Epílogo.

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«Spencer»

Terminé de bordar el último punto del apellido y después, miré satisfecha mi trabajo.

Claro que no había sido tanto, solo bordé un apellido, pero aun así no podía evitar sentirme orgullosa al ver las letras cafés junto a las letras azules que formaban Castle.

Suspiré y dejé la manta sobre mis muslos antes de enfocar el mar frente a mí.

Me gustaba permanecer un rato largo en la terraza observando el paisaje, con la compañía de Mustang y Einstein ya que ambos disfrutaban echarse y tomar el sol. Por supuesto también me encantaba estar en compañía de Thomas, pero a esta hora él se encontraba trabajando en su propia constructora, la que comenzó a levantar poco a poco y con mucho esfuerzo y mientras yo permanecía en casa.

Bueno, al menos hasta ahora.

Era fin de semana y él salió a recoger algo que le encargué mientras yo me quedaba en casa terminando de bordar.

Sonreí cuando visualicé su nueva camioneta adentrándose a la calle en la que vivimos con toda la intención de venir a recogerme.

―Vamos, pequeñitos. Es hora de abandonar la terraza ―silbé para que me hicieran caso.

Einstein sí lo hizo, pero a Mustang lo tuve que tomar en brazos y dejarlo en la habitación ya que simplemente me ignoró para seguir tomando el sol.

―Volveremos en un rato ―les hablé como si pudieran entenderme.

Doblé la manta y la acomodé debajo de mi brazo.

Después salí de nuestra habitación.

Hace más de tres años que dormíamos juntos. Compartíamos armario, compartíamos baño, compartíamos cama y compartíamos todo.

La habitación de enfrente simplemente estaba casi vacía y en espera de su próximo uso.

Ya no teníamos pensado volver a dormir lejos jamás. Amábamos dormir abrazados y sintiendo el calor del otro todas las noches.

Dios, amaba estar con él.

Tomé el álbum de fotos junto con el sobre con algunas para rellenarlo y me acerqué a la puerta principal para recibirlo.

Él bajaba del auto para venir en está dirección.

Le sonreí cuando se acercó para besarme.

―¿Lista?

Asentí.

―¿Te entregaron bien el pedido?

―Todo en orden, nena ―me respondió―. ¿La canasta?

―En la barra.

Me dio otro beso.

―Voy por ella.

Él entró a la casa y tan solo un par de minutos después, volvió a salir con la canasta para picnic. Tenía ambas manos ocupadas, así que yo me encargué de cerrar las puertas para salir de la casa y caminar por la orilla de la playa para ir en dirección al centro en honor a mi madre.

Hace dos años que terminó la construcción y hace apenas un año y medio que sus puertas abrieron oficialmente. Ahora contaba con decenas y decenas de pacientes y en realidad siempre estaba lleno.

Familiares, enfermeros, doctores, voluntarios, estudiantes con toda la disposición de hacer sus ayudantías en el lugar.

Era un lugar precioso y lleno de colores.

Justo lo que mi madre habría querido.

Frente a la playa y antes de llegar a ella, había un extenso camino rodeado de plantas, flores y vegetación; una especie de parque precioso para que los pacientes salieran a recorrer con la supervisión de los enfermeros.

Dime que te quedarás.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora