El momento de la cena llegó más rápido de lo que hubiera querido.
Toda la tarde había sentido cómo el aire se espesaba a mi alrededor, como si cada hora añadiera más peso a mi pecho.
Killian estaba esperándome cuando terminé de arreglarme. Sus ojos me recorrieron con una mezcla de preocupación y algo más profundo, como si quisiera memorizarme antes de dejarme ir.
—No tienes que hacerlo sola —dijo, sin preámbulos.
Me mordí el labio. Una parte de mí quería suplicar que me acompañara, que enfrentara conmigo a ese hombre que me había roto en silencio durante tantos años. Pero sabía que esa batalla era mía. No podía permitir que mi padre pensara que necesitaba a Killian como escudo.
—Sí, lo tengo que hacer. —Le sostuve la mirada, aunque por dentro me temblaba todo—. Si vienes, lo usará contra mí. Dirá que no puedo enfrentarme a él sin la protección de mi mate.
El ceño de Killian se frunció, y su mandíbula se tensó hasta que creí que escucharía el crujido de sus dientes.
—No me gusta.
—A mí tampoco. —Forcé una sonrisa débil—. Pero es necesario.
Sus dedos agarraron mi muñeca, tirando de mí hacia él para besar mis labios, apenas un instante, antes de soltarme. Y con eso me marché.
***
El pasillo hasta el comedor de los alfas se me hizo eterno. Cada paso resonaba contra las paredes de piedra como un eco burlón. Cuando llegué, dos guardias ya custodiaban la puerta, y uno de ellos la abrió sin necesidad de axnunciarme.
El comedor estaba en penumbras, iluminado apenas por los candelabros que hacían danzar las sombras en las paredes de piedra. La mesa de roble parecía desproporcionada para dos personas, un recordatorio físico de la distancia que siempre había existido entre nosotros.
Mi padre ya estaba allí. Solo. Sentado en el extremo de la mesa, como un rey en su trono.
No se levantó al verme.
—Isabella —dijo en tono neutro, sin atisbo de emoción, como si pronunciara el nombre de cualquier otra persona que no fuera el de su propia hija.
—Padre.
Avancé hasta la mesa. Me indicó con un gesto el asiento frente a él. Nada de sonrisas, nada de palabras de bienvenida. Solo un ademán seco, casi militar.
Me senté con la espalda recta, procurando que mis manos no temblaran demasiado sobre el regazo. El silencio se instaló como una niebla, espeso, incómodo. Solo el crujir de la leña en la chimenea rompía la quietud.
Un sirviente entró y colocó dos copas de vino en la mesa, junto con un plato de carne aún humeante. El aroma metálico de la sangre recién cocida me revolvió el estómago. Ninguno de los dos hizo el menor gesto de probar bocado.
—El Consejo está inquieto —empezó él al fin, con la voz grave que siempre había hecho callar a todos a su alrededor—. Estos asesinatos son una amenaza para la estabilidad de nuestras manadas.
Asentí con cautela.
—He oído lo mismo. Nadie se siente seguro mientras no sepamos quién está detrás.
Sus ojos se clavaron en mí, fríos como cuchillas.
—Por eso he venido. Mi deber es proteger la imagen y la fuerza de nuestra manada. Y para eso, necesitamos claridad, disciplina... pureza.
La última palabra cayó como un mal augurio.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. "Pureza" no era un término inocente. Era una advertencia, un recordatorio velado de lo que él consideraba aceptable y lo que no.
—La fuerza de una manada no siempre depende de la sangre —dije con cuidado, midiendo cada sílaba—. A veces depende de la lealtad. De la unidad.
Él hizo un gesto apenas perceptible, los labios curvándose en una mueca que parecía más desdén que sonrisa.
—La unidad se consigue bajo el liderazgo adecuado. No todos los alfas están a la altura.
Mis uñas se clavaron en mi palma bajo la mesa, pero mantuve la expresión neutra.
—Supongo que eso es lo que el Consejo debe decidir.
Él asintió con lentitud, como si hubiera estado esperando esas palabras.
—Exacto. Y ya sabes cómo piensan la mayoría de ellos: la sangre lo es todo. Las alianzas con manadas errantes, con alfas cuestionables... —hizo una pausa calculada, dejando que el eco de sus palabras llenara la sala— no ayudan.
El silencio me oprimió el pecho. Quise tragar saliva, pero la garganta se me cerró. Sabía perfectamente lo que estaba insinuando sin necesidad de que pronunciara el nombre de Killian.
Inspiré hondo para que mi voz no temblara.
—Si de verdad buscamos justicia por los asesinatos, quizá deberíamos dejar de lado los prejuicios y trabajar todos juntos.
Él apoyó lentamente las manos sobre la mesa, entrelazando los dedos con calma estudiada.
—Eres ingenua, Isabella. El Consejo no busca justicia. Busca orden. Y el orden solo puede sostenerse en cimientos fuertes... no en arenas movedizas.
Mis mejillas ardieron. El tono condescendiente, el veneno escondido en cada palabra... todo era tan familiar que me revolvía el estómago.
Apoyé las manos sobre la mesa también, forzándome a mantener la voz firme.
—Entonces ve al grano, padre. Dime lo que de verdad quieres decir.
El silencio que siguió fue aún más pesado que antes, y aunque su expresión no cambió, sentí que, por primera vez en la noche, la verdadera conversación estaba a punto de empezar.
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Alfa de rogues
WerewolfIzzy asiste junto a su amiga Maze a "la reunión", un evento que solo ocurre cada 10 años donde los licántropos de todo el mundo pueden encontrar a su mate. Sin embargo, Izzy y Maze ya han perdido la esperanza de encontrar a su pareja predestinada, p...
