Eva Smith
Han pasado dos meses desde que Aron y James desaparecieron de nuestras vidas, y aunque ahora hay paz, ese vacío sigue recordándonos lo que la vida nos arrebató. Día a día, tratamos de construir algo nuevo y encontrar calma en nuestra rutina, cada uno a su manera.
Para ayudarme a sanar, comencé un curso de repostería. Me encanta la sensación de mezclar ingredientes, de seguir pasos precisos, y ver cómo, poco a poco, la mezcla se transforma en algo delicioso. Es como si, con cada pastel que horneo, pudiera dejar ir un poco de la oscuridad que arrastra mi corazón. Mis manos amasan la masa, mi mente se centra en los aromas y texturas, y durante esos momentos, mis pensamientos se calman. Los recuerdos dolorosos parecen desvanecerse con el calor del horno, dejando espacio para nuevas esperanzas.
Emilio también ha comenzado a ir a la guardería. Cada mañana lo llevo, y aunque me cuesta dejarlo ahí, verlo interactuar con otros niños me da una felicidad inmensa. Al recogerlo, corre hacia mí con una sonrisa brillante, sus manos pequeñas extendidas, y me abraza fuerte. Su risa, su energía... Cada día que pasa veo cómo crece feliz y sin miedo. A veces pienso que, de alguna manera, Emilio es la mayor motivación que tengo para seguir adelante; verlo crecer y ser feliz me da una razón para no caer.
Enzo, mientras tanto, ha seguido trabajando. Sé que, aunque esté enfocado en su labor, también lo abruma la ausencia de aquellos que ya no están. Hace poco intentó buscar a mis padres, con la esperanza de que tal vez estuvieran vivos o a salvo en algún lugar. Lo hizo sin decirme nada, buscando darme un poco de paz. Sin embargo, las noticias fueron devastadoras: Aron se había encargado de acabar con sus vidas mucho tiempo atrás, como un último golpe para que nunca pudiera volver a ellos. Al recibir esta noticia, sentí que una parte de mí se quebraba, y el dolor volvió a hacerse presente con la intensidad de una herida recién abierta.
Una noche, mientras Emilio dormía, Enzo me encontró sentada en el sofá, perdida en mis pensamientos. Yo estaba con la mirada fija en una foto antigua que aún conservaba, una imagen de mis padres y yo en tiempos felices.
—¿Quieres hablar de ello? —preguntó, sentándose a mi lado y mirándome con esos ojos llenos de comprensión y de una ternura que derrite las barreras que he levantado para protegerme.
Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta que parecía imposible de deshacer.
—Es solo que... siempre pensé que, algún día, podría reencontrarme con ellos. Decirles cuánto los extrañé, cuánto los necesitaba... Pensé que habría una segunda oportunidad para ellos y para mí —dije, mi voz apenas un susurro, cargado de dolor—. Pero ya no será posible. Ellos ya no están, y nunca volverán. Todo lo que me queda son recuerdos y esta sensación de vacío...
Enzo tomó mi mano con suavidad, transmitiéndome toda su calidez, esa seguridad que solo él sabe darme.
—Lo siento, Eva. Siento que tuvieras que perderlos de una manera tan cruel —murmuró, su voz temblando ligeramente—. Pero no tienes que pasar esto sola. Yo estoy aquí... y también tienes a Emilio, a Amaya, a Victoria y a Mateo. No es la familia que esperabas, pero estamos contigo, siempre.
Esas palabras fueron un bálsamo para mi corazón. Lo miré a los ojos y sentí que, a pesar del dolor, no estaba sola. Con el tiempo, he logrado aceptar que esta es mi nueva familia, y que cada uno de ellos está en mi vida por una razón. Enzo me abrazó, y por un momento, sentí que ese abrazo podría sostener todas las piezas rotas de mi alma.
Hoy, sin embargo, estoy en un lugar diferente. Me encuentro en un centro médico, esperando a que me llamen para un chequeo. Los últimos días han sido confusos; mi cuerpo ha estado enviándome señales que no entiendo del todo. Noté que mi período está retrasado, y eso me tiene nerviosa. Aunque trato de mantener la calma, una parte de mí se pregunta si algo ha cambiado. ¿Será posible? Me aferro a la idea, pero al mismo tiempo trato de prepararme para lo que sea.
Finalmente, la doctora me llama, y entro en el consultorio, tratando de ocultar el nerviosismo. Su sonrisa me tranquiliza un poco, aunque mi mente sigue llena de dudas y anhelos.
—Eva, ¿cómo te sientes? —pregunta, con una calidez que agradezco más de lo que puedo expresar.
—Estoy... un poco nerviosa —admito, tratando de sonreír, aunque sé que mi voz me traiciona—. Tengo un retraso y he sentido algunos cambios, pero no quiero hacerme ilusiones. No sé si es posible que...
Ella asiente comprensiva, y revisa mis resultados en su computadora, mientras yo respiro hondo, conteniendo mis emociones.
Después de unos segundos, me mira y su expresión se ilumina con una sonrisa cálida y reconfortante.
—Eva, me complace decirte que estás embarazada.
Por un momento, el tiempo se detiene. Siento que mi corazón se acelera y llevo una mano temblorosa a mi vientre. El impacto de sus palabras me golpea con una mezcla de incredulidad y alegría.
—¿Es... es cierto? —pregunto, apenas en un susurro, temerosa de que al decirlo en voz alta se desvanezca.
La doctora asiente, su sonrisa todavía más cálida.
—Así es. Felicidades, Eva. Estás embarazada.
Las lágrimas inundan mis ojos, lágrimas de felicidad pura. No esperaba que la vida me regalara otra oportunidad así. Mi mente se llena de imágenes de Emilio y de Enzo, de la vida que estamos construyendo juntos. Este bebé es un milagro, una oportunidad para vivir un embarazo en paz, sin temor, en un hogar lleno de amor.
Salgo del consultorio con una sonrisa que no puedo contener, sintiendo que llevo en mí un secreto hermoso que pronto podré compartir. Al salir del centro médico, me detengo por un momento y llevo una mano a mi vientre, experimentando una mezcla de alegría, paz y esperanza. La vida me ha puesto en el camino correcto esta vez, y sé que con Enzo a mi lado, todo será diferente.
Camino hacia el auto, sumergida en mis pensamientos. Imagino la expresión de Enzo cuando se lo cuente, la emoción en sus ojos, cómo su rostro se iluminará al saber que nuestra familia crecerá. Imagino sus manos en mi vientre, susurrando palabras de amor al bebé que crece en mí. Y pienso en Emilio, en cómo reaccionará al saber que pronto será hermano. Lo visualizo cuidando de su hermano o hermana, tan protector como su "papá Enzo".
Con un suspiro de felicidad, subo al auto y me dirijo a casa, dejando que mi mente viaje por todos los momentos que vendrán, imaginando cada detalle de este nuevo capítulo que comienza para nosotros.
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Códigos de sangre
RomanceEva Smith, una mujer con carácter, no se deja dominar por nadie, pero tiene un pasado que aún la atormenta. Enzo Lombardi, el mafioso más temido de la ciudad, está en busca de un heredero para su legado, y teme morir sin tener a alguien a su lado.
