Complicaciones

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Las luces blancas del hospital iluminaban con suavidad la habitación donde Jimin se encontraba, acostado en una cama impecablemente ordenada. Las paredes, de un tono azul pálido, intentaban transmitir tranquilidad, pero a él solo le parecían frías y vacías. A pesar de los intentos del personal por hacer su estancia lo más cómoda posible, la soledad y la melancolía lo envolvían cada vez que Yoongi no estaba a su lado.

Después de su última complicación de salud, los médicos habían decidido que lo mejor sería mantenerlo en observación. Su bienestar y el del bebé eran la prioridad, y aunque comprendía la preocupación de su pareja y de su padre, no podía evitar sentirse atrapado en aquel lugar. Extrañaba su hogar, el calor de su cama y, sobre todo, la presencia de su hijo, quien solía acurrucarse con él para ver películas durante las noches. Ahora, la única compañía constante que tenía era el sonido intermitente del monitor que registraba sus signos vitales y la ocasional visita de las enfermeras.

La puerta de la habitación se abrió con suavidad, dejando entrar a una de las enfermeras encargadas de su cuidado. Con pasos ligeros, la mujer se acercó a la mesita de noche y recogió la bandeja de comida, notando que Jimin apenas había probado bocado. Sus labios formaron un pequeño gesto de desaprobación antes de mirar al paciente con dulzura.

—Señor Park, ¿no le gustó la comida de hoy? —preguntó con tono amable mientras revisaba la bandeja casi intacta.

Jimin suspiró, apoyándose mejor contra las almohadas que la enfermera acomodó detrás de su espalda. Su rostro, normalmente iluminado por una sonrisa, mostraba ahora una expresión de fastidio y cansancio. Llevó una mano a su vientre, acariciándolo con ternura mientras fruncía el ceño.

—No es eso... simplemente estoy cansado de esta comida insípida —respondió con un ligero puchero—. Mi bebé tampoco soportará ni un bocado más de esto.

La enfermera sonrió con paciencia, acostumbrada a este tipo de quejas. Sabía que los pacientes hospitalizados por largos periodos terminaban hartándose del menú saludable y controlado que se les ofrecía.

—Pero necesita comer, señor Park. Todo este tiempo que ha estado aquí debe fortalecerse para el parto. No es bueno saltarse las comidas —dijo con un tono de preocupación mientras revisaba la almohada de Jimin para asegurarse de que estuviera cómodo.

Jimin bufó suavemente, girando la cabeza hacia la ventana. Afuera, la ciudad seguía su curso como si nada, mientras él se sentía atrapado en una burbuja estática y monótona.

—Es que tengo ganas de comida real —confesó con nostalgia—. Algo con sabor, algo que me haga sentir en casa, es que ni siquiera unas galletas de avena me dejan comer.

La enfermera rió con suavidad y negó con la cabeza.

—No creo que el doctor apruebe eso —dijo, divertida—, pero puedo ver si consigo algo que tenga un poco más de sabor para usted.

—Sería un milagro —murmuró Jimin, dejando caer su cabeza contra la almohada.

Justo en ese momento, la puerta de la habitación volvió a abrirse, y una presencia cálida llenó el espacio. Yoongi entró con su característico paso tranquilo, cargando una pequeña bolsa de papel en una mano. Su expresión seria se suavizó al ver a Jimin, y con un movimiento ágil, dejó la bolsa sobre la mesa junto a la cama antes de inclinarse para besar con ternura la frente de su pareja.

—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó con voz baja, acariciando la mejilla de Jimin con suavidad.

El omega cerró los ojos por un momento, disfrutando de la caricia antes de abrirlos nuevamente y fijar su mirada en la bolsa.

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