qué se refiere con esa actitud tan poco descifrable? No va a enojarse por eso, ¿verdad? Además, no estoy pensando en Pierre, no estoy alocándome en imaginaciones esta vez. Pero, si lo confieso, van a preguntarme que me mantiene tan ocupada entonces; sé que así será, y no lo prefiero.
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OSCURO GÉNESIS
FantasiaBridget Wilson tiene un único propósito este verano: desconectar de los problemas que la separación de sus padres le lanzó encima, y supervisar que su madre sane su marchitado corazón. Con eso en mente, ambas viajan desde Toronto hasta Nelson, Colu...
