Byron - Philadelphia
Garaje de Bob, Ene 23:00pm
Los faros de la camioneta iluminan la persiana del viejo y destartalado taller, hendiendo la suave llovizna que cae y tiñendo el suelo con pequeñas y oscuras motas. Al calor de la calefacción del interior del vehículo, no puedo evitar sentirme a salvo en cierta manera, pero en el momento que apago el motor y todo queda en silencio, roto por el repiqueteo de la lluvia contra el cristal, soy consciente de la velocidad e intensidad de mi propia respiración, que refleja el auténtico nerviosismo que me recorre de arriba a abajo; una corriente agonizante que casi logra paralizarme en el asiento, hacerme arrancar de golpe y dar media vuelta, de regreso al hospital.
He venido aquí cientos de veces, pero esta es la primera vez que lo hago con miedo. Tomo aire varias veces, apretando con fuerza las manos sobre la espuma del volante, tratando de mantenerlo a raya, pero sin conseguirlo. Sé que, por mucho que lo intente, por mucho que me prepare para ello, no voy a ser capaz de sobreponerme, y decido que lo mejor que puedo hacer es enfrentarme a ello de cara, pues cuanto más tiempo lo demore, más posibilidades hay de que me arrepienta. Y es algo que no puedo permitirme.
Respiro profundamente una última vez, tomo el asa de la bolsa con una mano y, con la otra, abro la puerta de la furgoneta y me apeo de un rápido movimiento, cerrando la puerta con más agresividad de la que hubiera querido.
Avanzo hacia la luz titilante sobre la persiana del taller de Bob. La lluvia no es intensa, apenas una fina cortina que no logra atravesar el tejido de la cazadora de cuero. No hay ni un alma por la zona, ni un solo ruido más allá de la lluvia, ni indicios de la presencia de nadie. Pero sé que no estoy solo.
Tomo aire y lo mantengo un instante en mis pulmones antes de dejarlo salir en la forma de un rabioso e imprecado grito:
—¡CHRIS!
El eco de mi voz rebotando en las paredes del callejón vacío es la única contestación que obtengo, el cual se va desvaneciendo poco a poco, devorado por la lluvia y la noche. Durante unos instantes, temo haber interpretado mal la situación, y el corazón se me salta un latido al pensar que, por el contrario, debería haberme quedado con Bob, quien está indefenso postrado en una cama de hospital, con una pierna menos, los pulmones agujereados y sin posibilidad de defenderse...
—Hola, hermano.
La voz suena a mis espaldas tan de golpe que me dispara el pulso, haciéndome dar la vuelta con un brinco, retroceder un paso hacia atrás para poner distancia entre ambos y sacar la mano a toda velocidad de la bolsa, empuñando la recortada directamente entre sus cejas, ahogando una exclamación.
Sé que es Chris, pero parece un auténtico desconocido: barba abundante, sucia y descuidada de varias semanas, cabello largo, sucio y enmarañado, piel cetrina, párpados ojerosos y unos ojos que parecen sacados directamente de un cuento de terror: siguen siendo azules, pero lucen apagados, vidriosos y opacos. Apenas se inmuta ante el hecho de que la boca de fuego de la recortada reposa a escasos centímetros de su rostro, como si no me creyera capaz de dispararla. El dedo me tiembla en el gatillo, y él apoya por completo la frente contra el cañón del arma, mirándome fijamente a los ojos a través de los suyos, vacíos y marchitos, igual que su expresión.
—Adelante —me tienta. Su voz suena apática y sin vida. —Hazlo. Me hiciste una promesa, ¿recuerdas?
Aprieto los labios. Claro que lo recuerdo. El día que llegamos a la fábrica por primera vez, cuando me contó que estaba poseído, me hizo prometerle que, si llegaba el día en el que ya no fuera él mismo, le mataría. Se lo prometí sin dudar, iluso de mí, convencido por un delirio optimista de que ese momento nunca llegaría.
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HUNTERS ~ vol.2 | COMPLETA
ParanormalHabiéndose revelado sus respectivos pasados, Byron y Nevi consolidan su alianza. Sin embargo, el plenilunio se acerca, y la situación de Caleb no augura nada bueno. Por otro lado, ambos cazadores saben que no podrán quedarse en Philadelphia para sie...
