Capítulo 33

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Charlotte,

Hoy me acordé de ti, como lo hice ayer y como seguramente lo haré mañana.

A veces, me despierto y por un segundo olvido que ya no estás. Luego recuerdo, y todo vuelve a doler.

Pienso en ti y en Penny todo el tiempo. Las extraño de la manera más callada que pueda existir. En los silencios. En las tazas de té sin compartir. En los bancos vacíos del jardín.

Aunque no estés, estás. En las palabras que ya no digo. En las risas que ya no se escuchan. En los recuerdos que se niegan a marcharse, y que me abrazan tan fuerte que a veces duelen.

No me acostumbro a tu ausencia. Sigo creyendo que algún día volverás a casa. Que vas a abrir la puerta y me mirarás como si nada hubiera cambiado. Que Penny se asomará detrás de ti, con alguna historia mágica sobre el universo que sólo ella entendía del todo.

Sé que no va a pasar. Pero sigo esperando igual. No sé cómo dejar de hacerlo.

Me duele no haberte protegido. Me duele estar viva cuando ustedes ya no. Me duele incluso escribirte, porque no debería hacerlo.

Las veré al otro lado de las estrellas.

Visítenme en mis sueños y cuéntenme cómo les va en el cielo.

Con cariño eterno,

Isa.


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Perspectiva de Isadora White


El cielo estaba cubierto de nubes bajas, densas, como si el mundo entero se hubiera puesto de acuerdo en guardar silencio.

Me envolví con la ruana de lana gruesa que había pertenecido a mi madre. El aire era frío y húmedo, y la tela áspera me raspaba la piel desnuda de los brazos, pero no me importaba. Caminé descalza hasta el fondo del jardín, donde la hierba alta se mezclaba con la tierra húmeda y algunas flores salvajes resistían el final de la primavera.

Llevaba la carta en una mano. La sostuve con cuidado, como si aún pudiera romperse más de lo que ya estaba.

Me detuve frente a un pequeño círculo de piedras que había hecho hacía tiempo, donde solía sentarme a leer cuando el mundo parecía más sencillo. Saqué un fósforo del bolsillo. Lo encendí con un movimiento seco.

La llama crepitó al contacto con el papel. Por un segundo, dudé. Pero luego lo solté.

Vi cómo el fuego trepaba letra por letra, devorando cada palabra escrita con tanto cuidado. La hoja tembló con el viento, negra en los bordes, hasta que el fuego la liberó por completo. La ceniza se elevó lentamente, arrastrada por una brisa suave, y desapareció entre las ramas de los árboles.

No dije nada.

No lloré.

Solo cerré los ojos y respiré hondo.

Tal vez, al final, eso era dejar ir.

O intentarlo.


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Perspectiva de Theodore Nott


Cerré la puerta con suavidad, equilibrando la bolsa de papel contra mi cadera mientras me sacaba la bufanda. Caminé por el pasillo en penumbra y, sin pensar demasiado, desvié la vista hacia la ventana que daba al jardín.

𝐎𝐉𝐈𝐓𝐎𝐒 𝐕𝐄𝐑𝐃𝐄𝐒 | 𝑻𝒉𝒆𝒐𝒅𝒐𝒓𝒆 𝑵𝒐𝒕𝒕Donde viven las historias. Descúbrelo ahora