Epilogo 1

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Dos años después.


Perspectiva de Isadora White


La boda de Luna y Enzo fue exactamente como imaginaba que sería.

Había flores silvestres flotando en el aire, pequeñas hadas mágicas revoloteando entre las mesas, luces cálidas colgando de los árboles y una sensación de que todo estaba, al fin, en paz. Luna caminó hacia el altar con una corona de margaritas encantadas en el cabello, y Enzo, por primera vez en su vida, no intentó ocultar las lágrimas. Ni siquiera Theo se burló de él. Bueno... casi.

Había música, comida, risas, bailes torpes. Gente que creímos que no volveríamos a ver, abrazos largos, silencios cargados de historia.

Entre esa multitud de reencuentros inesperados, lo vi.

Mattheo Riddle.

De pie junto a una mesa, con una copa en la mano, observando el ambiente con su típica expresión entre aburrida y melancólica. Llevaba el cabello un poco más largo, una cicatriz nueva sobre el pómulo izquierdo y esa forma de mantenerse al margen, como si no supiera si tenía derecho a estar ahí.

Theo lo vio también. Sus hombros se tensaron al instante.

-¿Quieres que nos vayamos?- le pregunté en voz baja, pero él negó con la cabeza.

-No... está bien- murmuró.

Después de un momento de duda, Theo se separó de mí y caminó hacia él. Yo los observé desde lejos, sin saber si debía intervenir o simplemente... esperar.

Cuando estuvieron frente a frente, no se dijeron nada al principio. Solo se miraron. Dos años comprimidos en ese silencio.

Mattheo fue el primero en hablar.

-No pensé que vendrías- dijo, con una sonrisa torcida.

-Yo tampoco pensé que tú aparecerías- respondió Theo, con el mismo tono.

-No vine por mí- aclaró Mattheo, bajando la mirada por un segundo- Vine por Enzo... el siempre creyó en mí, incluso cuando yo dejé de hacerlo.

Theo asintió. El aire entre ellos era espeso, lleno de lo no dicho.

-No te guardo rencor- dijo finalmente- Pero eso no cambia todo lo que hiciste.

Mattheo tragó saliva.

-Lo sé. Fue una estupidez. No... fue algo peor. Y lo lamento.

No hubo abrazo. No hubo palmadas en la espalda. Pero Mattheo estiró la mano, simplemente, en un gesto de rendición. Theo dudó un momento... y se la estrechó.

-Cuídala- dijo Mattheo antes de alejarse, sin mirar atrás.

-Siempre lo hice- murmuró Theo, apenas audible, mientras regresaba a mi lado.

No dije nada. Solo lo tomé de la mano.

A veces, el perdón no necesita grandes discursos. Solo el tiempo suficiente para que el pasado deje de doler tanto.

Luego de eso, Theo estuvo a mi lado toda la noche, con su corbata mal ajustada y esa sonrisa tranquila que solo me dedica a mí. Bailamos. Mucho. Incluso cuando la música ya no sonaba y solo quedaban nuestros pasos y el eco de nuestras risas.

-Vas a tener que casarte conmigo, ¿sabes?- me dijo Theo en algún momento, mientras yo intentaba arreglarle el cuello de la camisa.

-¿Ah, sí?- le respondí, alzando una ceja- ¿Y eso por qué?

-Porque ya nos conocen todos, tengo buena relación con tu amiga loca- señaló a Luna, que bailaba descalza sobre una mesa con un ramo en la mano- y porque... -hizo una pausa dramática-te ves increíblemente sexy con ese vestido.

Solté una carcajada.

-¿Estás proponiéndome matrimonio en la boda de nuestros amigos?

-No... todavía no. Solo te aviso que seremos los próximos- dijo, guiñándome un ojo.

Me ruboricé. No respondí. Pero tampoco dije que no.

La celebración fue apagándose con el tiempo. Los invitados comenzaron a desaparecer uno por uno, como estrellas que se van durmiendo en el cielo. Cuando el reloj marcaba algo más de las cuatro de la mañana, Luna y Enzo ya habían desaparecido para irse a su luna de miel, con destino desconocido, por supuesto, cortesía de Luna.

Theo y yo nos quedamos un rato más en el jardín. Él apoyó su chaqueta en mis hombros y me miró con una mezcla de emoción y nerviosismo.

-Antes de que volvamos a casa... quiero mostrarte algo.

-¿Otra vez?- reí, recordando la última vez que dijo eso.

-Solo confía en mí.

Asentí, y tomados de la mano, nos desaparecimos con un crack.


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El lugar estaba silencioso. Todavía no amanecía, pero el cielo ya insinuaba los primeros rastros de claridad.

-Cierra los ojos- dijo Theo.

Obedecí. Caminamos unos pasos. Sentía el césped bajo mis zapatos, el aire fresco contra mis mejillas, y su mano cálida sosteniendo la mía. Luego, se detuvo.

-Ahora sí.

Abrí los ojos y parpadeé.

Frente a nosotros se alzaba una casa enorme. De estilo clásico, con jardineras al frente y ventanas altas con marcos blancos. No era solo una casa. Era una mansión. Parecía salida de una película o de uno de esos sueños que uno nunca se atreve a decir en voz alta.

Me quedé en silencio, paralizada.

Theo no hablaba aún. Solo me miraba.

-La compré hace unos días- dijo, con una emoción contenida en los ojos- Quiero que sea nuestro hogar. No ahora. No mañana. Solo cuando tú estés lista.

Mi sonrisa titubeó. Bajé un poco la mirada, sintiendo cómo se me apretaba el pecho. Pensé en Charlotte. En Penny. En mi antigua casa, en Londres. En sus risas sonando por los pasillos, en las fotos pegadas en las paredes. En la habitación que seguía oliendo a ellas.

-Mi amor... -Theo se acercó y me tomó de las manos- Sé lo que estás pensando. Y no, no tienes que olvidarlas. No tienes que dejar nada atrás si no quieres. Solo quería mostrártela, para algún día, cuando estés lista. Y si nunca lo estás... está bien también.

Lo miré. Y esta vez, no intenté esconder lo que sentía. Asentí, muy despacio.

-De acuerdo- susurré.

Theo sonrió, más tranquilo.

Me acerqué un poco más, recargando la cabeza en su hombro. Nos quedamos así un momento, mirando esa casa que ahora era parte de un futuro incierto, pero posible.

-¿Y por qué tan grande?- bromeé, levantando una ceja- ¿Acaso piensas invitar a toda la familia Weasley a vivir con nosotros?

Theo soltó una risa suave.

-No, pero... vamos a tener muchos hijos, ¿Verdad?-dijo, como si fuera lo más obvio del mundo.

Me reí, más fuerte de lo que esperaba. Y en ese instante, sin saber si algún día viviríamos realmente en esa casa o si tendríamos tantos hijos como él decía, supe una cosa con certeza:

Estaba lista para seguir adelante. A mi ritmo. Pero con él.

𝐎𝐉𝐈𝐓𝐎𝐒 𝐕𝐄𝐑𝐃𝐄𝐒 | 𝑻𝒉𝒆𝒐𝒅𝒐𝒓𝒆 𝑵𝒐𝒕𝒕Donde viven las historias. Descúbrelo ahora