Enzo Lombardi
Con Aron finalmente fuera de la habitación, el eco de los gritos todavía resonando en las paredes, me quedo de pie, observando el cuerpo débil de Eva sobre la cama. El alivio de haber controlado a Aron se mezcla con una desesperación que no me deja respirar. No puedo perderla, pero tampoco sé cómo ayudarla en este momento.
Mi mirada se desvía hacia la puerta, donde Emilio aún está parado, sus ojos llenos de terror. No debería estar aquí. Él no debería ver esto.
Me arrodillo rápidamente junto a Eva, acariciando su rostro hinchado y cubierto de moretones. Su respiración es débil, pero constante. No puedo quedarme aquí esperando a que empeore. Necesito ayuda, y la necesito rápido. Mi primer instinto es llamar a un médico, pero no uno cualquiera. No podemos ir a un hospital. No con lo que acaba de pasar.
El peso de la situación me aplasta. Mi mente corre, buscando soluciones. Y entonces lo recuerdo. Mi madre. Amaya puede manejar esto. Ella siempre ha sabido qué hacer en los peores momentos, y ahora necesito que cuide de Emilio mientras yo llevo a Eva a alguien que pueda ayudarla.
Saco mi teléfono con manos temblorosas y marco el número de mi madre.
—Enzo —responde ella al primer timbre, su tono firme como siempre.
—Mamá... —mi voz se quiebra por un segundo, algo que casi nunca pasa—. Necesito que vengas a recoger a Emilio. Ahora.
—¿Qué ha pasado? —pregunta con una mezcla de preocupación y urgencia. No puedo contarle todo, no ahora.
—Es Eva... está herida. Y Emilio está aquí. No puedo llevarlos a los dos. Solo... por favor, mamá, ven rápido.
—Voy en camino —dice sin dudar, colgando de inmediato.
Miro a Emilio, que sigue en la puerta, temblando. Me acerco a él, intentando mantener la calma aunque por dentro siento que me estoy desmoronando. Me agacho para estar a su altura.
—Emilio... Amaya vendrá pronto —le digo, intentando que mi voz suene tranquila—. Ella te llevará a un lugar seguro. Yo debo que llevar a mamá al médico, ¿de acuerdo?
El niño asiente lentamente, sus ojos aún fijos en el cuerpo inerte de su madre. Le tomo la mano y lo guío fuera de la habitación, tratando de mantenerlo lo más alejado posible de la escena. Pero su mirada sigue regresando a Eva, como si temiera que se desvanezca si la pierde de vista.
Pasamos unos minutos en silencio, esperando. Cada segundo que pasa se siente eterno. No puedo dejar de pensar en lo frágil que se veía Eva en esa cama. ¿Y si no llego a tiempo? Pero tengo que mantener la calma, por Emilio, por Eva.
Finalmente, escucho el sonido de un auto aparcando afuera. Mi madre entra rápidamente por la puerta, su expresión de preocupación solo aumentada por la escena que tiene frente a ella.
—Emilio —dice suavemente, acercándose a él y tomando sus pequeñas manos—. Ven conmigo, cariño. Estarás bien.
Emilio mira hacia mí, como si buscara confirmación. Asiento.
—Vete con mi madre, Emilio. Todo estará bien.
Mi madre me lanza una mirada de comprensión, aún sin saber que pasa.
—Cuida de él, mamá —le digo, antes de girarme rápidamente hacia Eva—. Yo me encargaré de todo lo demás.
Sin perder más tiempo, la levanto con cuidado, tratando de no agravar más sus heridas. Su cuerpo se siente demasiado liviano, como si fuera a desmoronarse en mis brazos. Pero no puedo permitirme pensar en eso ahora. La llevo hacia el auto, decidido a hacer lo que sea necesario para salvarla.
Conduzco a toda velocidad. Cada semáforo, cada curva parece una trampa diseñada para detenerme, pero no me importa. No puedo detenerme. No ahora. Mientras miro a Eva a través del espejo retrovisor, su pálido rostro apenas visible, una sensación de impotencia me invade. Me estoy quedando sin tiempo.
Finalmente, el hospital aparece en el horizonte, las luces frías y brillantes prometiendo una solución que aún no estoy seguro de que puedan darme. Freno de golpe frente a la entrada de urgencias, y sin pensarlo dos veces, salgo del auto, abriendo la puerta trasera con desesperación. Levanto a Eva de nuevo en mis brazos, sintiendo su cuerpo inerte. Mi corazón late con fuerza, y siento que no puedo respirar, como si el aire alrededor de mí se hubiera vuelto pesado.
—¡Ayuda! —grito con todas mis fuerzas mientras cruzo las puertas del hospital. Mi voz suena rota, desesperada, como si el grito estuviera arrancado de lo más profundo de mi ser—. ¡Necesito ayuda! ¡Ahora!
Los empleados del hospital se giran de inmediato, y en cuestión de segundos, varias enfermeras y un médico corren hacia nosotros. Puedo ver el reconocimiento en sus ojos; han visto muchas emergencias, pero algo en la gravedad de la situación los hace actuar más rápido.
—Por favor... —mi voz se ahoga mientras coloco a Eva en una camilla que empujan hacia mí—. Ayúdenla. No la puedo perder, ayudenla.
El médico asiente, ya revisándola, su mirada profesional enfocada en sus signos vitales, mientras las enfermeras se mueven a su alrededor. En algún punto me empujan hacia un lado, fuera de su camino, y de pronto me encuentro parado solo, observando cómo se llevan a Eva por los pasillos.
Mis piernas se sienten pesadas, y me dejo caer en una silla de plástico en la sala de espera. Mis manos aún tiemblan, y la culpa, la desesperación, se agolpan en mi pecho como un nudo imposible de deshacer. Hice todo lo que pude para llegar aquí, pero... ¿será suficiente?
Me inclino hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y cubro mi rostro con las manos. Ahora no hay nada que pueda hacer más que esperar. Esperar y rezar, aunque nunca he sido del tipo que reza.
Las puertas de urgencias se cierran tras Eva, y el sonido de los monitores, de las voces apresuradas del personal médico, se desvanece en la distancia. Me quedo solo con el eco de mi propio grito y la incertidumbre que me consume.
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Códigos de sangre
RomanceEva Smith, una mujer con carácter, no se deja dominar por nadie, pero tiene un pasado que aún la atormenta. Enzo Lombardi, el mafioso más temido de la ciudad, está en busca de un heredero para su legado, y teme morir sin tener a alguien a su lado.
