CAPITULO 27: Puntos de vista B

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                                CARLOS

Como odiaba la lluvia. Me molestaba tener que limpiar mis putos lentes cada dos minutos. Por éso mismo me los había quitado, solo los ocupaba para mirar lo que estaba lejos (no es cómo que mí vista estuviera tan jodida) y justo ahora solo ocupaba ver por dónde iba; siguiendo a Luis al origen del disparo que lo alteró tanto.
Solo pedía que hubiera sido causa del descuido de alguno de los chicos y que no fuera por una verdadera situación de peligro inminente. Ya casi llegábamos cuando de repente, Luis se detuvo y se giró hacia mí.
- Las cortinas estan abierta.
- Y?
Estuvo pensando, mirando a su alrededor, buscando algo desconocido para mí, hasta que paró. Seguí su mirada hasta el árbol o quizá los arbustos que estaban en la esquina, enfrente de la casa.
- Crucemos, pero agáchate todo lo que puedas. Espero que solo esté paranoico.
- Yo igual -le confesé.
Atravesamos la avenida y luego la calle hasta cubrirnos tras los arbustos. Me recargué en el árbol mientras que él echaba un vistazo a la ventana.
- Carajo -lo oí decir, con un dejo de preocupación y miedo.
- Que sucede? -pregunté con el mismo tono.
- Hay dos tipos dentro de la casa, con el mismo puto uniforme que usaban los que invadieron la base. Mierda, mierda!
- Me lleva la...
- Tengo que entrar, tengo que ir por mí hermana.
Agachó la cabeza y apretó sus párpados con fuerza. Debíamos hacer algo antes de que el sonido que nos trajo se repitiera.
- A la mierda. Voy a ir. Toma -él me tendió su fusil, no espero siquiera a que lo tomara y me lo puso en las manos.
- Espera. Por qué?
- Necesito que me cubras desde aquí, tienes mejor puntería. Ponte los lentes. Sabrás cuando disparar -y se fué.
- Espera! -le dije entre un grito y un susurro. Su plan de acción me puso nervioso, con el corazón a todo galope.
Me puse los lentes con dificultad y empuñe el arma. Saqué el cañón de entre las ramas y las hojas dónde creí tener mejor visión de la casa.
Luis estaba caminando en silencio por el pasillo para entrar por la puerta de atrás. Pensé en lo tonto que había sido al ir desarmado, ni siquiera se esperó a que le diera mí Glock. Que pensaba hacer ahí dentro?
Apunté a la ventana, tal y como había dicho Luis, dos sujetos se encontraban en la sala. Parecían estar hablando entre ellos.
Los lentes se bajaron un poco por mí nariz y los acomodé en su lugar con la punta del dedo. Ya habían unas cuantas gotas en ellos y por la posición en la que estaba (con el brazo cerca de mí boca por la que respiraba agitadamente) se empañaban y bloqueaban la mitad de mi campo de visión. Él no poder limpiarlos me causó un ardor estresante en la espalda.
Mis pensamientos se interrumpieron al ver que sostenían de forma muy brusca a Gustavo, él trató de forcejear, dijo algo inaudible y enseguida lo tiraron al suelo.
El tipo que lo hizo, sacó algo de su cadera (un arma supuse) y le apuntó. Fué cuando Luis apareció en el pasillo con pequeños pasos y sacó algo reluciente de entre su pantalón. Los intrusos estaban mirando fijamente a Gustavo; así que, era el momento ideal.
Miró a su derecha, hizo una seña ha alguien dentro, luego me divisó a través de la ventana y asintió. Sostuve el aire dentro y apreté el gatillo tal y como mí abuelo me enseñó hace un tiempo. Tres disparos salieron contra el tipo que sujetaba a Gustavo y lo siguiente que oí con cada jale del gatillo fue un CHACK CHACK CHACK.
El cargador se había quedado vacío.
No sé veía nada por la venta, ni al extraño ni tampoco a Luis; era ajeno a lo que sucedía adentro. Un segundo pasó y un disparo vino desde la casa. Lo sucio de mis lentes me había impedido presenciar lo que había pasado.
Con terror, escuché que unos pasos se acercaban por mí izquierda. Un tercer soldado apareció por la otra cuadra, cruzó la calle y se acercó sigilosamente al pasillo.
Tenía que avisarles pero algo..... algo me detuvo. Talvez el pensamiento de que había algo de dónde venía aquel soldado. Tenía que estar solo, después de escuchar disparos pudieron haber llegado más pero... solo había salido uno de aquella calle.
Me puse en marcha hacía la calle a mis espaldas para rodear la cuadra. Coloqué el fusil (ahora inservible) contra mis espalda y corrí lo más rápido que pude bajo la lluvia. Iba desarmado contra lo que fuera que se encontraba en la siguiente calle. Irónico.
Al llegar a la otra punta, después de rodear, me escondí contra la pared y me asomé un poco. Bingo. Una Hummer estaba estacionada.
Aún sin nadie alrededor me cercioré mirando en todas direcciones como un demente. Todavía no estaba seguro de estar solo cuando me acerqué por atrás al vehículo. El ladrido de un perro me hizo girar alterado a mis espaldas. Abrí la puerta y eché un vistazo breve. Nada fuera de lo común, si no contabas la gran cantidad de armas y las ocho granadas que habían en el asiento. Actuar rápido era esencial.
No sabía conducir y mis compañeros necesitaban ayuda inmediata.
Fué ahí cuando mí lado piromano ganó y tomé una de las granadas. Nunca había tocado una, pero me era obvio como se usaban por la cantidad de veces que lo había visto en televisión. Quité el seguro y sonó un gran "Click" que me detuvo el corazón. La arrojé con las demás como si me estuviera quemando en la mano y corrí. No mencioné a los otros que en ése momento había una gran sonrisa marcada en mi rostro.

                                SANDRA

Una lluvia de pensamientos, de acciones, pasó por mí cabeza cuando entraron los sujetos a la casa. Había aprendido varias cosas por las enseñanzas que me inculcó mí tío, así había llegado a tirarme sobre las mochilas y a tener mí mano cerca de la pistola, para usarla en el momento apropiado.
Fué inesperada la muerte de Roberto en todos sentidos. Nunca había esperado que sucediera. Las náuseas que provocaba el estar cerca de la muerte no es algo que te enseñan, simplemente tienes la mala suerte de presenciarla y vivirla en carne propia. No me ayudaba que fuera tan visible el agujero en su cráneo y la sangre que yacía en el suelo, haciendo un charco más y más grande.
Miré a Joseph y a los otros dos niños. Elizabeth les cubría los ojos con su cuerpo, sentí un alivio al ver éso.
El tipo que disparó, vió el cadáver, expectante, mirando su obra con fascinación sádica en sus pupilas.
Se volvió hacia nosotros y nos apuntó a cada uno, retándonos a hacer lo mismo que el chico, pasándola primero por Eli (ella le imploraba que no les hiciera daño), luego la giró a mi dirección (se me heló la sangre) y por último a Gus, que seguía recobrando el aliento del fuerte golpe que le asestaron. Los intrusos empezaron a hablar agitadamente entre ellos, la plática terminó con el más alto de los tres yéndose de la casa; desapareciendo nuevamente en la noche tormentosa.
Llovía. La lluvia seguía sin esperanza de que se detuviera en algún momento. Buscaba cómo reaccionar ahora que solo eran dos, antes de que regresara el otro.
Gus y yo cruzamos una mirada.
Éstos últimos días habíamos conectado tanto, sabía por la forma en que me veía que intentaría algo probablemente estúpido. Negué con la cabeza para que lo olvidara, para que no intentara aquello que se proponía hacer. Y me ignoró.
Trató de tomar su pistola otra vez, pero la reacción del enemigo fue más rápida.
Lo sujetaron por el hombro y la cadera mientras forcejeaba.
- Vayanse a la mierda! -exclamó él.
Lo aventaron contra el piso y se pegó en la barbilla (al día siguiente diría que se arrancó un pedacito de lengua con ése golpe). Estando junto a Roberto fue que le pusieron la misma arma en la cabeza, hizo que se embarrara de sangre un lado de la cara.
El corazón me dió un vuelco.
Y entonces Luis apareció tan silencio por el pasillo. Me hizo una seña y sostuve mí Glock con firmeza.
Del frente de la casa llegaron disparos, atravesaron el vidrio e impactaron en el cuello y el pecho del que mató a Roberto. Los que dieron en el pecho fueron detenidos por el chaleco anti-balas, pero el que había dado en el cuello hizo que pronto empezara a chorrear sangre.
Lo más impactante ésa noche, fue ver a Luis, acuchillando una y otra vez el costado del segundo sujeto. La punta del cuchillo entraba y salía del torso, luego al cuello, dando tres puñaladas más. Apretaba los dientes con fuerza mientras lo hacía.
Ví que el primero trataba de ponerse en pie, con una mano apretando su herida.
Se atragantaba con su propia sangre bajo el pasamontañas.
Le volé los sesos de un tiro sin titubear.

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