Eva Smith
El sonido del café burbujeando en la cafetera me ayudaba a distraerme mientras terminaba de limpiar una de las mesas en la cafetería de Amaya. Hacía semanas que trabajaba allí, ayudándola a atender a los clientes. Me gustaba la tranquilidad que el lugar ofrecía, el aroma a pan recién horneado y el cálido ambiente que Amaya siempre sabía crear. Sin embargo, hoy todo me parecía más pesado. Cada movimiento era lento, como si mi mente no pudiera despejarse de las imágenes que había visto en ese sobre. Mi hijo.
Enzo estaba sentado en una de las mesas, observándome con esa mezcla de preocupación y paciencia que había adoptado últimamente. Sabía que él estaba esperando que le contara qué estaba pasando, pero no era fácil. La presión en mi pecho aumentaba con cada segundo. Necesitaba hablarlo, pero no estaba segura de cómo empezar.
Mientras Enzo miraba distraídamente su teléfono, me acerqué a Amaya, que estaba en la barra preparando un par de bebidas. Sus ojos me estudiaron con esa ternura que siempre mostraba, pero también había una pizca de curiosidad.
—¿Estás bien, Eva? —preguntó con suavidad, acercándose un poco más, como si temiera que alguien más pudiera escuchar.
Tragué saliva, luchando contra las lágrimas que amenazaban con aparecer de nuevo. No podía seguir ocultándolo, ni siquiera a Amaya. Había sido un apoyo constante desde que comencé a trabajar aquí. Sus palabras eran cálidas, y su forma de ver la vida siempre me hacía sentir que tenía un refugio.
—Amaya, necesito hablar contigo —le dije, mi voz quebrándose al final de la frase.
Ella dejó lo que estaba haciendo de inmediato, me tomó del brazo y me llevó a un rincón más apartado de la cafetería, donde los clientes no podrían vernos. Enzo levantó la vista al vernos movernos, pero no dijo nada, respetando mi espacio.
—¿Qué pasa, querida? —preguntó Amaya, con ese tono lleno de comprensión.
Saqué el sobre que había recibido esa mañana, con las manos temblorosas, y lo abrí, mostrándole las fotos. Las imágenes de Enzo y yo en momentos íntimos me dejaron sin aliento cuando las vi por primera vez, pero lo que realmente me quebró fue la foto de mi hijo. El niño al que creía perdido hacía años.
—Recibí esto hoy —dije con un hilo de voz—. Es… mi hijo. No sabía que seguía vivo, Amaya. No sé qué hacer.
Amaya observó las fotos en silencio, sus ojos llenos de comprensión y tristeza. Sus manos se posaron sobre las mías, cálidas y reconfortantes.
—Oh, Eva… No puedo imaginar lo que debes estar sintiendo —susurró—. Pero no estás sola en esto. Vamos a encontrar una solución, ¿de acuerdo? ¿Le has contado a Enzo?
Negué con la cabeza, mordiéndome el labio. Ese era el otro problema. Enzo había sido mi roca, pero también sentía que había mucho de mí que él aún no conocía. Mi pasado, las decisiones que me llevaron hasta aquí… todas las cosas que no le había contado por miedo a que me dejara.
Amaya me miró a los ojos, con esa sabiduría que solo una mujer como ella podía tener.
—No puedes seguir guardándote esto para ti, Eva. Él tiene que saberlo. Enzo no es el tipo de hombre que te dejaría sola en un momento así. Tienes que confiar en él.
Asentí, sintiendo las lágrimas brotar de nuevo, pero esta vez, estaban mezcladas con una sensación de alivio. Quizás era el momento de confiar en Enzo, de dejar de huir de mi pasado.
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**Enzo**
Observé cómo Eva hablaba con Amaya en la esquina de la cafetería. Desde que había llegado, había notado su tensión. Sabía que algo estaba mal, pero cada vez que intentaba acercarme, parecía que se cerraba un poco más. No quería forzarla, pero mi paciencia estaba llegando a su límite.
Cuando terminó de hablar con Amaya, vi cómo se secaba los ojos antes de acercarse a donde estaba sentado. Me puse de pie, esperando a que ella dijera algo, pero la tristeza en sus ojos hablaba más que sus palabras. Me acerqué a ella y le tomé la mano.
—¿Podemos hablar? —preguntó en voz baja.
—Claro —respondí, sintiendo que finalmente estábamos a punto de enfrentar lo que la había estado agobiando.
Caminamos hasta una de las mesas más alejadas de la cafetería, donde no seríamos interrumpidos. Me senté frente a ella, manteniendo mi mirada fija en la suya. Sus dedos jugaban nerviosamente con el borde de su suéter, y supe que lo que iba a decirle no era fácil.
—Hay algo que he estado ocultándote, Enzo —comenzó, con la voz temblorosa—. Y no puedo seguir así. Quiero que sepas mi pasado… pero también tengo miedo de que te alejes cuando lo sepas.
Sus palabras me golpearon como una avalancha. No entendía por qué pensaba que la dejaría. Sabía que Eva tenía secretos, pero ¿acaso no los teníamos todos? Me incliné hacia ella, tratando de hacerla entender.
—Eva, nada de lo que me digas va a hacer que me aleje de ti. Te lo prometo. Pero necesito que confíes en mí. No puedes cargar con todo esto sola.
Ella me miró, las lágrimas empezando a acumularse en sus ojos otra vez.
—He estado así estas últimas semanas porque no sé cómo empezar —dijo, su voz apenas un susurro—. Tengo un pasado complicado, Enzo. Y no quiero empezar algo contigo sin que lo sepas. Lo que pasó con James, lo que viste en mí… no es lo único que he estado cargando.
—¿Es por eso que no querías acercarte más? —pregunté, sintiendo cómo la incomodidad de las últimas semanas comenzaba a tener sentido.
Ella asintió, bajando la mirada.
—Sí. No es solo por lo que pasó con James. Hay más. Y no quiero que pienses que no confío en ti, pero el miedo… a perderte, a que no me veas de la misma forma, me ha mantenido callada.
Le tomé la mano, asegurándome de que me mirara a los ojos.
—Eva, no me importa lo que haya pasado antes. Lo único que me importa es lo que tenemos ahora y lo que podemos construir juntos. Lo que sea que me digas, no va a cambiar eso.
Ella me miró, y por primera vez en semanas, vi un destello de esperanza en sus ojos. Sabía que esto no iba a ser fácil, pero por fin estábamos dando el primer paso hacia la verdad, hacia algo más profundo.
Y no había nada que pudiera apartarme de ella ahora.
Veo como se levanta de la mesa sin decir nada y no la presionó, nesecita tiempo.
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Códigos de sangre
RomanceEva Smith, una mujer con carácter, no se deja dominar por nadie, pero tiene un pasado que aún la atormenta. Enzo Lombardi, el mafioso más temido de la ciudad, está en busca de un heredero para su legado, y teme morir sin tener a alguien a su lado.
