Capítulo 09.

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Me removí inquieta sobre la cama, sudando frío y con la respiración agitada.

Ojos grises.

Dolor.

Miedo.

Mi cuero cabelludo dolía. Él lo tomaba con fuerza para estrellar mi cabeza una y otra vez contra la pared hasta que esta se llenó de la sangre que salía a borbotones. Mi sangre.

―Basta...por favor detente ―supliqué―. No me lastimes. Te lo ruego...

Basta.

Por favor.

No me hagas esto.

Me levanté de golpe y me llevé la mano al pecho al sentir mi respiración agitada y mi corazón desbocado. Tomé bocanadas hondas una y otra vez para intentar calmarme.

Miré en todas las direcciones de la habitación ya iluminada y solo pude relajarme cuando vi a mi padre sobre el sillón de visitas. Sus ojos estaban cerrados y su respiración era tranquila, por lo que era claro que estaba durmiendo.

Había estado aquí cuidándome toda la noche desde que llegó al igual que Derek. Aunque Derek tuvo que irse unas horas después para ir con Marizza y calmarla a ella y a Sandy cuando se enteraron del incidente.

Y Thomas...

Después de que salió de la habitación ya no lo volví a ver.

Se había ido.

¿Por qué siquiera...pensé en la posibilidad de que se quedaría?

Papá se removió sobre el sillón y poco a poco abrió los ojos. Cuando notó que yo ya estaba despierta, se levantó deprisa.

―Oh, ya estás despierta, mi amor.

Asentí y sonreí un poco.

―Acabo de despertar.

―¿Te sientes mareada aun? ¿Sientes dolor? ―preguntó mientras caminaba en esta dirección―. El efecto de los sedantes seguro ya pasó. ¿Quieres que le diga a algún médico que te administre un poco más?

―No duele mucho, estoy bien ―Lo tranquilicé―. No duele tanto como antes.

Su mirada se entristeció.

―Realmente lo siento, mi vida. A lo mejor si no hubiéramos estado en malos términos, esto no habría pasado ―habló bajo―. A lo mejor habría estado ahí para evitar que te hicieran daño.

Negué con la cabeza.

―No es tu culpa, papá. Además estabas en un evento muy lejos, peleados o no, no habrías alcanzado a llegar y eso tampoco hubiera sido tu culpa porque simplemente nadie sabía lo que iba a pasar ―susurré―. Pero a lo mejor yo sí tuve algo de culpa. Debí haber dicho lo que pasaba en la zona, pero simplemente...me confié en que no me pasaría a mí o a otra chica del laboratorio porque el edificio es muy grande, siempre está lleno de personas y habían reforzado la seguridad. Jamás imaginé que él se atreviera a ir a ese lugar.

―Tampoco fue tu culpa, Bella. Pensaste que estabas segura dentro de tu oficina, toda la culpa es de ese loco enfermo que te hizo esto a ti y a todas las chicas que atacó antes.

Acarició mi mejilla con ternura.

―Lo importante es que ahora estás bien ―suspiró―. Estás a salvo, hija.

Coloqué mi mano sobre la suya y asentí con lentitud.

La puerta pronto se abrió y por ella entraron mi médico y una enfermera. El hombre sonrió cortésmente y le brindó un asentimiento de cabeza a mi padre.

Dime que te quedarás.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora