Han pasado tres días, y ya me están dando de alta en el hospital. La tarde comienza a caer mientras estoy con Enzo en la habitación, todavía envueltos en la calma que Amaya dejó tras su partida. Enzo permanece en silencio a mi lado, sosteniendo mi mano con esa mezcla de firmeza y ternura que hace que el dolor de los últimos días se disuelva poco a poco.
—¿Estás bien? —pregunta finalmente, su voz suave y preocupada.
—Sí, estoy… mejor —respondo, mirándolo a los ojos y sintiendo que, esta vez, la paz que me rodea es real.
Él asiente, y una pequeña sonrisa de alivio se dibuja en su rostro. Después de un momento, Emilio, que estaba dormido en una silla, comienza a abrir los ojos. Parpadea, mirándome, y se acerca, acariciándome la mejilla con una ternura infinita.
—¿Mami? ¿Vamos a casa? —susurra, su voz aún cargada de sueño.
Enzo y yo intercambiamos una mirada, y una sonrisa se forma en mis labios. Con la ayuda de Enzo, me incorporo lentamente, y él carga a Emilio con esa facilidad que refleja el lazo que se está formando entre ellos. El camino de regreso a casa es tranquilo, y cuando llegamos, Enzo baja primero para ayudarme a salir.
Dentro, Enzo acomoda a Emilio en su habitación, asegurándose de que esté cómodo y abrigado. Luego regresa conmigo a la sala, donde nos quedamos en silencio por un momento. Puedo ver en su rostro que hay algo que quiere decirme, algo importante.
—Eva… —comienza, con una seriedad y una ternura que hacen que mi corazón lata más rápido—. Estos días contigo y con Emilio han cambiado todo para mí. Nunca pensé en tener algo tan… real, algo que realmente valiera la pena proteger. Quiero que sepas que voy a estar aquí para ustedes, siempre. No importa lo que venga, no voy a permitir que nada los aleje de mí.
Tomo sus manos entre las mías, y siento una calidez reconfortante.
—Lo sé, Enzo. Y confío en ti… en nosotros.
Nos abrazamos, dejando que el silencio hable por nosotros, y por primera vez en mucho tiempo, siento que hemos encontrado un lugar seguro, juntos. Pero entonces, Enzo se aparta un poco y me mira con una sonrisa.
—Quiero mostrarte algo —dice, tomando mi mano y llevándome hacia el jardín trasero.
La noche ha caído, y el jardín está iluminado con pequeñas luces y velas que crean un ambiente casi mágico. Una mesa decorada con flores silvestres nos espera bajo las estrellas, y no puedo evitar sentirme conmovida por el esfuerzo que ha puesto en este lugar.
—¿Todo esto… lo hiciste tú? —pregunto, sorprendida.
Asiente, un poco avergonzado.
—Quería que tuvieras un lugar donde te sintieras en paz, sin preocuparte por nada. Un lugar solo para nosotros.
Sonrío y, sin decir nada, me acerco para abrazarlo. Nos quedamos así, rodeados por el brillo de las luces, dejando que el momento nos envuelva.
Entonces, Enzo toma mis manos de nuevo, mirándome con una expresión seria pero llena de ternura.
—Eva… —dice, como si estuviera reuniendo todo el coraje del mundo—. Sé que hemos pasado por muchas cosas, y que tal vez no es fácil para ti confiar de nuevo. Pero quiero pedirte algo importante. Desde que estás en mi vida, todo ha cambiado, y ahora… me gustaría que fueras mi novia.
Su propuesta me toma por sorpresa, y siento que mi corazón se acelera. Miro sus manos sosteniendo las mías y veo en sus ojos una sinceridad que desarma mis miedos. Finalmente, una sonrisa se forma en mis labios, y asiento despacio, sin poder contener la emoción.
—Sí, Enzo… sí, quiero ser tu novia —susurro, sintiendo que una calidez profunda se expande en mi pecho.
Su rostro se ilumina, y sin dudarlo, se inclina hacia mí, sellando nuestra promesa con un beso suave y lleno de significado. Bajo las estrellas, siento que he encontrado el lugar al que pertenezco: junto a Enzo, formando la familia que siempre había soñado.
La noche avanzaba, y la luz tenue de las velas aún danzaba en el jardín, proyectando sombras suaves sobre nosotros. La intensidad en los ojos de Enzo reflejaba un mar de emociones contenidas, una mezcla de ternura y pasión que hacía que mi respiración se acelerara. En ese momento, no había nada más; sólo él y yo, en la quietud de nuestro pequeño refugio.
Él se acercó lentamente, y su mano rozó mi rostro con una suavidad que contrastaba con la fuerza latente en su mirada. Sus dedos trazaron un rastro cálido desde mi mejilla hasta mi mandíbula, y después hasta mi cuello, donde se detuvo un momento, sintiendo el pulso acelerado bajo su mano. Sentía que cada centímetro de mí despertaba bajo su toque.
—¿Estás segura? —susurró, con su voz ronca y cargada de emoción, mirándome como si en sus ojos se concentrara todo lo que sentía.
Asentí, sin poder articular palabras. Nos acercamos en un beso profundo, uno que dejó atrás cualquier duda, lleno de necesidad y entrega. Sentí que su abrazo se volvía más firme, y su cuerpo más cercano al mío, como si deseara que no existiera ninguna distancia entre nosotros. Enzo me levantó ligeramente, llevándome al borde de la mesa donde las velas iluminaban nuestras figuras en la penumbra, y nuestras respiraciones se entremezclaron en el silencio de la noche.
Cada caricia era más intensa que la anterior, y cada beso más profundo. Mi corazón latía con fuerza, y sentía que cada parte de mi ser respondía a él, como si cada barrera que alguna vez hubiera tenido se derrumbara en ese instante. Enzo me miraba con una devoción que desarmaba cualquier defensa, y cada movimiento suyo era una promesa de protegerme, de cuidarme. Nos dejamos llevar por la pasión, sin apresurarnos, disfrutando cada momento como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros.
En la intimidad de aquel rincón bajo el cielo estrellado, todo lo que habíamos pasado, cada emoción y cada temor, se disiparon en esa entrega mutua. En sus brazos, supe que finalmente estaba en casa.
ESTÁS LEYENDO
Códigos de sangre
Roman d'amourEva Smith, una mujer con carácter, no se deja dominar por nadie, pero tiene un pasado que aún la atormenta. Enzo Lombardi, el mafioso más temido de la ciudad, está en busca de un heredero para su legado, y teme morir sin tener a alguien a su lado.
