Habíamos estado en silencio por dos semanas.
No habíamos hablado por dos semanas enteras.
Y tampoco lo había visto durante todo este tiempo ya que no me lo había vuelto a cruzar por la casa. Era como si no viviera aquí.
Es decir, sabía que venía ya que los platos de su perro siempre estaban llenos, porque la casa siempre estaba limpia y porque siempre había una porción de comida para mí en la cocina.
Pero me preguntaba si...lo que le dije esa noche era la razón de que me estuviera evitando.
¿Tanto le había importado?
¿O era solo que se sentía culpable?
Suspiré mientras me disponía a bajar las escaleras. Como siempre, en la cocina había un recipiente con una porción de comida para mí, por lo que no luché contra ello y preferí meterlo al microondas para calentarlo un poco. Una vez listo, me senté en la barra y me dispuse a comer.
Podría quejarme de muchas cosas sobre él, pero no de su buena mano para la cocina.
Su hermana tenía razón; él aprendió bien.
Tomé un pedacito de pollo y me incliné para dárselo a Einstein quien me miraba con anhelo.
―Tienes tu plato lleno ―me burlé―, ¿entonces por qué me pides comida?
Sonreí cuando él comenzó a degustar el pedazo que le di.
Estos días que había dejado que Mustang saliera conmigo, le tocó convivir con Einstein. Afortunadamente este era un perrito tranquilo, noble y para nada agresivo con los gatos, así que podían convivir perfectamente.
Eso sí, a Einstein le encantaba jugar y el problema es que me daba algo de miedo porque Mustang aun era un gatito muy pequeño. No quería que lo lastimara al jugar brusco, por eso no los juntaba tanto tiempo al día o al menos no si no los vigilaba.
―¿También te aburres aquí solo y encerrado? ―suspiré―. Seguro te llevarías bien con el perro que mi padre tiene en casa. Aunque bueno, es un pitbull gigante. Seguro te daría miedo.
Él esperó ansioso a que seguramente se me cayera un pedazo más de comida. Iba a hacer que accidentalmente así fuera, pero la verdad es que no sé si Thomas tiene alguna política de no darle nada más que sus croquetas.
Al terminar de comer, coloqué mi plato en el lavavajillas y me giré para mirar a Einstein.
―Realmente me gustaría sacarte a pasear, pero para eso necesito colocarte una pechera y en mi condición...―musité mientras miraba mi brazo enyesado―, no sé si pueda colocartela. Y la verdad tampoco sé dónde guardan todos tus accesorios.
Miré alrededor.
―En la cocina seguramente no.
Y sacarlo sin correa no era una opción.
¿Qué tal si resultaba un perro escapista?
Comencé a buscar en diferentes cajones de la cocina. Me encontré con vajillas, utensilios para cocinar y demás hasta que en uno de los cajones de hasta el fondo, encontré cosas de Einstein como su comida, premios, artículos de limpieza, ropa y por supuesto; su correa.
Silbé para llamar su atención y afortunadamente vino de inmediato. Tardé bastante y fue difícil tratar de colocarle su collar usando una sola mano, pero cuando finalmente lo conseguí, sonreí y me incorporé.
―¿Te apetece un paseo por la playa? ―le pregunté sabiendo que por supuesto no me entendía y además, no me iba a responder.
Él me siguió por toda la casa hasta llegar a la puerta. Coloqué la clave que él había dejado escrita en un papel que dejó en el refrigerador y pronto, la puerta se abrió para mí.
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Dime que te quedarás.
RomantikIsabella Castle aprendió hace mucho tiempo que Thomas Spencer era la última persona con la que podría llevarse bien. Sus personalidades eran opuestas, sus diferencias insalvables y un secreto enterrado en su pasado, solo alimentaba la distancia y la...
