Narra Sara
No podía creer lo que acababa de escuchar. Mi corazón se detuvo, no por el susto, ni por el miedo...sino por lo absolutamente irreal de esas palabras.
Las lágrimas comenzaron a salir de mis ojos sin permiso alguno, silenciosas pero intensas. Como si hubiesen estado esperando ese momento para liberarse después de meses de contención.
—Izan...—Mi voz tembló, y me acerqué más a él—¿Estás...estás consciente?
Él parpadeó despacio, como si cada movimiento le costara un mundo, pero asintió levemente con la cabeza. Esos ojos oscuros, aunque cansados, mantenían la misma intensidad de siempre.
—No puedo..ni moverme...—musitó—Pero se...que quiero estar contigo...siempre. Cásate conmigo.
No aguanté más, me acerqué a él dejando nuestras caras a escasos centímetros. Cogí su mano con delicadeza, temerosa de hacerle daño, como si fuese de cristal. Estaba tibia. Estaba vivo. Estaba conmigo.
—Sí—susurré—Me quiero casar contigo. Pero prométeme que vas a salir de esto, que vas a luchar y que te vas a recuperar.
Él cerró los ojos unos segundos, por un momento pensé que se había vuelto a desvanecer, pero luego una débil sonrisa se dibujó en sus labios.
—Prometido...
Me incliné hacia él y apoyé mi frente contra la suya, sintiendo el calor de su piel y el ritmo débil, pero constante, de su respiración. El mundo se detuvo. El dolor, la culpa, la ansiedad...todo quedó en pausa.
—Te amo...—dije en un susurro.
—Y yo a ti...más de lo que merezco—respondió. Ese tono de voz rota fue de las cosas más bonitas que había escuchado jamás.
Narra Eli
—¿Crees que le habrá dicho algo?—le pregunto a Héctor, mirando a la puerta cerrada.
Él se encogió de hombros, pero no dijo nada. Me sorprendía la ternura que ahora habitaba en su rostro. Sus ojos, duros por fuera, ahora mostraban un brillo cálido. Un alivio silencioso.
—¿Sabes?—digo cruzándome de brazos—Cuando me enteré por primera vez, pensé: "Esto va a terminar mal".
—Y sin embargo...—dice él con una media sonrisa—están resistiendo todo.
—Un amor así no se ve todos los días...—admití, mirando a la puerta, como si pudiese ver a través de ella.—Si hay alguien que se lo merece, son ellos.
Tres meses después...
La luz del sol se cuela por las cortinas de nuestra habitación.
Nuestra.
Todavía no puedo creerme que pueda utilizar esa palabra. Tres meses han pasado desde aquel momento en el que creía que lo perdía todo. Tres meses desde que volví a escuchar su voz por primera vez después del coma. Desde que me pidió que me casara con él.
Izan sigue en recuperación, camina con ayuda, se cansa rápido. Y hay días en los que le cuesta hasta levantarse. Pero sonríe mas de lo que habla, y cuando lo hace, me mira y me atraviesa con la misma intensidad de siempre. Como si el tiempo, el dolor y la muerte no hubiesen podido arrebatarle eso.
Estoy terminando de ordenador unas cosas y al instante me siento observada. Lo miro. Está apoyado en el marco de la puerta, con esa sonrisa medio torcida que siempre le sale cuando quiere esconder cuanto le cuesta estar de pie. Lleva solamente un pantalón de pijama azul, despeinado, con ojeras aún marcadas...y para mí sigue siendo el más sexy del planeta.
—¿No deberías estar descansando?—digo mientras me acerco a él.
—Me cansé de descansar...—responde con una media sonrisa—Necesito sentirme parte de mundo otra vez.
Le ofrezco el brazo y él lo acepta. Su mano se aferra con fuerza, como si supiera que cada paso es un logro, una batalla ganada. Lo ayudo a sentare en el sillón que hay junto a la ventana. Aprieta la mandíbula por el esfuerzo y automáticamente acaricio su brazo, como si así pudiese borrarle el dolor.
Nos quedamos en silencio un momento, observando como se mueven las hojas a través de la ventana. Después de tanto tiempo siento paz.
—Hoy no has mencionado nada de la boda—dice de pronto, mirándome de reojo.
Lo miro sorprendida, su tono no es triste, pero si cargado de una expectativa contenida.
—No lo he hecho porque no quiero presionarte—respondo, despacio—Quiero que sea cuando estés listo, no antes.
Él me mira con seriedad, y en su mirada hay algo nuevo. Firmeza. Convicción.
—Sara...te lo pedí en la cama de un hospital, conectado a mil maquinas, sin saber si iba a despertar al día siguiente. Si fui capaz de hacerlo en ese momento, cuando todo parecía perdido, imagina cuánto lo deseo ahora, que estoy aquí. Vivo. Contigo.
Me atraganto con el nudo en la garganta. Su voz ya no es tan fuerte como antes, pero cada palabra suya pesa como un mundo. Apoyo mi cabeza en su hombro y suspiro.
—¿Y como lo quieres?—pregunto con una sonrisa—¿Grande? ¿Íntimo? ¿Con una tarta enorme o sólo tú y yo frente al mar?
—Sólo tú y yo, frente al mar...no necesito más.
—Entonces, lo haremos—susurro, sintiendo que algo dentro de mí se enciende otra vez.
Él cierra los ojos, exhala, y esa paz que nunca creí volver a ver en su rostro vuelve ahí, intacta.
—¿Y Eli? ¿Tú padre?—pregunta después—¿Siguen sin matarse entre ellos?
—Se soportan, a su manera...rara y extrañamente dulce. Eli le lanza pullas todo el día, y papá responde con sarcasmo. Pero la otra noche escuché como le preguntaba si ya había cenado, creo que hasta le preparó una sopa.
—¿Héctor cocinando?—se burla—¿Qué sigue? ¿Apocalipsis zombie?
—Créeme, lo pensé. Pero en serio, no lo admiten, pero hay cariño. Lo sé.
Nos reímos juntos, otra vez. Y me doy cuenta de lo mucho que había echado de menos eso. Poder reírme con él. Sin miedo. Sin un reloj contando los segundos. Sólo él y yo.
—¿Puedo pedirte algo?—pregunta él de pronto.
—Lo que quieras.
—Cuando me recupere del todo...quiero que nos vayamos. Sólo unos días. Tú y yo. A donde nadie nos conozca.
Lo miro, sorprendida. Pero su expresión es tranquila, casi serena. Como si ya lo hubiese imaginado mil veces en su mente.
—¿Huir?
—No. Vivir—responde con esa sinceridad que siempre me desarma.
Entonces lo entiendo. No quiere escapar. Solo necesita espacio para volver a sentirse él. Y yo también.
—Vale—respondo—Lo haremos.
Su sonrisa me confirma que he dicho lo correcto. Y, por primera vez en mucho tiempo, no siento miedo del futuro.
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El profe de historia.
RomanceDicen que la vida puede sorprenderte en cualquier momento, pero...¿estamos preparados para ello? Sara cursa su último año en el instituto, a sus 18 años está pasando por uno de los peores momentos de su vida. Un novio acosador, problemas alimentici...
