Extra 2

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Perspectiva de Lucca - Capítulo 30

Bajé las escaleras con pasos rápidos pero pesados, mi mente aún repitiendo una y otra vez la imagen de Elle con el ceño fruncido, su cuerpo tenso, sus ojos evitando los míos por pura vergüenza. Me dolía verla así. No estaba acostumbrado a verla vulnerable de esa manera. Ni siquiera cuando discutíamos o me lanzaba su sarcasmo más afilado... eso era distinto. Esto era físico, real. Dolor en su cuerpo. Malestar. Y lo peor, sentirse expuesta.

Ya en la planta baja, crucé el vestíbulo y fui directo hacia la consola de la entrada para tomar mis llaves, cuando escuché el leve tintinear de porcelana en la cocina. Giré la cabeza y allí estaba Nathaly, siempre impecable, siempre serena, secando unas tazas con movimientos suaves y eficientes.

—Nathaly —llamé su atención, entrando sin rodeos.

Ella se giró, con la misma expresión cálida de siempre.

—¿Necesita algo, señor Kingston?

—Sí. Bueno... necesito que me ayudes con algo. Es para Elle. —Me pasé una mano por el cabello, incómodo pero decidido—. Está con su periodo, y quiero ir al supermercado a comprarle todo lo que necesite... pero, sinceramente, no tengo idea por dónde empezar.

Nathaly dejó la taza sobre la encimera y se giró completamente hacia mí, sus ojos suavizándose aún más.

—Oh, claro. No se preocupe, señor. Le hago una lista completa. Ella necesita sentirse cómoda, cuidada... y sobre todo, que alguien piense en los detalles.

Sacó una libreta del cajón, y mientras escribía con letra pequeña y pulcra, fue enumerando en voz alta:

—Toallas sanitarias de flujo regular y nocturnas, por si acaso. Tampones, en caso de que los prefiera. Analgésicos como ibuprofeno o paracetamol, y también una bolsa térmica para aliviar los calambres si no tiene una a la mano. Té de manzanilla o jengibre para las náuseas, y chocolate caliente para reconfortarla.

Asentí, atento, memorizando todo.

—También algunas galletas o dulces que le gusten, frutas frescas, y si puede, pantuflas suaves o ropa cómoda. Tal vez un par de leggings o pantalones deportivos unisex. Algo que la haga sentir abrigada y mimada.

—¿Algo más? —pregunté, ya sacando el móvil para apuntarlo por si acaso.

—Sí, lo más importante: tranquilidad. Espacio. Y cero comentarios sobre lo que está pasando. Ya se siente bastante vulnerable.

Solté una pequeña risa nasal.

—Ya intenté salir del cuarto para darle espacio y no quiso que me quedara... y ahora me pide que me vaya. Está muy... ¿orgullosa?

—Está hormonal, señor Kingston. Y también asustada. Usted no lo ve, pero ella siente que al mostrar esa parte tan íntima de sí misma, pierde algo de poder frente a usted. Haga esto con cariño y sin presionarla. Créame, lo recordará.

Asentí con firmeza.

—Gracias, Nathaly. Eres una bendición.

Ella sonrió, y volvió a sus tazas.

Salí con la lista en la cabeza, directo al garaje. Cuando subí al coche, me quedé un momento sentado, con las manos en el volante. Era la primera vez que alguien me pedía algo tan simple... pero que significaba tanto. No era un regalo caro, ni una joya, ni unas vacaciones. Era comprensión. Era estar. Y Elle se lo merecía todo.

Encendí el motor y conduje hacia el supermercado, dispuesto a encontrar cada uno de esos artículos, aunque tuviera que caminar veinte pasillos y revisar cien etiquetas. Por Elle... lo haría encantado.


El camino de regreso se sintió más largo de lo normal. El asiento del copiloto estaba repleto de bolsas: productos de higiene, dulces, ropa cómoda, una bolsa térmica con forma de nube —la más suave que encontré—, y una caja de galletas de vainilla con macadamia que apenas resistí abrir por el olor. Me detuve un segundo en la entrada de la casa, respirando hondo. No era un gesto heroico, ni algo grandioso... pero nunca había cuidado de alguien de esta manera, y hacerlo por Elle se sentía importante.

Cuando entré, la casa estaba en silencio. Dejé las llaves en la bandeja de la entrada y subí las escaleras con las bolsas en los brazos, rogando mentalmente no haber olvidado nada.

Empujé la puerta de la habitación con el hombro.

El baño aún soltaba vapor por la puerta entreabierta. Toqué suavemente y dije:

—Elle, soy yo. Ya estoy de vuelta. Te dejo tus cosas en el lavabo, ¿sí?

No hubo respuesta, solo el murmullo del agua apagándose. Coloqué cada cosa con cuidado: los analgésicos alineados, la bolsa térmica recién calentada, la ropa doblada, las pantuflas, y el paquetito con los productos femeninos justo al lado, con una notita que escribí en el estacionamiento: "Si te hace sentir mejor, esto fue menos confuso que aprender a bailar tango. - L."

Salí del baño en silencio y, para cuando me senté en el borde de la cama, ella ya había salido. Venía envuelta en una toalla, con el rostro más relajado, aunque aún se le notaban las secuelas del malestar. Se detuvo al ver el pequeño arsenal que había dejado para ella. Parpadeó, sorprendida.

—Lo llevaste todo... —murmuró, casi sin creerlo.

Me encogí de hombros, intentando parecer más tranquilo de lo que me sentía.

—Tuve ayuda. Nathaly hizo la lista. Pero me aseguré de encontrar cada cosa. Incluso las galletas con trocitos grandes —le guiñé un ojo.

Elle sonrió. No la típica sonrisa desafiante o burlona. Esta era pequeña, sincera, casi tímida. Como si no supiera bien qué hacer con tanta atención.

—Gracias, Lucca.

—Siempre —respondí, bajando un poco la voz.

Ella se puso la camisa y los pantalones que le dejé, y se metió en la cama. Me acerqué y coloqué la bandeja de desayuno en sus piernas, ajustando las almohadas detrás de su espalda.

—Ahora vas a comer —le dije—. Después puedes dormir, ver películas o maldecir al universo... pero no te vas a levantar de esa cama. Entendido, princesa feroz.

Ella me miró con los ojos entrecerrados, pero asintió. Empezó a comer lentamente. Me quedé ahí, observándola por un momento. No con deseo. No con necesidad. Solo... con una calidez que me estaba rompiendo desde dentro. Ella era luz, y aunque ahora estuviera apagada, seguía brillando en mi mundo.

Me puse de pie, no quería incomodarla.

—Voy a dejarte descansar. Si necesitas algo, grita, golpea la pared o, ya sabes, invoca demonios. Yo responderé.

Antes de salir, sentí que su mano se posaba suavemente sobre la mía. Me giré, y ella me miró con los ojos llenos de algo que no se decía con palabras.

—Gracias, Lucca. De verdad.

Solo asentí. Porque si decía algo más, mi voz temblaría.

Salí de la habitación con el corazón apretado.

Y por primera vez en mucho tiempo... no me sentí como un hombre intentando conquistar a una mujer.

Me sentí como un hombre que estaba aprendiendo a amar de verdad.

La Mujer de la BestiaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora