Sentada en el salón de la mansión Brown, escuchaba una y otra vez a Bruno Brown quejarse de cien mil maneras diferentes de Rosalie y de mi, como si yo le pidiera algo para vivir.
—Bueno–estiré mi cuerpo–gran reunión familiar, realmente yo venía a ver al viejo.
—Tú solo vienes a investigar que te vas a robar.
—Sí sí–me levanté–lo que tú digas...
La puerta principal se abrió.
—Buenas noches–entró a su casa–no sabía que había visitas.
—¿Qué hay viejo?
—Lo sabrías si atendieras las llamadas.
—Bruno, soy un hombre ocupado. Además sabes que sino me contactas a mi, puedes hablar con Mónica...
—¿Tú asistente? Pfff.
—Charlie, ¿Esta todo bien?
—Ah sí, venía a hablar contigo de cosas sin sentido...
—Yo sí que tengo cosas que hablar contigo, papá, fíjate que este par...
—Bruno, Bruno, por dios. Vengo llegando de un viaje de negocios agotador, lo menos que quiero es escuchar tus quejas.
—Pero papá...
—¿Quieres salir a cenar? Yo pago.-moví el bolso de mi pantalón deportivo donde llevaba mi cartera.
—Esas son las cosas que este viejo hombre quiere escuchar–sonrió de oreja a oreja–y tú, Bruno, ve no sé a esos clubes nocturnos que tanto te gustan a distraerte.
—¿Ya escuchaste Bruno? Ve, corre.
Salimos de la mansión, sentencié que iríamos en mi coche o no habría manera.
—Listo, la seguridad nos seguirá de cerca.
—Ni hablar–subimos al coche–tú escoges el restaurante.
—¿Segura?
—Así es–le pasé el celular para que pusiera la dirección–siempre es bueno hacer actos de caridad.
Metió la dirección y me dispuse a conducir según las indicaciones del GPS.
—¿Cómo la pasaste en tu semana libre?
Preguntó mientras se aflojaba la corbata.
—Bastante bien, te traje recuerdos.
—Me encantan los recuerdos.
—¿Y tú? ¿Descansaste o al menos lo intentaste?
—Que va, tengo muchísimo trabajo.
—¿En serio?
—Sí, estuve en Nueva York y luego en Washington, ayer atendí una conferencia en Nashville.
—Deberías aflojar un poco, viejo.
—Tú más que nadie sabe que aflojar en este negocio es perder y los Brown nunca perdemos.
—Excepto si eres Bruno, él perdió casa, hijos y dinero de una.
—Es un caso perdido–soltó un suspiro–pero bueno, ¿Qué te trajo por casa? Esperaba encontrar a Rossie, tú te la pasas en tu mundo y no quiero interrumpirte.
—Sí, me lo dijo Joe–le di un vistazo rápido–me parece insultante que le contestes a él las llamadas y no mis mensajes.
—Los miré–soltó una risa de señor elegante–había pensado en invitarte a desayunar mañana antes de regresar al trabajo.
—Mentes grandes piensan igual, ¿Viste? O bueno, casi igual. Y bueno Rossie y Bruno tuvieron una discusión ayer, quise venir personalmente a hablar contigo sobre eso.
—¿Qué hay con eso?
—Me parece bastante desapropiado que Brunito siga demeritando la salud de Rosalie, ella ha hecho cambios gigantes las últimas semanas.
—Lo sé y te agradezco por eso, ¿Dónde está por cierto?
—En mi departamento con Aaron.
—Ese muchacho le ha hecho tanto bien como tú, jamás terminaré de agradecerles por devolverla a la vida.
—Es una chica maravillosa por eso no quiero que el cabeza hueca de su hermano la haga recaer un día de estos con sus desafortunados comentarios.
—Hablaré con él, está vez sí.
—Eso espero.
En el restaurante nos recibió uno de los grandes amigos de Mike, nos llegaron a la mejor mesa del lugar. En esas circunstancias las personas pensarían que era mi sugar daddy o algo retorcido.
—¿Has hablado con Mario?
—No–contesté leyendo la carta–¿Por qué?
—Por nada, simple curiosidad.
—La última vez que hablé con él fue en mi cumpleaños–la cerré–sonaba raro, como distante.
—¿Piensas?
—Sí, creo que es por el tema del dinero, ¿Recuerdas que te conté?–asintió–debe ser que no lo recuperó y no sabe cómo decírmelo.
—Tráelo al partido del próximo lunes.
—No sé si pueda o en que turno este trabajando, igual le diré que pida permiso para cuando volvamos a San Francisco.
Cenamos en medio de pláticas muy agradables, parecíamos dos viejos rancios hablando de temas del pasado histórico del país y el mundo en general, ninguno tocó el tema laboral ni por error.
