Capítulo 31

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Eva Smith

espierto con la luz tenue de la tarde filtrándose por la ventana del hospital. Todo está en silencio, y por primera vez en días, siento una calma que no recordaba. Cierro los ojos unos segundos más, disfrutando de la paz, hasta que escucho pasos suaves entrando en la habitación.

—Mami... —susurra una voz pequeña.

Mis ojos se abren de golpe, y ahí está Emilio, de pie junto a la cama, su rostro iluminado por una sonrisa tímida. Mis ojos se llenan de lágrimas al verlo, sano y salvo, su manita acariciando la mía con cuidado. Detrás de él, Amaya me sonríe con calidez.

—Pensé que te gustaría esta sorpresa, Eva —dice Amaya en voz baja mientras se acerca—. Emilio no podía esperar más para verte.

—Gracias, Amaya —logro decir, mi voz quebrada por la emoción—. Gracias por traerlo.

Amaya toma asiento junto a la cama, observando con ternura mientras Emilio me cuenta lo que ha hecho en estos días, cómo ha jugado en casa y las cosas que ha aprendido con Amaya. La calidez en sus palabras y su inocencia alivian un poco el dolor, recordándome que todavía hay luz después de la oscuridad.

Después de un rato, escucho pasos firmes acercándose a la puerta, y entonces aparece Enzo. Su expresión es seria, pero cuando ve a Emilio y a mí juntos, sus ojos se suavizan. Amaya le da un pequeño asentimiento y se levanta de su silla.

—Los dejo un momento —dice, llevándose a Emilio con ella hacia el pasillo—. Aún tiene muchas preguntas que contestar, ¿verdad, Emilio?

Cuando Amaya y Emilio salen, Enzo se acerca a la cama y toma una silla junto a mí, sus manos entrelazadas en su regazo.

—Eva —comienza, su voz suave pero cargada de algo que no puedo identificar—, Aron... no va a molestarnos más. Él... —Enzo vacila un segundo, sus ojos evitando los míos—. Él ya no está.

Me toma un momento procesarlo, pero finalmente entiendo lo que quiere decir. Aron está muerto. La noticia debería hacerme sentir aliviada, libre... pero una extraña tristeza también me invade. Aunque Aron ya no representa una amenaza, aún hay cicatrices que tardarán en sanar. Enzo toma mi mano, ofreciéndome su apoyo en silencio.

—Gracias, Enzo —murmuro, apretando su mano con fuerza—. No sé qué habría hecho sin ti.

Nos quedamos en silencio unos momentos, hasta que la puerta se abre suavemente y Amaya entra de nuevo con Emilio. Nos observa con una mirada comprensiva, sin querer interrumpir, pero Emilio se suelta de su mano y corre hacia mí, señalando a Enzo con su dedo pequeño.

—Mami, ¿puedo quedarme con papá Enzo esta noche?

La habitación queda en completo silencio. Mis ojos buscan los de Enzo, sorprendida, y veo en su expresión el mismo asombro que siento. No sé de dónde viene esa palabra, "papá", pero Emilio la ha dicho con naturalidad, como si siempre hubiese estado allí.

Enzo mira a Emilio, claramente conmovido, y luego me dirige una sonrisa tímida. Sus ojos brillan con una mezcla de sorpresa y emoción, como si acabara de recibir el regalo más inesperado de su vida. Siento que mi corazón se acelera, una nueva calidez invadiéndome mientras nos miramos.

La habitación queda en completo silencio. Mis ojos buscan los de Enzo, y en su rostro veo el mismo asombro que yo siento. No sé de dónde viene esa palabra, "papá", pero Emilio la ha dicho con naturalidad, como si siempre hubiese estado allí, como si el espacio que quedó vacío desde que nació estuviera destinado a ser ocupado por él.

Códigos de sangre Donde viven las historias. Descúbrelo ahora