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Enzo Lombardi
Con el teléfono en la mano, respiro hondo antes de marcar el número de mi madre. Necesito contarle la verdad, aunque cada palabra me duela. Al primer timbre, la voz de mamá suena del otro lado, firme y llena de preocupación.
—Enzo, ¿qué está pasando? —pregunta, percibiendo la tensión en mi silencio.
Cierro los ojos un instante, intentando encontrar el modo de empezar, pero las palabras salen desordenadas, crudas, llenas de rabia y dolor.
—Es Eva… Aron la golpeó, mamá. Él… él la lastimó —digo, sintiendo cómo se quiebra mi voz, luchando por mantenerme—. Fue un ataque brutal, y Eva… ella intentó defenderse, pero él no tuvo piedad.
Un silencio denso llena la línea. Puedo imaginarme a mamá asimilando mis palabras, con esa mezcla de furia y preocupación que siempre intenta ocultar cuando me pasa algo. Entonces, respira hondo y habla, con la voz apenas contenida.
—¿Ese es el hombre que tenía a Emilio secuestrado? ¿El mismo que le ha hecho todo este daño a Eva?
—Sí —admito, apretando los dientes—. Después de todo lo que hizo, después de todo lo que Eva ha pasado para recuperarse… apareció otra vez. No puedo sacar de mi mente lo que le hizo.
—¿Dónde estás? —pregunta enseguida, en un tono tenso y urgente—. ¿Puedo ir allá?
—Estoy en el hospital con Eva. Ella necesita atención, y yo… yo necesito asegurarme de que esté bien.
Mamá guarda silencio unos segundos, y entonces su tono cambia a uno más suave, firme pero lleno de esa calidez que solo ella sabe transmitir.
—Emilio está bien, hijo. Lo dejaré en casa con Anna, la ama de llaves, para que no tenga que ver esto. Iré al hospital y me quedaré contigo —me asegura.
Siento el alivio como una corriente tibia en el pecho, aunque las palabras me salen con dificultad.
—Gracias, mamá. No sabes cuánto significa esto para mí.
Ella suspira, y aunque su tono intenta ser reconfortante, hay una dureza que no puede ocultar.
—Escúchame, Enzo. Esto no puede quedarse así. Ese hombre no puede lastimar a Eva de esta forma y salir impune. Prométeme que vas a hacer todo lo que sea necesario para protegerla.
Aprieto los puños, sintiendo cómo la determinación me quema desde dentro.
—Te lo prometo, mamá. Esto no se va a quedar así.
Cuelgo y me quedo en silencio. Saber que mamá viene de camino al hospital me da la calma que necesito. Emilio estará a salvo con Anna, y yo… yo estoy listo para lo que venga.
Claro, aquí tienes la continuación de la escena en la que Enzo ya está con su madre en el hospital, y le informan que puede ver a Eva.
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Mamá llega al hospital tan rápido que apenas pasan unos minutos desde nuestra llamada. Cuando la veo entrar, siento una mezcla de alivio y tristeza, como si su presencia me recordara lo mal que están las cosas. Ella se acerca y me abraza, fuerte, en silencio, dejando que su calidez alivie un poco el peso en mi pecho.
—Todo va a estar bien, Enzo —murmura, apretándome el hombro—. Estoy aquí, y Emilio está seguro en casa con Anna. Ahora cuéntame… ¿cómo está Eva?
Trago saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Mi madre siempre ha sido fuerte, siempre ha sabido qué hacer. La miro a los ojos y me esfuerzo por mantener la compostura, pero hablarlo hace que el dolor se vuelva real otra vez.
—No lo sé… —respondo, pasando una mano por mi cabello—. Apenas llegamos, y se la llevaron a emergencias. Solo recuerdo cómo se veía… tan frágil… y… —mi voz se quiebra.
Ella me toma de las manos y me mira con esa mezcla de ternura y firmeza que siempre ha tenido. No me presiona para hablar más; solo está ahí, en silencio, apoyándome. Esa es una de las cosas que siempre he admirado de ella.
De pronto, un médico aparece en la puerta de la sala de espera. Su expresión es profesional, pero en sus ojos puedo ver un atisbo de comprensión.
—¿Familia de Eva Smith? —pregunta, y yo me apresuro a levantarme, seguido de mamá.
—Sí, soy yo —respondo, tratando de controlar mi voz—. ¿Cómo está?
El médico asiente con un leve gesto de comprensión.
—La hemos estabilizado. Sus heridas son graves, pero no corre peligro inmediato. Necesitará tiempo para recuperarse, tanto físicamente como… emocionalmente. Aun así, ha estado preguntando por usted. Puede pasar a verla, pero le recomiendo que sea breve. Necesita descanso.
Asiento, agradecido y con el corazón latiéndome con fuerza. Miro a mamá, quien me da un apretón en el brazo, como diciéndome que todo estará bien.
—Ve —me dice—. Dile que estamos aquí, que no está sola.
Camino hacia la habitación con pasos firmes pero temblorosos, mi mente llena de pensamientos y emociones encontradas. Cuando entro, veo a Eva en la cama, su rostro está pálido y cubierto de moretones, pero sus ojos se abren lentamente cuando me ve. La mirada en sus ojos me destroza; en ellos veo tanto dolor como vulnerabilidad.
Me acerco despacio, intentando no alterarla más. Tomo una silla y me siento a su lado, sosteniendo su mano con delicadeza.
—Eva… —mi voz se quiebra apenas pronuncio su nombre—. Lo siento tanto… siento mucho no haber llegado antes, siento no haberte protegido como prometí.
Ella cierra los ojos un momento, como si le costara hablar, pero aprieta ligeramente mi mano.
—No fue tu culpa, Enzo… —susurra, su voz apenas audible—. Hiciste lo que pudiste. Lo importante es que… estás aquí ahora.
—Pero no es suficiente —insisto, sintiendo una mezcla de frustración y culpa—. No puedo soportar ver cómo te lastima y sentirme impotente. Te prometo que esto no se va a quedar así. Te protegeré de él, y de cualquiera que intente hacerte daño.
Eva me mira, y a pesar de su cansancio, hay una leve sombra de alivio en sus ojos. Puedo ver que quiere creerme, y eso solo refuerza mi determinación. Quiero abrazarla, decirle que todo estará bien, pero sé que ahora mismo lo único que puedo hacer es quedarme a su lado y asegurarme de que no vuelva a estar en peligro.
Nos quedamos en silencio unos minutos, nuestras manos entrelazadas. Finalmente, el sonido de una enfermera entrando a la habitación nos interrumpe, recordándome que necesita descansar.
—Voy a estar aquí contigo, Eva —le digo, antes de soltar su mano con suavidad—. No estás sola.
Ella asiente débilmente, y yo salgo de la habitación, encontrándome con mamá en el pasillo. Ella me da una mirada comprensiva y me pasa un brazo por los hombros, ofreciéndome el consuelo silencioso que solo una madre puede dar.
Mientras caminamos de regreso a la sala de espera, siento que la determinación en mi interior crece. No permitiré que alguien le haga daño a Eva otra vez. Haré todo lo que esté en mis manos para protegerla, y sé que mi madre estará ahí apoyándome en cada paso.
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Códigos de sangre
RomanceEva Smith, una mujer con carácter, no se deja dominar por nadie, pero tiene un pasado que aún la atormenta. Enzo Lombardi, el mafioso más temido de la ciudad, está en busca de un heredero para su legado, y teme morir sin tener a alguien a su lado.
