Capítulo 34

23 3 0
                                        


Eva Smith

Al llegar a casa, me detengo frente a la puerta por un momento, respirando profundamente, tratando de asimilar todas las emociones que siento. Es un torbellino de felicidad, de alivio, y de esperanza que amenaza con desbordarme. Con una sonrisa nerviosa, abro la puerta y, apenas entro, escucho las risas de Emilio, su voz tan llena de vida, tan despreocupada. Está en la sala, rodeado de sus juguetes, construyendo alguna invención de bloques que me es imposible descifrar desde aquí.

Tan pronto me ve, sus ojitos brillan de felicidad, y corre hacia mí, extendiendo sus bracitos.

-¡Mamá! -exclama con su vocecita dulce, lanzándose a mis brazos.

Lo levanto y lo abrazo con fuerza, sintiendo el peso de su pequeño cuerpo, el calor que me devuelve la vida. Cierro los ojos por un segundo, imaginando que algún día podría tener dos pequeños brazos alrededor de mí, dos voces llamándome "mamá". La idea es tan hermosa que tengo que ahogar un suspiro de emoción.

-¿Te divertiste hoy, mi amor? -le pregunto mientras le doy un beso en la frente, intentando que la emoción no me traicione.

-¡Sí! -responde emocionado, casi brincando de alegría-. ¡Amaya y yo hicimos una torre gigante de bloques!

Mientras me cuenta sobre su día, aparece Enzo desde la cocina, con un delantal que parece quedarle grande y una sonrisa en su rostro. Al ver su expresión de tranquilidad y de amor, siento que todos mis temores se desvanecen. Con él, sé que puedo enfrentar cualquier cosa.

-Bienvenida a casa, Eva -dice suavemente mientras se acerca para besarme en la mejilla-. Emilio estaba tan emocionado por tu regreso que decidimos hacer la cena juntos.

Lo miro, entre divertida y conmovida, al observar la zona de desastre en la cocina: harina en el mostrador, algunos platos desordenados, y el olor a algo en el horno que no logro identificar.

-¿Ustedes dos cocinando? -le pregunto, riendo un poco, mientras Emilio asiente con entusiasmo, como si él fuera el chef principal.

-"Cocinamos juntos" -dice Enzo, riendo también-, aunque creo que este pequeño es quien ha hecho la mayor parte del trabajo.

Nos reímos los tres, y siento cómo el amor que siento por ellos se intensifica, cómo me llenan de una felicidad tan abrumadora que me siento a punto de llorar. Enzo lo nota, frunce el ceño con preocupación y me observa de cerca.

-¿Estás bien? -pregunta, entrelazando sus dedos con los míos, su mirada llena de cariño y ternura.

Me doy cuenta de que ha llegado el momento de compartir la noticia. Tomo una bocanada de aire, tratando de contener la emoción, y miro a Enzo y a Emilio, los dos con rostros expectantes.

-En realidad... tengo algo que contarles a los dos -digo, con una sonrisa que no puedo ocultar, y veo cómo los ojos de Enzo se iluminan, presintiendo que es algo importante.

-¿Qué es, mamá? -pregunta Emilio, mirándome con una mezcla de curiosidad y entusiasmo.

Me agacho hasta estar a su altura, manteniendo la mano de Enzo en la mía y tomando la de Emilio. Respiro profundamente, deseando que el momento dure para siempre, y susurro con cariño:

-Bueno, mi amor... resulta que vas a ser hermano mayor. Hay un bebé creciendo dentro de mamá.

Los ojos de Emilio se agrandan y se queda mirándome, con una mezcla de sorpresa y emoción. De repente, su carita se ilumina, y se lanza a mis brazos, riendo de pura felicidad.

-¡Voy a ser hermano! -grita, y su risa es contagiosa, llenando la sala de una energía que me hace sentir que el amor se multiplica a nuestro alrededor.

Miro a Enzo, quien parece petrificado por un instante, tratando de asimilar la noticia. Sus ojos están fijos en mí, llenos de una ternura y de una emoción tan profunda que siento como si pudiera leer en ellos cada uno de sus sentimientos. Lentamente, sus labios se curvan en una sonrisa y, con un suspiro de felicidad, me rodea con sus brazos, abrazándome con una intensidad que me hace sentir protegida y amada.

-Eva... -susurra con una voz cargada de emoción-, no tienes idea de lo feliz que me haces. Gracias, de verdad, por este milagro, por darme tanto. Te prometo que cuidaré de ti, de Emilio... y de este pequeño que viene en camino.

Me besa en la frente, y siento que cada palabra, cada gesto, refuerza lo que ya sabía: este es nuestro hogar, nuestra familia, y juntos podemos con todo.

Emilio, aún riendo y lleno de entusiasmo, se acurruca contra mí, mirando mi vientre con la dulzura de quien ya ama a su futuro hermano o hermana.

-Mamá, ¿puedo hablarle al bebé? -pregunta, mirándome con esos ojitos llenos de curiosidad.

-Claro que sí, cariño. El bebé te escucha, aunque aún es pequeñito.

Emilio se acerca aún más y, con su carita apoyada en mi vientre, susurra con su vocecita:

-Hola, hermanito o hermanita. Soy Emilio. Te prometo que voy a cuidar de ti y enseñarte a jugar.

No puedo evitar que una lágrima de felicidad resbale por mi mejilla, y cuando miro a Enzo, veo que él también está profundamente conmovido. Nos miramos, compartiendo en silencio una promesa de amor y de protección para esta familia que estamos formando.

Esa noche, mientras terminamos de cenar y escuchamos a Emilio hablar con emoción sobre todos los planes que tiene para su futuro hermano o hermana, Enzo y yo nos tomamos de la mano bajo la mesa, compartiendo miradas llenas de amor y gratitud.

Más tarde, cuando nos preparamos para dormir, Enzo me envuelve en sus brazos, y siento cómo acaricia suavemente mi vientre, como si ya pudiera conectar con el pequeño ser que está creciendo en mí. Apoyo mi cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su corazón, y susurra en mi oído con ternura:

-Gracias, Eva. Esta familia que estamos formando es lo mejor que me ha pasado. Te prometo que nunca les faltará nada, que siempre tendrán mi amor.

Nos quedamos así, en un abrazo silencioso, sintiendo que no necesitamos decir nada más. Con él, con Emilio, y ahora con este bebé, siento que he encontrado mi hogar, y me quedo dormida, segura de que juntos podremos con todo.

Códigos de sangre Donde viven las historias. Descúbrelo ahora