Eva Smith
El camino de regreso a casa es largo, casi interminable, pero mantengo mis ojos fijos en Emilio. No puedo dejar de mirarlo, ni siquiera por un segundo. Cada vez que cierro los ojos, lo veo allí, atado a esa maldita silla, con la piel pálida, el rostro cubierto de lágrimas. No puedo borrar esa imagen de mi mente. Ha quedado grabada a fuego en mi memoria.
Emilio descansa en mis brazos, demasiado agotado para mantenerse despierto. Acaricio su cabello enredado, sintiendo las pequeñas marcas de suciedad y sangre en su piel. Me parte el alma verlo así, tan frágil y vulnerable. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Cómo permití que mi hijo, mi pequeño Emilio, terminara en manos de un monstruo como Aron?
—Mamá... —susurra Emilio con un hilo de voz.
Me inclino hacia él, con el corazón en un puño.
—Aquí estoy, cariño. Estoy contigo —le digo suavemente, intentando transmitirle la calma que no siento.
Pero su rostro está lleno de miedo, sus ojos grandes y oscuros mirándome con una desesperación que me rompe por dentro. No sé cómo hacer que ese terror desaparezca. ¿Cómo se cura una herida tan profunda? ¿Cómo se le devuelve la seguridad a un niño que ha sido arrancado de los brazos de su madre?
—Mamá, me dolía mucho... me dolía —replica en voz baja, sus lágrimas cayendo silenciosamente.
Lo estrecho más fuerte contra mí, sintiendo cada sollozo que sacude su pequeño cuerpo. Las lágrimas inundan mis ojos, pero no puedo permitirme llorar. No ahora. Él necesita que sea fuerte, que sea su refugio en medio de este caos.
—Lo sé, Emilio... lo sé. Pero ya no tienes que preocuparte. Estoy aquí. Nunca más te va a pasar algo así, te lo prometo.
Lo abrazo más fuerte, mis palabras un mantra desesperado. No sé si puedo cumplir esa promesa, pero en este momento, es lo único que puedo ofrecerle. Miro a Enzo, que camina al lado del coche, con la mandíbula apretada, sus manos tensas en el volante. Su mirada no se aparta del camino, pero sé que está luchando contra la misma tormenta que yo. Ambos estamos rotos, pero debemos mantenernos firmes, por Emilio.
—Vamos a llegar pronto —dice Enzo con la voz tensa, sus ojos fijos en la carretera—. Emilio necesita descansar.
Asiento, aunque las palabras no salen. Estoy agotada, física y emocionalmente. El peso de lo que acaba de suceder es abrumador, y todavía no sé cómo procesarlo. Pero sé que no tengo el lujo de derrumbarme. Mi hijo me necesita, y no puedo fallarle.
Cuando llegamos a casa, Enzo me ayuda a sacar a Emilio del coche. Lo llevamos adentro, y lo coloco suavemente en la cama, envolviéndolo en las sábanas. Su cuerpecito tiembla ligeramente, pero al menos está en un lugar seguro. Limpio sus heridas lo mejor que puedo, lavando la suciedad y la sangre con cuidado.
—Mamá, tengo sueño... —susurra Emilio, sus ojos ya cerrándose.
—Duerme, cariño. Estoy aquí contigo.
Lo observo mientras sus respiraciones se hacen más lentas y profundas, señal de que finalmente ha sucumbido al sueño. Me siento al borde de la cama, sin atreverme a apartar la vista de él. El alivio de tenerlo conmigo es tan grande que siento que podría desmoronarme en cualquier momento, pero no puedo. No hasta que todo esto termine.
Enzo se acerca por detrás, poniendo una mano en mi hombro. Siento el calor de su piel, y por un segundo, deseo dejarme llevar por esa sensación, permitir que su presencia me consuele. Pero la realidad sigue pesando sobre nosotros.
—Quédate con él —me dice en voz baja—. Necesita descansar, y tú también.
Lo miro a los ojos, buscando algo, una señal de que esto va a mejorar, de que todo volverá a ser como antes. Pero no hay respuestas fáciles. Asiento lentamente y me inclino para besar a Emilio en la frente. Luego, me levanto y dejo que Enzo se encargue del resto.
Enzo Lombardi
Dejo a Eva con Emilio y salgo de la habitación en silencio. Mis pasos son pesados mientras me dirijo al sótano. Siento la ira creciendo en mi interior con cada segundo que pasa. Aron está aquí, en mi casa, bajo mi control. Y la parte más oscura de mí está ansiosa por hacerle pagar por todo lo que ha hecho.
Abro la puerta del sótano y bajo lentamente las escaleras. El aire es denso y pesado, y el único sonido que llena el espacio es el de mis propios pasos, resonando en las paredes. Aron está atado a una silla en el centro de la habitación. Su rostro está hinchado y cubierto de moretones, cortes secos y sangre seca que parece que lleva horas sin limpiar. Sus ojos me miran, y aunque sufre, aún tiene esa maldita sonrisa en los labios.
—¿Finalmente vienes a hacerme una visita, Enzo? —se burla, su voz rasposa—. Sabía que no podrías resistirte.
Me acerco lentamente, sin prisa. Miro sus manos atadas a la silla, sus piernas inmovilizadas. Aún no ha entendido en qué situación está. Cree que esto es un juego. Pero no es un juego. No cuando se trata de Emilio. No cuando casi destruye a mi familia.
Sin decir una palabra, le doy un puñetazo en la mandíbula con todas mis fuerzas. Su cabeza cae hacia un lado, y por un segundo, pienso que lo dejé inconsciente. Pero luego lo escucho reírse, una risa amarga que me hace hervir la sangre.
—Vaya, tienes fuerza... —murmura, escupiendo sangre al suelo—. Pero, ¿es todo lo que tienes?
Le doy otro golpe, esta vez en el estómago, y la silla se tambalea peligrosamente. Aron gime de dolor, pero sigue sonriendo.
—Eso es por Emilio —digo entre dientes, mis puños temblando por la rabia.
—¿Emilio? —responde con una mueca—. Ah, sí, el niño... Lo manejó bien, considerando las circunstancias. Debes estar orgulloso.
La furia me consume por completo, y antes de darme cuenta, le doy un tercer golpe en la cara, más fuerte que los anteriores. La silla casi se cae hacia atrás, pero la estabilizo con una patada.
—Cállate. No pronuncies su nombre —gruño, acercándome más, mis puños listos para golpear de nuevo.
Aron se ríe, aunque ahora está tosiendo sangre. La satisfacción en su rostro es palpable. Sabe que está en mi cabeza, que me está empujando hacia un límite del que quizás no pueda volver.
—No eres mejor que yo, Enzo. Al final, todos hacemos lo que tenemos que hacer para sobrevivir. Tú, yo... No somos tan diferentes.
Lo golpeo de nuevo, esta vez en el costado, y Aron grita de dolor. Su risa se apaga, reemplazada por un jadeo ahogado. Me quedo parado frente a él, mi respiración pesada, mis puños ensangrentados. No puedo permitir que me manipule. No puedo dejar que me convierta en lo que él quiere que sea.
—La diferencia es que yo protejo a mi familia. Tú los destruyes —le espeto, mirándolo con desprecio—. Y no te vas a salir con la tuya esta vez.
Aron me mira, su rostro lleno de dolor, pero aún desafiante.
—¿Qué vas a hacer, Enzo? ¿Matarme? Hazlo, si tienes el valor.
Me inclino hacia él, acercándome lo suficiente como para que nuestras miradas se crucen.
—No necesito matarte. Te pudrirás aquí, en este sótano, sin ver la luz del día nunca más. Eso será peor que la muerte.
Me alejo de él, dejando que mis palabras se hundan en su mente. Aron no dice nada más, solo me observa con esos ojos llenos de odio, sabiendo que he ganado esta ronda. Subo las escaleras lentamente, dejando que la oscuridad lo envuelva.
Cuando regreso a la habitación, Eva sigue despierta, sentada al lado de Emilio. Me acerco en silencio y me siento a su lado, tomando su mano entre las mías.
—¿Todo está bien? —me pregunta en voz baja, sin mirarme.
—Sí. Todo está bien —respondo, aunque sé que nada está realmente bien. Pero, por esta noche, al menos, estamos a salvo.
Me recuesto junto a ella, rodeando su cuerpo con mis brazos. La oscuridad nos envuelve, pero mientras estemos juntos, sé que podemos enfrentar lo que venga.
Holaa, gracias por leer ya estamos cerca del final, espero te este gustando la historia, gracias, no olvides votar y comentar
Gabriela.
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Códigos de sangre
RomanceEva Smith, una mujer con carácter, no se deja dominar por nadie, pero tiene un pasado que aún la atormenta. Enzo Lombardi, el mafioso más temido de la ciudad, está en busca de un heredero para su legado, y teme morir sin tener a alguien a su lado.
