15 de Abril
Eva Smith
—¡Mi hijo! —grité al no verlo—. ¿Dónde está mi hijo?
Me levanté de la cama al no ver a mi hijo. El corazón me palpitaba con fuerza, la desesperación me nublaba la mente.
—Aaron, ¿dónde está mi hijo? —dije con la voz temblorosa, cuando lo vi entrar al cuarto. Mi cuerpo se tensó al ver su expresión fría, casi indiferente.
—No lo sé, tan mala madre eres que lo perdiste, estúpida —respondió, acercándose rápidamente y dándome una cachetada. El golpe fue fuerte, tan inesperado que me hizo caer al suelo. Allí, entre lágrimas, el dolor físico no fue nada comparado con la angustia de saber que Aaron se había llevado a nuestro hijo. Mi corazón se rompía en mil pedazos, y el eco de su llanto aún resonaba en mi cabeza. Me quedé en el suelo, incapaz de moverme, temblando por la mezcla de ira, miedo y tristeza.
Actualidad
Desperté de golpe cuando la alarma sonó. El mismo sueño, o mejor dicho, la misma pesadilla me perseguía cada año en esta fecha. Fui al baño, lavé mi rostro tratando de disipar los restos de aquella angustia, pero el reflejo en el espejo no me devolvía paz. Me arreglé rápidamente, poniéndome el uniforme que usaba para trabajar en el club nocturno, y salí de casa sin mirar atrás.
Camino rápido por las calles de Lyon, Francia. Las luces de la ciudad parpadeaban, las sombras de la noche se mezclaban con mis pensamientos. Cada paso que daba me acercaba al club, pero hoy, como cada año, el peso de este día me aplastaba.
Hoy es un día muy especial: el cumpleaños de mi hijo. Debería estar celebrándolo con él, abrazándolo, viendo cómo soplaba las velas. Pero, lamentablemente, lo perdí hace tres años, por culpa de Aaron. Cada cumpleaños es una herida que nunca termina de cerrar.
—Hola —saludo al entrar al club.
—¡Hola! —me responden alegremente Victoria y Mateo, mis amigos, quienes ya sabían que este día siempre era difícil para mí.
—¿Cómo estás, guapa? —dijo Mateo, acercándose y abrazándome por la espalda, su intento de animarme tan torpe como siempre.
—Hoy es ese día del año en donde siento que me quiero morir —le respondí con un susurro. Aunque el tiempo pasaba, aún no lograba olvidar a mi niño. Me dolía cada vez que pensaba en lo que habría sido su vida. ¿Cómo sería su risa? ¿A quién se parecería más?
—¿Qué día es hoy? —pregunta Victoria mientras mira su celular, su expresión distraída hasta que de pronto se da cuenta. Levanta la vista, y su mirada se suaviza.
—Eva, amiga, tranquila, todo está bien —me dice con voz suave, abrazándome. No podía responderle con palabras, solo pude llorar.
—Te queremos mucho, sabes perfectamente que estamos contigo —añadió Mateo, uniéndose al abrazo. Sentía sus brazos alrededor mío, pero aún así la soledad de haber perdido a mi hijo me envolvía como una niebla pesada e inescapable.
Mateo y Victoria se enteraron de que había perdido a mi hijo el año pasado, cuando llegué devastada tras recordar que hubiera cumplido dos años. No saben la historia completa. Tal vez algún día tenga el valor de contarles todo lo que viví, todo lo que sufrí. Pero hoy no era ese día. No estaba lista para abrir esa caja de dolor.
Después de nuestro abrazo, el trabajo comienza como de costumbre. Mateo está en la barra de tragos, sirviendo bebidas a los clientes que ya comenzaban a llegar. Victoria, con su energía inagotable, se preparaba para subir al escenario como bailarina, mientras yo hacía lo que mejor sabía hacer: caminar entre las mesas, tomando órdenes y sirviendo a desconocidos.
Camino entre las mesas abarrotadas para llegar a la barra y pedir unos tragos.
—Mateo, dos vodkas y un brandy —dije rápidamente, sintiendo la prisa de la noche apoderarse de mí.
—Tres tragos listos para la mesera más linda del lugar —respondió Mateo, siempre con sus bromas, mientras ponía los tragos en la bandeja. Sonreí ante su comentario, agradecida por su intento de levantarme el ánimo.
—Gracias —dije, caminando rápidamente hacia la mesa del fondo. Cuando dejé los tragos en la mesa y me disponía a retirarme, una voz grosera interrumpió mi salida.
—Oye, linda, ¿y tus servicios no vienen incluidos con los tragos? —preguntó un hombre de aspecto tosco, al que miré por encima del hombro con desdén.
—No, no vienen incluidos —respondí, conteniendo la rabia que empezaba a arder en mi interior.
—¿Por qué no? —insistió, y sin previo aviso, me golpeó con su mano en el trasero.
Hasta aquí llegó mi paciencia. Mi sangre hervía. Sin dudarlo, giré y le puse la rodilla en la entrepierna, apretando con fuerza hasta que soltó un jadeo de dolor.
—Vaya y tóquele el culo a su abuela, viejo asqueroso —dije, haciendo aún más presión en su entrepierna—. Y si quiere servicios de cariño, pídaselos a su madre, imbécil —añadí antes de soltarlo, alejándome rápidamente hacia los camerinos, con el corazón latiendo a mil por hora.
Mientras caminaba, sentí cómo algo impactaba mi hombro con fuerza. Me quejé de dolor y miré al hombre con el que había chocado.
—Imbécil, mira por dónde caminas —dije de mala gana, pero este hombre me sujetó del brazo, apretándolo con fuerza.
—Suéltame —dije, tirando de mi brazo, pero él no lo hizo.
—¿Cómo me llamaste? —preguntó con una expresión de furia en el rostro.
—Im-be-cil. ¿Qué pasa, estás sordo? —respondí, tirando con más fuerza para soltarme.
—No sabes con quién te estás metiendo —gruñó, acercándose aún más.
—¿Con quién? —pregunté, tratando de mantener la calma, aunque por dentro una sensación de peligro comenzaba a apoderarse de mí.
—Con el hombre más temido de esta ciudad. Me presento: el Diablo, como todos me conocen —dijo, soltando mi brazo finalmente y estirando la mano en señal de presentación.
—Me importa una mierda quién eres —respondí, dejándolo con la mano extendida.
Llego a la barra con el ceño fruncido. El aire en mis pulmones aún estaba cargado de ira.
—¿Qué ha pasado allá atrás? —preguntó Mateo, preocupado.
—Un imbécil que se sobrepasó, y me defendí —dije, tratando de calmarme con una sonrisa forzada.
Nuestra charla fue interrumpida por Logan, mi tío y dueño del lugar, que llegó con su habitual rostro serio.
—Eva, te quieren en el VIP —dijo mirándome con desdén.
—Yo nunca subo al VIP, solo soy mesera, Logan.
—Que subas al puto VIP ahora —gritó, haciendo que me levantara de la silla de inmediato.
—Primero te corto las bolas antes de acostarme con uno de tus clientes —dije, mientras caminaba hacia el VIP. Mi enojo aumentaba con cada paso, pero no tenía opción.
Al subir las escaleras, quedé sorprendida al ver a dos hombres armados a cada lado de estas, vigilando como guardianes oscuros. Cuando llegué al piso superior, lo que vi me dejó de piedra.
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Códigos de sangre
RomansaEva Smith, una mujer con carácter, no se deja dominar por nadie, pero tiene un pasado que aún la atormenta. Enzo Lombardi, el mafioso más temido de la ciudad, está en busca de un heredero para su legado, y teme morir sin tener a alguien a su lado.
