Perspectiva de Lucca - Capítulo 6
Desde el primer día, su presencia en mi casa me desconcertó más de lo que admitiría. No porque me importara, sino porque la forma en que me enfrentaba era... irritante. Pocas personas se atrevían a mirarme como ella lo hacía. La mayoría sabían cuál era su lugar. Pero Elowin... no. Ella se plantaba ante mí como si yo no fuera nada.
Y por eso mismo, no podía dejar de observarla.
Evert, por supuesto, se encariñó con ella rápido. Él siempre ha tenido debilidad por los casos perdidos. La trataba como si no fuera propiedad ajena, como si fuera libre. Y ella lo permitía. Se reía con él, bromeaba con él. ¿Acaso olvidaban cuál era su situación?
Aquella tarde entré a la sala solo para ver a Evert demasiado cómodo, con el brazo sobre ella mientras veían una película estúpida. Transformers, creo. Me contuve de rodar los ojos.
—No estoy seguro de haberte traído aquí para que pases el rato en mi casa —dije, sin más, mientras servía un escocés. Necesitaba algo que me ayudara a tragar la escena frente a mí.
—Vamos, no te pongas así. Solo nos estábamos divirtiendo —replicó Evert, como si su opinión contara.
Apreté la mandíbula. Mi mirada se posó en ella. Elowin. Su cuerpo se tensó, como si sintiera mi rabia antes de que yo hablara.
—Dado que tu deuda aún no ha sido saldada, prefiero que se te trate como lo que eres: alguien que me debe. No como si estuvieras a mi nivel. Acompáñala a su habitación.
Mi voz sonó más fría de lo que pretendía, pero no me detuve. No podía mostrar debilidad, no frente a ella. Y definitivamente no frente a Evert.
Pero lo que no esperaba era que ella respondiera.
—¿Disculpa?
Giré lentamente para mirarla.
—Escucha, solo porque tienes un Porsche, un chofer y una limosina no te hace mejor que yo. Eres un idiota. Un cerdo arrogante sin corazón...
Y siguió. Y siguió. Cada palabra más afilada, más descarada. Hasta que me llamó "cerdo".
Ahí fue cuando decidí que no podía dejarla salirse con la suya.
—No se puede —respondí simplemente a su oferta de marcharse. Porque no podía dejarla ir. No todavía. Luego me dirigí a Evert—. Acompáñala.
Ella no esperó. Se marchó con altivez, pero yo fui tras ella. Cerré la puerta tras de mí y la miré. Estaba temblando.
—¡Sal de aquí! ¡No te quiero aquí! —gritó, empujándome. Su cuerpo estaba tan cerca que podía sentir su rabia vibrar en su piel.
—Déjame ser claro —comencé, avanzando hacia ella—. Esta es mi casa. Mis reglas. Apenas eres una empleada, así que alinéate, cariño, porque durante estos tres meses, estás bajo mi control.
Mis palabras eran crueles, sí, pero necesarias. Era la única forma de mantenerla a raya... o eso me repetía.
—Ese fue el acuerdo. Haz lo que te digo o acuéstate en esa cama, acepta mi segunda oferta y lárgate.
Ella retrocedió hasta tropezar con la cama. Sus ojos estaban llenos de rabia... y algo más. Miedo. Fascinación. Confusión. Yo conocía esa mezcla. Sabía lo que significaba. Estaba tan perdida como yo.
Intentó abofetearme, pero la detuve. Su otra mano también. Se movía con rabia, y yo disfrutaba el fuego en su mirada. Nadie me miraba así. Nadie me desafiaba así.
En cuestión de segundos, estábamos en la cama. No por deseo. Por impulso. Por tensión acumulada. La sujeté, mi pierna entre las suyas. Su falda subió. Su respiración se aceleró. La mía también.
No sabía qué estaba haciendo. Solo sabía que la deseaba.
—Quiero tenerte —le dije. Sin adornos. Sin mentiras.
Besé su cuello, su mejilla, sus labios. Ella no se rendía, pero su cuerpo decía otra cosa. Podía sentirlo. No podía ignorarlo.
—¿Me dejarás? —susurré.
Aún podía detenerme. Aún podía echarme atrás. Pero necesitaba escucharla decirlo.
—No —respondió.
Me reí. Porque no sabía qué más hacer. Acaricié su labio con mis dientes, besé su pecho. No iba a ir más lejos sin su permiso. Aunque ella no lo supiera, tenía límites. Siempre los tuve.
—Di que sí... —murmuré—. Solo esta vez... déjame tenerte.
Le hablé con los labios sobre su piel. Lo dije todo sin decir nada.
Pero ella no cedió.
—No.
Su negativa fue como un balde de agua helada. Me aparté. No porque quisiera, sino porque tenía que hacerlo. Porque aunque fingiera que no, su "no" aún significaba algo para mí.
—Creo que deberías irte —me dijo, clavando sus ojos en los míos.
Y esta vez, fui yo quien obedeció.
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La Mujer de la Bestia
RomanceCuando una camarera torpe y llena de fuego en la mirada entra en la vida de un hombre marcado por su oscuro pasado, nada volverá a ser igual. Entre secretos, pasión y un amor que desafía todas las reglas, La Mujer de la Bestia revela qué sucede cuan...
