15 de abril
Eva Smith
¿Qué hace ese hombre aquí y por qué me busca? El corazón me latía desbocado y sentía cómo el aire en la habitación se hacía más denso.
—Creo que no te quedó bastante claro que me importas una mierda —dije con tono frío, fingiendo una valentía que no sentía, acercándome a él con paso firme.
Sus ojos oscuros me recorrieron de arriba a abajo, evaluándome con una sonrisa que no llegaba a sus labios. Su mirada era pesada, opresiva.
—Nadie trata así al Diablo, mocosa —dijo, acercándose peligrosamente. Mi respiración se aceleró cuando vi algo que no había notado antes: un arma en su mano. El frío metal brillaba a la luz tenue del club, amenazante.
Me iba a matar. El pensamiento se instaló en mi mente como una sentencia. Pero me negaba a mostrar miedo. Me obligué a sonreír, aunque fuera una sonrisa falsa y tensa.
—Quiero que vengas conmigo —dijo, y esa sonrisa fingida desapareció de mi rostro en un instante.
—¿De qué hablas? —pregunté, desconcertada. La tensión en el ambiente se hacía insoportable.
—Ninguna mujer trata mal al Diablo y se sale con la suya. He tomado la decisión de que ahora me perteneces —su tono era firme, como si fuera una declaración que nadie se atrevería a refutar.
Mi mente comenzó a girar en espiral. Esto no podía estar pasando. Todo lo que quería era olvidarlo, dejar atrás esta noche y esta vida que parecía arrastrarme al infierno una y otra vez.
—No voy a ir a ningún lado contigo —dije, dándome la vuelta con la intención de huir hacia las escaleras. Pero antes de que pudiera dar siquiera un paso, él me agarró del brazo con una fuerza brutal.
—Te vas conmigo, quieras o no —gruñó, y sin previo aviso me levantó, cargándome sobre su hombro como si no fuera más que una muñeca de trapo.
—¡Bájame! —grité, golpeando su espalda con todas mis fuerzas, pero era como golpear una pared de concreto. No parecía afectarle en absoluto.
—Nos vamos —ordenó a los hombres que estaban en la escalera, que lo miraron con obediencia ciega.
—¡Bájame, hijo de la gran puta! —grité, sintiendo la desesperación crecer dentro de mí mientras veía a las personas del club observando la escena con sorpresa, miedo y curiosidad.
—¡Bájala, estúpido! —escuché la voz de Mateo, quien se acercaba apresuradamente para intentar detenerlo. Mis ojos se llenaron de lágrimas al ver su rostro preocupado, sabiendo que estaba a punto de ponerse en peligro.
—Quítate o te mato —le advirtió el hombre, sin siquiera girarse a mirarlo.
—¡Bájala! —insistió Mateo, acercándose aún más, desafiante.
El Diablo frunció el ceño, claramente molesto por la interrupción. Sin más advertencias, sacó su arma y disparó a Mateo en la pierna. El sonido del disparo resonó en todo el club, y sentí cómo el mundo se detenía por un segundo.
—¡Mateo! —grité, mi voz ahogada por el miedo—. ¿Estás bien? —pregunté desesperada, viendo cómo caía al suelo, sujetando su pierna con las manos manchadas de sangre.
Me giré hacia el hombre que me llevaba, furiosa—. ¿Por qué lo hiciste, imbécil? ¡Eres un maldito! —le grité, pero él siguió caminando, completamente indiferente a mis palabras y a la sangre derramándose en el suelo.
—¡Mateo! —grité de nuevo, esta vez con lágrimas en los ojos—. ¡Déjame ver cómo está! —mi voz temblaba, estaba llena de terror—. Por favor, déjame ver si está bien —supliqué entre sollozos.
—Cállate —me gritó el Diablo, con una rabia contenida en su voz—. Agradece que no lo maté —añadió, y me lanzó al asiento trasero de un coche que ya estaba esperando fuera del club.
El motor del auto rugió, y nos alejamos del lugar a toda velocidad. Mis lágrimas caían sin control, y todo mi cuerpo temblaba de impotencia. Trataba de calmarme, de convencerme de que Mateo estaría bien, de que alguien lo ayudaría. Pero la culpa me carcomía por dentro. Todo esto era culpa mía.
El trayecto hacia las afueras de la ciudad fue silencioso y tenso. Mis pensamientos no dejaban de volver a la imagen de Mateo, ensangrentado en el suelo del club. No pude dejar de llorar, aunque intentaba calmarme, el dolor y el miedo eran demasiado.
—Llegamos —dijo el hombre cuando el auto se detuvo frente a una enorme mansión. El lugar era imponente, con altos muros de piedra y un aire de opulencia decadente.
No me moví del asiento, me quedé mirando fijamente por la ventana, como si pudiera desaparecer si me quedaba lo suficientemente quieta.
—Bájate —ordenó, tocando mi brazo para sacarme de mi parálisis.
—No me toques —espeté, alejándome de su contacto y saliendo del auto por mi cuenta. Caminé hacia la casa con pasos pesados, intentando controlar el pánico que comenzaba a surgir de nuevo en mi interior—. ¿Qué hago aquí? —le pregunté al hombre sin girarme a verlo.
—Estás aquí porque te he comprado —respondió fríamente, como si hablara de una simple transacción comercial.
Me giré para mirarlo, incrédula—. ¿A quién me has comprado?
—A Logan —respondió sin titubear.
Sentí como si el suelo se desmoronara bajo mis pies—. Hijo de puta —susurré para mí misma—. ¿Por qué lo hizo? Se supone que somos familia —mi voz era apenas un murmullo, pero la traición ardía como fuego en mi pecho.
—Era tú o el club, y te vendió a ti —dijo, sentándose en una silla y tomando un trago de licor, como si todo esto fuera lo más natural del mundo.
Las lágrimas amenazaban con salir de nuevo, pero me negué a dejarlas caer. Apreté los puños con fuerza, tratando de mantener la calma—. Hasta la familia te traiciona —dije, más para mí misma que para él.
—De eso no te quepa duda —respondió el Diablo con una sonrisa cínica en su rostro.
—¿Qué se supone que voy a hacer en esta casa? —pregunté, con la esperanza de que hubiera algún tipo de escape en esta locura.
—Vas a ser mi esposa —respondió con una frialdad que me heló la sangre.
—No voy a ser tu esposa, estás loco —dije, caminando hacia la puerta, decidida a huir de ahí, aunque sabía que no sería fácil escapar de él.
—Mira, mocosa, te vas a quedar aquí. Me darás un hijo y luego te largas —dijo con una tranquilidad perturbadora, como si ya todo estuviera decidido y yo no tuviera voz ni voto en mi propio destino.
Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo—. ¿Qué te pasa? No te voy a dar un hijo —dije, horrorizada ante la idea. Ya había perdido un hijo, y no soportaría pasar por eso de nuevo.
—Eso es lo que va a pasar, así que prepárate —respondió, acercándose peligrosamente—. Llévenla al sótano —ordenó a sus hombres.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza—. No, por favor, no al sótano, no... por favor —dije, suplicando con voz temblorosa. Lo miré directamente a los ojos, buscando un atisbo de compasión, pero él solo me ignoró.
Caminamos por los pasillos de la mansión, cada paso resonando en mi mente como un eco de mi destino. Llegamos al sótano, un lugar oscuro y frío, donde el aire parecía más denso. Uno de los hombres abrió la puerta de golpe y me empujó con tal fuerza que caí al suelo, golpeándome el brazo en la caída.
—¡Idiota! —grité cuando se cerró la puerta, pero ya nadie me escuchaba.
Me quedé en la oscuridad, esa oscuridad que tanto me había atormentado en el pasado. Encerrada en un sótano, otra vez.
ESTÁS LEYENDO
Códigos de sangre
Storie d'amoreEva Smith, una mujer con carácter, no se deja dominar por nadie, pero tiene un pasado que aún la atormenta. Enzo Lombardi, el mafioso más temido de la ciudad, está en busca de un heredero para su legado, y teme morir sin tener a alguien a su lado.
