20 de marzo.
9 meses antes del nacimiento de Sebastian.
Mis dedos se enroscaron sobre las sábanas blancas en un intento de sostenerme de algo. De mi garganta escaparon altos y ruidosos gemidos que inundaron toda la habitación.
Mis ojos lagrimearon y mi cuerpo se estremeció con cada lamida y succión.
―Por favor, por favor...―le supliqué―. Déjame...déjame hacerlo.
Sus dedos se presionaron sobre mis muslos mientras que sus labios volvían a succionar hábilmente mi clítoris, alargando mi placer.
Se alejó solo un poco, pero sus dedos reemplazaron su boca. Acarició mis bordes antes de darle un azote a mi coño hinchado que en este momento no dejaba de chorrear por él.
―Córrete para mí, nena.
Él volvió a acercar su boca a mi intimidad para seguir con su labor de hacerme estremecer. Y como si sus palabras de hace unos segundos fueran una orden, yo finalmente pude correrme gracias a sus placenteros movimientos sobre mí.
Grité con fuerza y mis manos que antes apretaban las sábanas, ahora atrapaban su cabello y presionaban su cabeza contra mi coño en un intento de retenerlo.
―Thomas...Tom...―murmuré su nombre entre jadeos―. Por Dios...carajo...
Mi pecho bajo y subió con violencia debido a mi muy ajetreada respiración.
Finalmente, poco a poco y con lentitud, solté su cabello, lo que le permitió a él deslizarse por encima de mi cuerpo sin aplastarme hasta que su rostro encontró el mío. Suspiró mientras me daba besos suaves y rápidos en la boca. Unos que disfruté.
―Feliz cumpleaños, esposa mía.
Sonreí sobre su boca.
―Ese ha sido un gran regalo.
Me hizo el cabello a un lado.
―¿Lo fue?
Me relamí los labios mientras asentía débilmente.
―Tu boca no solo sirve para enamorar a una mujer con palabras bonitas ―le dije―. Es buena en muchas cosas.
―Yo soy bueno en muchas cosas ―sonrió con orgullo.
―Pff. Me casé con un hombre tan egocéntrico ―chasqueé con la lengua―. ¿Qué karma me tocó pagar?
Él rio burlón mientras bajaba su rostro para dejarlo descansar en la curvatura de mi cuello.
―Tienes un esposo egocéntrico, sí, pero también es uno que te hace llorar de placer cada vez que te folla tan bien.
―De nuevo egocéntrico. ―No me atreví a darle la razón aunque las lágrimas en mis ojos hace un rato, por supuesto que se la daban.
Sentí su risa vibrando contra mi piel.
―Bien dicen que con la edad uno se vuelve más sensible.
―¡¿De qué hablas?! ―Me quejé―. ¡Si tú eres más viejo que yo!
Se alzó para verme de nuevo a la cara.
―Solo por un año.
―Un año es un año, mi amor. ―Fruncí los labios―. Y yo tengo uno menos. Al menos yo no tengo treinta.
Entornó los ojos.
Él ya tenía treinta. Los cumplió en agosto del año pasado.
―No, tienes veintinueve ―suspiró―. Ya veintinueve. Otro año más.
ESTÁS LEYENDO
Dime que te quedarás.
RomanceIsabella Castle aprendió hace mucho tiempo que Thomas Spencer era la última persona con la que podría llevarse bien. Sus personalidades eran opuestas, sus diferencias insalvables y un secreto enterrado en su pasado, solo alimentaba la distancia y la...
