Andrei y Charlie no podían quedarse más tiempo en San Diego, ellos tenían que regresar a los entrenamientos con el equipo.
—Cuídate, ¿Quieres?–me abrazó fuerte–vuelve pronto y en una pieza.
—Que sí, Yoshi–di palmaditas en sus costillas–te prometo que lo haré.
—Oye–apartó a nuestro amigo–iré con Paul...
—Charlie, no.
—No diré nada, solo quiero asegurarme que la gente del casino no sepa más de la cuenta.
—Yo iré con él.
—Chicos, no es necesario que se metan en problemas por mi.
—Andrei te lo dijo anoche, esta amistad empezó con tres y así quiero que siga. Me equivoqué con los dos pero sé lo que Aaron significa para ti y es mi manera de remediar mis errores.
—Gracias–los tomé de las manos–a los dos–mis ojos se llenaron de lágrimas–cuíden de Aaron y Rosalie, por favor.
—Lo haremos hasta que vuelvas.-Charlie apretó mi mano.
Los altavoces del aeropuerto de Los Angeles anunciaron el vuelo con destino a Cincinnati haciendo que abrazara a mis amigos con fuerza una última vez como si quisiera guardarme la sensación para siempre.
Conduje de vuelta a San Diego, veía las patrullas por la carretera pero no le prestaba atención a ninguna, no quería saber si en alguna estaba Mario o es mujer.
Antes de llegar a casa me detuve en un súper pequeño, la música por lo bajo y las luces blancas me dieron la bienvenida.
—¿Es todo? Voy a necesitar tu identificación.
El señor de la caja ordenó cuando puse los dos six packs de cerveza, unas cuantas bolsas de papas y un par de botellas de agua.
—También voy a querer una caja de cigarros Marlboro, por favor.-le puse la identificación y la tarjeta sobre el mostrador.
Pasó las cosas por el infrarrojo y metió la tarjeta en la terminal bancaria.
—Gran demostración ayer de los rams, ¿No?
Soltó con saña mientras esperábamos a que se aprobara el pago.
—Sí.-fingí una sonrisa hipócrita.
Tomé mis pertenencias y mis compras y salí del lugar.
Estacioné dentro del garaje cuando llegué a mi casa, el silencio era ensordecedor de alguna manera. Me vacíe los bolsillos y puse la cerveza en el refrigerador.
Cuando me quité la chaqueta, me detuve frente al espejo para verme. Estaba más delgada, incluso un poco pálida y mi cabello parecía haber perdido brillo en las últimas horas.
El estrés me consumía así de rápido algunas veces, como cuando mi mamá entraba a urgencias y en cuestión de días yo parecía haber envejecido años y años.
Me puse cómoda y me senté en el salón a comer comida chatarra y beber cerveza. Pensaba en que hacer para que Iván asomara la cabeza y poder cortarsela.
También pensaba en mi abuela y en mis tíos, muy dentro de mi solo quería ir para que me protegieran como siempre lo hacían. Aunque estaba segura de que si lo hacía, Mario me iba a echar a patadas.
Las primeras tres latas de cerveza entraron con facilidad por mi garganta. Las siguientes las bebí buscando ahogar los pensamientos y la necesidad de llamar a Joe.
Si él no lo había hecho, ¿Por qué yo tendría que hacerlo?
Su amenaza de volver a Cincinnati no me asustaba en lo absoluto, su palabra había perdido peso y mi respeto después de que creyera lo que sea que Nerea le había dicho.
No supe cuánto bebí, solo supe que me quedé dormida en el sofá. La sensación de que todo daba vueltas me ayudó a conciliar un sueño profundo.
Sueño profundo que se vió interrumpido cuando escuché que movían la cerradura de la reja que protegía la puerta.
Levanté la cabeza sin moverme del sillón, las luces estaban apagadas, ¿Yo las había apagado? Probablemente sí.
Por la ventana que daba al pasillo de afuera pude ver una silueta caminando con dirección al patio trasero haciendo que mi corazón diera un vuelco de alerta.
Me levanté despacio y forzando mi visión en la oscuridad, tenté la mesita hasta encontrar la pistola. Deseaba tanto no haber bebido más de la cuenta pero era lo que había.
Caminé lentamente hasta la puerta de atrás, me di cuenta que solo llevaba calcetines y si tenía que salir corriendo, ese calzado no me iba a ayudar mucho.
Traté de ver por la pequeña rendija que dejaba abierta la cortina pero no veía a nadie.
Cuando volví la vista a la ventana de la cocina mi corazón cayó al suelo al verlo parado viéndome fijamente, la luz de las lámparas de la calle apenas lo lograban alumbrar haciendo que su expresión de seriedad y su rostro con moretones se volviera todavía más espeluznante.
