Capítulo 18

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Eva Smith


Llegó el día de contarle a Enzo sobre mi pasado, un peso que había llevado durante demasiado tiempo. Sabía que no sería fácil, pero era un paso necesario. Confiaba en que él me ayudaría y que no se alejaría de mí, sin importar lo que revelara. Salí de mi habitación con el corazón latiendo desbocado; cada paso se sentía como una carga más pesada. Al llegar a su oficina, lo encontré sentado en su escritorio, con la mirada fija en un punto del espacio, sumido en sus pensamientos. Cuando notó mi presencia, levantó la vista, dejando su vaso con algún tipo de trago en la mesa, y me miró con atención.

—Enzo, quiero hablar contigo—dije, sintiendo un nudo en el estómago y un ligero temblor en mi voz.

—¿Me vas a contar lo que pasó?—preguntó, levantándose de su silla y gesticulando para que nos sentáramos en el sofá de su oficina.

—Sí—respondí, intentando encontrar la fuerza en mis palabras—. Cuando tenía 16 años, fui sacada a la fuerza de mi casa y llevada a la mafia italiana. Me alejaron de mis padres hace años, Enzo. El hombre que me llevó me mantuvo en su sótano durante un tiempo interminable. Un día, me subió a su habitación para...—las palabras se atoraron en mi garganta, y una oleada de emociones me abrumó, haciendo que las lágrimas comenzaran a brotar de mis ojos.

—Tranquila, Pequeña. Si quieres, podemos dejar la charla para después—dijo Enzo, su tono era reconfortante.

—No, yo puedo hacerlo—dije, aunque no estaba completamente convencida. La mirada de Enzo me otorgaba la confianza necesaria para seguir—. Me llamaba a su habitación para tener relaciones. Después de unos meses, comenzaron los náuseas y los mareos, y tuve que hacerme una prueba de embarazo que resultó positiva. Cuando se lo conté, me golpeó hasta que mi cuerpo no aguantó más. Me llevaron al médico, quien me advirtió que mi embarazo era de alto riesgo y que necesitaba cuidados especiales.

—¿Cómo te sentiste en ese momento?—preguntó Enzo, su voz llena de empatía, lo que me hizo sentir un poco más segura.

—Me sentí perdida, asustada y sola. No sabía qué hacer ni a quién recurrir. Pero cuando supe que estaba embarazada, algo dentro de mí cambió. Me di cuenta de que tenía que luchar por mi hijo, por nuestro futuro. Esa pequeña vida en mí se convirtió en mi razón para seguir adelante, un motivo para aferrarme a la esperanza en medio de la oscuridad que me rodeaba.

—¿Y entonces?—preguntó Enzo, mostrando genuino interés por mi historia.

—Cuando llegó el final de mi embarazo, pude tener a mi hijo sin problemas. Pero una noche, al despertar, me di cuenta de que mi hijo no estaba a mi lado. Ese hombre, con su voz llena de desprecio, me dijo que era una mala madre y que había perdido a mi hijo. Aquellas palabras retumbaron en mi cabeza como un eco interminable.

—Eso no es cierto—dijo Enzo, su voz firme—. Tú no eres una mala madre. Lo que te pasó no fue culpa tuya.

—Nunca me importó si mi hijo era el producto de un abuso; él era el único motivo que me mantenía viva en aquella casa. Cuando lo perdí, todo lo que tenía dentro de mí se desvaneció.

Las lágrimas brotaron descontroladamente, y Enzo me abrazó, envolviéndome en su calidez hasta que logré calmarme un poco.

—Lo siento mucho, Pequeña—dijo, su voz suave y llena de compasión—. No puedo imaginar lo que debiste pasar.

—No importa—dije entre sollozos—. Lo que importa es que estoy aquí ahora, y tengo la oportunidad de encontrar a mi hijo—Esa idea comenzó a tomar forma en mi mente, alimentando mi deseo de justicia y redención.

—Vamos a encontrarlo—dijo Enzo con determinación—. Juntos— Sus palabras resonaron en mi corazón, llenándolo de una nueva energía.

Me sentí invadida por un sentido renovado de esperanza y determinación. Por primera vez en años, sentí que tenía un propósito claro, un camino a seguir.

—Gracias, Enzo—dije, sintiendo que cada palabra llevaba consigo el peso de mi gratitud.

—No hay nada que agradecer, Pequeña—respondió.

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