Epilogo 2

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Seis años después del primer epilogo.

Marzo del 2005.


Perspectiva de Theodore Nott


A veces me sorprendía verla así, con el sol acariciando su cabello rubio, igual que la primera vez que la conocí. Había pasado años con el pelo teñido de marrón, como si intentara esconder a la Isadora que solía ser. Supongo que era su forma de protegerse del pasado, de no verse reflejada en los recuerdos.

Pero cuando Griffin nació, algo cambió.

Poco a poco dejó que el rubio regresara. No fue de un día para el otro, pero fue hermoso ver cómo, sin darse cuenta, volvía a parecerse a ella misma. No a la que fue antes de perderlo todo, sino a una nueva versión, más fuerte, más serena, más ella.

-¡Griffin, no!- escuché su voz desde el pasillo, justo antes de ver pasar una pequeña figura rubia corriendo con los pies descalzos y la sonrisa más traviesa que jamás había visto.

Nuestro hijo apareció en el salón, con mi varita en la mano.

-¿Otra vez?- suspiré, aunque no pude evitar sonreír mientras lo levantaba en brazos- Eres rápido, pequeño ladrón.

Griffin soltó una carcajada contagiosa, su risa llenando cada rincón de la casa.

Isadora llegó detrás, sus ojos verdes brillaban entre la exasperación y la ternura.

-Te dije que no dejaras la varita a su alcance- me regaño, aunque ya estaba sonriendo.

-Lo hace a propósito, lo sabes- le respondí, mientras Griffin intentaba agarrar mi nariz.

-Como su padre.

Me acerqué a ella y le di un beso en la frente.

-Como su madre, querrás decir.

Se dejó abrazar por un momento, mientras Griffin palmeaba su hombro con torpeza. Era un cuadro extraño y perfecto, incompleto todavía, pero suficiente.

Poco después, salimos al jardín. El sol comenzaba a calentar el aire fresco de la mañana, y el césped, cubierto de pequeñas flores silvestres, parecía el lugar perfecto para dejar que Griffin gastara su energía.

Isa extendió una manta sobre el suelo y se sentó allí, con las piernas cruzadas, observando a Griffin, quien corría detrás de una mariposa. La luz dorada iluminaba su cabello rubio, el mismo que ella había dejado volver poco a poco, y me pregunté por cuánto tiempo más podría seguir sorprendiéndome con su belleza.

Me senté a su lado y pasé un brazo por sus hombros, sintiendo cómo se apoyaba en mí, tranquila, sin decir nada. No necesitábamos hablar todo el tiempo. El silencio con ella siempre había sido cómodo.

Griffin tropezó con una raíz y cayó sentado en el pasto, pero antes de que Isa pudiera levantarse, él ya estaba riéndose solo, sacudiendo las manos cubiertas de tierra.

-Es un pequeño terremoto -susurró Isa, con una sonrisa suave.

-Todavía no ha roto nada... pero dale cinco minutos -bromeé, besándole la sien.

Ella rodó los ojos, pero no pudo evitar reír.

Griffin volvió a ponerse de pie y corrió hacia nosotros. Cuando llegó, se lanzó contra Isa, envolviendo su cuello con sus pequeños brazos.

-Mamá.

Isa lo abrazó con fuerza, cerrando los ojos por un momento, como si quisiera grabar esa sensación en su memoria.

𝐎𝐉𝐈𝐓𝐎𝐒 𝐕𝐄𝐑𝐃𝐄𝐒 | 𝑻𝒉𝒆𝒐𝒅𝒐𝒓𝒆 𝑵𝒐𝒕𝒕Donde viven las historias. Descúbrelo ahora