21 de abril
Eva Smith
Enzo es lo único en lo que puedo pensar desde lo que pasó anoche. Cada vez que pienso en él, siento una especie de cosquilleo en el vientre bajo, una sensación que no sé bien cómo describir, pero que me resulta placentera y misteriosa al mismo tiempo. Es como si una corriente eléctrica recorriera mi cuerpo, despertando una excitación y una calidez que no había experimentado antes.
Esta mañana, me levanto con un brillo en los ojos, ansiosa por el nuevo día que me espera. Salgo de casa para subirme al auto y poder ir a trabajar. Sin embargo, cuando estoy a punto de salir, algo me detiene. Es la voz de Enzo que me llama desde atrás, rompiendo el hechizo de mi anticipación.
—¿Te vas a ir sin despedirte? —dice Enzo, su voz tiene un tono juguetón que me hace sonreír involuntariamente.
Me doy la vuelta para verlo, y él está allí, apoyado contra la puerta con una expresión que mezcla ternura y diversión. La luz del sol ilumina su rostro, acentuando sus rasgos y dándole un aire aún más atractivo.
—Voy tarde —respondo, tratando de no parecer demasiado apurada. La verdad es que me encantaría quedarme un poco más, pero el trabajo me espera.
—Vale —dice, acercándose a mí con una sonrisa. Se inclina y me da un beso corto en los labios. Es un gesto simple, pero cargado de significado. La calidez de su boca se transfiere a la mía, y me deja un sabor dulce y adictivo.
—Avísame cuando salgas; te tengo una sorpresa —añade, y yo arqueo una ceja, intrigada.
—¿Una sorpresa? ¿Qué es? —pregunto, mi curiosidad creciendo con cada palabra.
—Si te lo digo, ya no será sorpresa —responde con una sonrisa traviesa. Luego, hace una mueca juguetona—. Mejor vete, se te va a hacer tarde. A mi madre le molesta cuando llegan tarde —dice, señalando el reloj con un gesto cómplice.
Asiento y vuelvo a subir al auto, con la mente llena de anticipación por la sorpresa que Enzo ha prometido. Mientras conduzco hacia la cafetería, no puedo evitar imaginar qué tipo de sorpresa podría ser. La idea de que haya algo especial planeado para mí hace que mi corazón lata más rápido.
Al llegar a la cafetería, me apresuro a ayudar a Amaya en la cocina. Hoy es un día ocupado y lleno de nuevas tareas. Aprendo a hacer croissants de chocolate, pastel de moras y pastel de fresas. Cada paso del proceso es una experiencia nueva y emocionante, y disfruto la oportunidad de aprender y mejorar mis habilidades.
—Le haré pastel de fresas a Enzo —digo con una sonrisa mientras trabajo.
Amaya me observa con atención y luego frunce el ceño.
—No, mi niña, ni lo intentes. Él es alérgico a las fresas y a los frutos secos. No lo hagas, aún quiero conservar a mi hijo —me advierte con una mezcla de preocupación y cariño.
—Oh, no lo sabía. Gracias por decirlo —respondo, sintiéndome aliviada de haber evitado un posible problema.
—De nada, mi niña —responde Amaya con una sonrisa cálida—. Hoy vendrá por ti —añade, cambiando de tema.
—Sí —digo emocionada por la sorpresa que me espera. El pensamiento de la sorpresa de Enzo me mantiene en un estado de expectativa.
—Humm, qué bueno. Disfruta de la sorpresa —dice Amaya, levantándose de la mesa en la que estábamos sentadas. Me pregunto cómo supo de la sorpresa de Enzo; tal vez él le haya contado algo en privado.
Cuando termino mi día en la cafetería, salgo con una mezcla de cansancio y emoción. Me encuentro con Enzo recostado contra la puerta de su auto, esperando pacientemente.
—Hola —saludo con una sonrisa, sintiendo una ola de felicidad al verlo.
—Hola, ¿qué tal tu día? —pregunta, sacando un ramo de tulipanes blancos del auto. La forma en que los sostiene, como si fueran el tesoro más precioso del mundo, me hace sentir especial—. Mira, es para ti, pequeña.
—¡Qué lindos! Gracias —digo, estirándome para darle un casto beso. El gesto es simple, pero su sonrisa me hace sentir que he recibido el regalo más valioso.
—Te daré más regalos a cambio de esos besos —dice Enzo con una sonrisa pícara.
—Jaja, qué gracioso —respondo, subiendo al auto cuando él me abre la puerta. La calidez de su mano en mi espalda me hace sentir segura y apreciada.
—¿Qué te enseñó mi madre hoy? —pregunta mientras comienza a conducir.
—Me enseñó a hacer un pastel de fresas —digo, y él hace una mueca—. ¿Por qué esa mala cara? ¿No te gustan? —lo molesto, disfrutando del tono juguetón de nuestra conversación.
—Soy alérgico. ¿No te lo dijo? —responde con un tono de broma, aunque su rostro muestra un ligero desagrado.
—Sí, lo dijo, pero me gusta molestarte —confieso con una sonrisa.
—Jaja, ya vamos llegando al lugar de la sorpresa —dice, girando el volante con habilidad mientras me lanza una mirada significativa.
La expectativa se acumula mientras nos dirigimos hacia el destino de la sorpresa. El paisaje cambia lentamente a medida que nos acercamos a nuestro destino, y mis pensamientos están llenos de curiosidad.
Finalmente, llegamos a un hermoso río rodeado de tulipanes en plena floración. La vista es impresionante, y el entorno es sereno y pintoresco.
—¿Qué te parece este lugar? —pregunta Enzo—. Mi padre me lo mostró la tarde antes de su muerte.
—Es hermoso. Gracias por traerme —digo, abrazándolo con gratitud y emoción. Su gesto es aún más especial ahora que sé lo significativo que es este lugar para él.
—Ven, vamos a sentarnos allá —dice, señalando unas sillas que ofrecen una vista panorámica del río y los tulipanes. Caminamos juntos hacia el área designada, y me siento rodeada de belleza y tranquilidad.
—Me encanta. Pensé que lo de conquistar se te daba bien —digo en tono juguetón, disfrutando del momento.
—Te bajaría la luna a los pies si eso es lo que quieres, pequeña —responde Enzo con sinceridad, y yo sonrío, sintiendo que sus palabras tienen un significado profundo.
—No pensé que el líder de la mafia fuera tan romántico —comento, sorprendida por el lado tierno y considerado que muestra.
—Solo tú conoces esa faceta de mí —dice Enzo, acercándose para besarme. Su beso es suave y lleno de emoción, y el contacto provoca un temblor en mis piernas. La conexión entre nosotros es tan intensa que parece que el mundo exterior se desvanece.
Cuando terminamos nuestra cena junto al río, nos dirigimos de vuelta a casa. El viaje de regreso es tranquilo, con una sensación de satisfacción en el aire. Subo a mi habitación y me tumbo en la cama, sintiendo el cansancio del día y la emoción por la sorpresa que Enzo ha planeado. Mañana será sábado, y no tendré que trabajar, lo que me da la oportunidad de descansar y disfrutar de un día libre. Mientras cierro los ojos, no puedo evitar sonreír al recordar el momento especial que hemos compartido.
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Códigos de sangre
RomansaEva Smith, una mujer con carácter, no se deja dominar por nadie, pero tiene un pasado que aún la atormenta. Enzo Lombardi, el mafioso más temido de la ciudad, está en busca de un heredero para su legado, y teme morir sin tener a alguien a su lado.
