Capítulo 9

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20 de abril

Enzo Lombardi


Siento cómo Eva me jala nuevamente para besarme, sus labios se entrelazan con los míos en un beso lleno de pasión descontrolada. No es un beso cualquiera; hay una urgencia en la forma en que nuestras bocas se buscan, como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante y solo existiéramos ella y yo. Eva me envuelve con sus brazos alrededor de mi cuello, y yo respondo instintivamente, bajando mis manos desde su cadera hasta sus piernas. Sin pensarlo dos veces, la levanto suavemente, colocándola sobre la encimera. Queda justo frente a mí, nuestras respiraciones se aceleran y mi cuerpo se encuentra justo entre sus piernas. La proximidad hace que todo en la habitación parezca más pequeño, como si el mundo se hubiera reducido a este pequeño espacio entre nosotros.

Mis manos recorren su cintura mientras siento el calor de su cuerpo. Sus labios están cálidos, suaves, y saben a algo que no puedo describir, pero que sin duda me tiene completamente cautivado. Justo cuando el beso empieza a intensificarse aún más, el sonido impertinente de mi teléfono rompe el momento, arrastrándonos de vuelta a la realidad de golpe. El sonido es molesto, y por un segundo, deseo ignorarlo. Pero sé que, siendo quien soy, no puedo permitirme ese lujo.

Me separo de Eva lentamente, observando cómo su respiración se mantiene agitada, sus labios hinchados y rojos por el beso. La miro fijamente, y por un momento me quedo en silencio, admirando la visión de ella en ese estado. Hay algo indescriptible en su rostro, algo que me atrae más de lo que debería.

Saco el teléfono del bolsillo y, al mirar la pantalla, veo que es una llamada de Matthew. La frustración se mezcla con la necesidad de contestar.

—Joder, debo contestar, es importante —digo, ayudándola a bajar con suavidad de la encimera. Aún siento sus manos en mi nuca, y el contacto me deja una sensación de vacío al separarnos.

—Yo terminaré de cocinar —dice Eva, desviando la mirada y jugando nerviosamente con sus manos. La tensión del momento aún flota en el aire mientras salgo de la cocina y me dirijo a mi oficina.

El tono urgente de la llamada me recuerda que mi mundo no puede detenerse, no importa cuán intensa sea la conexión con Eva. Entro a mi oficina, cerrando la puerta detrás de mí, y respondo.

—¿Qué pasa? —digo, manteniendo la voz seria—. Interrumpiste algo importante —agrego en un tono de enojo, pero con una clara referencia a lo que estaba haciendo minutos antes.

—Tenemos un problema, Enzo —dice Matthew, y mi cuerpo se tensa de inmediato. No son palabras que me guste escuchar.

—¿Qué problema? —replico, dejándome caer en la silla de mi oficina.

—El cargamento de droga no ha llegado.

Esas palabras hacen que mi mente se acelere. Mis pensamientos, que hace unos segundos estaban envueltos en Eva y sus labios, ahora se ven arrastrados a una oscura realidad.

—¿Cómo que no ha llegado? —mi voz adquiere un tono más cortante—. ¿Dónde está el puto cargamento?

—El camión ha sido interceptado por la mafia italiana. Se lo han llevado. Estoy intentando rastrearlo, pero hasta ahora no he tenido éxito.

Mis manos se crispan sobre el escritorio. Los malditos italianos otra vez. Hemos estado en conflicto durante años, una guerra silenciosa que rara vez llega a las calles pero que se libra en las sombras, en el submundo en el que vivimos.

—Malditos italianos —gruño, sintiendo cómo la ira comienza a arder en mi interior—. Encuentra ese puto camión y hazlo rápido. No quiero excusas.

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