Capítulo 27

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Perspectiva de Isadora White


Me desperté con un vacío frío a mi lado.

Donde debería estar Theo, solo quedaban las sábanas tibias y desordenadas. La remera que le había robado todavía tenía su olor, pero él ya no estaba.

Me incorporé de golpe, el corazón golpeando contra mi pecho como si presintiera algo.

Los golpes en la puerta resonaron antes de que pudiera moverme.

-¡Isa!- era la voz de Luna, ahogada, temblorosa- ¿Isa?, abre.

Me lancé de la cama sin pensar. La remera se me pegaba al cuerpo con cada paso apurado. Abrí la puerta y lo supe. No hizo falta que Luna hablara.

Pero lo hizo.

-Entraron mortífagos. Al castillo. Y...-tragó saliva- mataron a Dumbledore.

Las palabras se quedaron suspendidas en el aire. No me cayeron encima. Me atravesaron.

-¿Qué?- susurré, como si eso pudiera revertirlo.

Luna solo bajó la vista. Tenía los ojos llenos de lágrimas y las manos apretadas contra el pecho.

Theo.

¿Dónde estaba Theo?

Pero no podía pensar en él ahora. No del todo. Solo una imagen se me vino a la cabeza: Charlotte.

Corrí por los pasillos en dirección a la sala común de Gryffindor, Luna siguiéndome. El castillo se sentía distinto. No había caos, pero sí una calma absurda, de esas que aparecen justo antes de que todo se hunda.

Charlotte abrió la puerta con la cara aún dormida, despeinada.

-¿Qué estás haciendo aquí?- preguntó apenas me vio.

-Tienes que venir conmigo- dije sin respirar- Pasó algo. Dumbledore... esta muerto.

-¿Qué?- fue todo lo que dijo, con la voz seca.

Asentí.

No discutimos. No hacía falta. Se puso un abrigo, se calzó las zapatillas sin medias y salimos. Luna no se despegó de mi lado.

Bajamos por las escaleras en silencio, rodeadas de otros alumnos que también se dirigían al mismo lugar. Como si una fuerza invisible nos guiara a todos hacia el corazón roto del castillo.

El patio central estaba lleno.

Y en el medio, como una estrella apagada, yacía el cuerpo de Albus Dumbledore.

El cielo estaba oscuro, pero sin lluvia. El tipo de noche que parece contener la respiración.

Charlotte se quedó unos pasos detrás, en silencio.

Yo me acerqué. Luna también.

McGonagall estaba parada a un lado, con la cara más dura que le vi jamás. Flitwick lloraba. Hagrid sollozaba como un niño. Y ahí estaba él. Dumbledore.

El hombre que siempre supo todo, el que nos cuidó aunque no lo entendieramos. El que incluso Theo respetaba, aunque nunca lo admitiera.

Alguien levantó su varita.

Y como si fuera una señal, todos la seguimos.

Yo también.

Mi varita temblaba. No por miedo.

𝐎𝐉𝐈𝐓𝐎𝐒 𝐕𝐄𝐑𝐃𝐄𝐒 | 𝑻𝒉𝒆𝒐𝒅𝒐𝒓𝒆 𝑵𝒐𝒕𝒕Donde viven las historias. Descúbrelo ahora