Eva Smith
El sonido rítmico de la cafetera me arranca momentáneamente de mis pensamientos, un ruido que se mezcla con el susurro suave de las conversaciones a mi alrededor. Estoy sentada en una pequeña mesa de esquina, lejos del bullicio central de la cafetería, observando sin mirar realmente. Mis manos están ocupadas revolviendo el café que apenas he tocado, el líquido oscuro creando pequeños remolinos bajo la cuchara. Antes, el simple acto de tomar café me ofrecía un pequeño respiro, una pausa en medio del caos. Ahora, es solo otro hábito mecánico, una rutina que no me brinda la calma que solía encontrar en ella.
A mi alrededor, la vida sigue como siempre. Los clientes vienen y van, algunos charlan animadamente, otros trabajan en silencio frente a sus laptops. Todo parece tan normal, pero dentro de mí, nada lo es. Mi mente no deja de retroceder una y otra vez al mismo lugar, al mismo dolor. Me siento como si estuviera atrapada en un bucle interminable de ansiedad y temor, donde cada pensamiento conduce de vuelta a Aron, a las cosas que me hizo y las cicatrices invisibles que dejó.
Es difícil describir el torbellino de emociones que me atraviesa desde que llegué a la vida de Enzo. Por un lado, está el alivio de no estar sola, de tener a alguien que me quiere y está dispuesto a luchar por mí. Pero por otro, está el miedo constante de que Aron esté siempre un paso por delante, planeando su próximo movimiento. Y luego está la culpa, esa sensación insoportable de que he traído esta oscuridad a la vida de Enzo, arrastrándolo a mi pesadilla. A veces me pregunto si sería mejor para él si me alejara, si dejara de ser una carga.
Tomo un sorbo de café, pero el sabor es amargo, casi desagradable, como si mi cuerpo lo rechazara. Miro por la ventana, observando cómo la gente pasa apurada por la acera. A veces deseo poder ser como ellos, ajena a todo este dolor, viviendo una vida normal. Pero sé que eso es imposible. No después de todo lo que ha pasado. No después de Aron.
El sonido de mi teléfono vibrando sobre la mesa interrumpe mis pensamientos. Miro la pantalla y veo un número desconocido. Mi corazón da un vuelco. Por un momento, pienso en ignorarlo, pero algo, una corazonada o tal vez el mismo miedo, me impulsa a contestar. Quizá es la esperanza de que sea alguien con respuestas, o tal vez solo la necesidad de no sentirme más atrapada en mis propios pensamientos.
—¿Hola? —mi voz sale más débil de lo que esperaba, temblorosa, apenas un susurro mientras llevo el teléfono al oído.
El silencio que sigue a mi saludo es insoportable. Casi puedo escuchar el latido de mi propio corazón, rápido y errático, mientras espero. Un segundo pasa, luego otro, y cuando estoy a punto de colgar, una risa suave pero cruel atraviesa la línea, una risa que conozco demasiado bien.
—Hola, Eva —la voz de Aron es inconfundible, fría y cargada de veneno. Un escalofrío me recorre la columna y mi cuerpo se tensa automáticamente, como si de repente el aire a mi alrededor se hubiera vuelto más denso, más difícil de respirar—. Ha pasado un tiempo, ¿verdad?
Mis manos comienzan a temblar tanto que tengo que apretar el teléfono con fuerza para no dejarlo caer. Siento que el mundo a mi alrededor se vuelve más pequeño, como si el espacio mismo se estuviera cerrando sobre mí. Es él. El hombre que me arrebató todo. El hombre que me convirtió en esta versión rota de mí misma.
—¿Qué... qué quieres, Aron? —las palabras salen entrecortadas, mi garganta está seca y mi voz suena pequeña, vulnerable.
—Oh, no te pongas nerviosa, querida —dice con un tono burlón—. Solo quería que escucharas algo.
Antes de que pueda preguntarle qué está hablando, escucho una voz, una voz que me destroza desde lo más profundo. Es suave, tierna, pero cargada de un dolor insoportable.
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Códigos de sangre
Roman d'amourEva Smith, una mujer con carácter, no se deja dominar por nadie, pero tiene un pasado que aún la atormenta. Enzo Lombardi, el mafioso más temido de la ciudad, está en busca de un heredero para su legado, y teme morir sin tener a alguien a su lado.
