Isabella POV
El resto del día fue un suplicio. Como si alguien hubiese colocado una piedra en mi estómago que se hacía cada vez más grande.
Mi padre estaba aquí.
Solo esa certeza bastaba para que cada paso se sintiera más pesado de lo normal. No lo había visto en más de medio siglo, y aun así podía recordarlo con una claridad inquietante: la rectitud de su espalda, la severidad en cada gesto, la manera en que sus palabras siempre sonaban como órdenes aunque no lo fueran.
El alfa que me había criado sin ternura, que había hecho de mi existencia una sucesión de recordatorios constantes de lo que yo representaba: la falla de su linaje, el castigo de la diosa. La hija que no había encontrado a su mate en décadas y décadas, convirtiéndose en la vergüenza viviente de nuestra manada.
A veces me preguntaba si, en el fondo, hubiera preferido que nunca hubiera nacido. Era cruel pensarlo, pero cuando recordaba la frialdad de sus ojos, la indiferencia con la que había observado cómo me marchaba de su territorio sin decir una palabra, la respuesta parecía evidente.
Me refugié en la cabaña, pero ni siquiera Maze conseguía distraerme. Daba vueltas de un lado a otro, inquieta por lo que fuera a suceder a continuación. Me alegraba de que Killian se hubiera marchado para dejarme un poco de privacidad con Maze. No quería mostrarle mi inquietud y preocuparlo a él también.
¿Por qué estaba aquí? ¿Estaba relacionado con los asesinatos? Quizá el Consejo había solicitado la presencia de los alfas que no habían asistido a La Reunión.
—Estás pálida como un fantasma —me dijo Maze, con esa falta de sutileza tan suya.
—Estoy bien —mentí, apartando la vista.
—No, no lo estás. Es evidente. —aseguró, cruzándose de brazos con dramatismo—. Mira el lado bueno. Es tu oportunidad para demostrarle que no eres la cría torpe que decidió marcharse.
Me mordí el labio, sin saber qué responder. Quería evitarlo, aunque sabía que no podría. Mi padre nunca perdía la oportunidad de dejarme en claro lo insignificante que era, y mostrar debilidad frente a él sería darle un arma más.
—Gracias por recordármelo. Justo lo que necesitaba: un repaso de mis fracasos familiares.
Maze rodó los ojos y se dejó caer en el sillón.
—Sabes que no lo decía en ese sentido. Solo... —suspiró—, quiero que lo enfrentes. Que no huyas.
Quise contestar, pero el aire se tensó de golpe cuando Killian entró de nuevo en la cabaña. No llevaba la camisa abrochada del todo, y su mandíbula estaba tensa.
—Me han informado de que tu padre pidió una audiencia privada contigo —dijo, sin rodeos.
Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Una... audiencia?
—Una cena. Hoy al anochecer. —Su voz era grave, con un matiz de molestia—. Si no quieres ir, no tienes por qué hacerlo.
Me quedé paralizada. Una parte de mí quería gritar que no, que no quería volver a estar a solas con él nunca más. Pero otra parte sabía que rechazarlo me marcaría como cobarde ante todos, y esa era precisamente la imagen que él esperaba de mí.
—No es tan simple —susurré, más para mí que para ellos.
Killian dio un paso hacia mí, buscando mi mirada.
—Explícame entonces. ¿Por qué te pones así por él?
Abrí la boca, pero las palabras no salieron. ¿Cómo podía contarle a Killian que yo había sido considerada una desgracia, una vergüenza, un recordatorio constante de que la diosa Luna podía maldecir incluso a la hija de un alfa? ¿Cómo admitir que había crecido escuchando que mi existencia era un error?
Puede que Killian fuera mi mate, pero acababa de conocerlo y no quería romper la imagen perfecta que él tenía de mí. Aún no.
Desvié la vista, incapaz de sostener la intensidad de sus ojos.
—Solo... no tenemos buena relación.
—Eso ya lo veo. Pero no entiendo el porqué. —Su ceño se frunció, genuinamente confundido, casi herido por mi propio dolor—. Isabella, puedes contarme lo que sea.
Maze, siempre más directa que yo, bufó.
—Su padre nunca la trató como una hija. Para él, Izzy era una vergüenza porque no encontró a su mate. Un castigo de la Diosa Luna por, bueno, lo que sea que ese viejo consideré indigno de ella.
El silencio cayó como un golpe. Killian me miró con incredulidad, como si no pudiera creer lo que acababa de oír.
—¿Te... consideraba un castigo de la Diosa? —preguntó, con voz baja, contenida, como si temiera que decirlo en voz alta me rompiera en mil pedazos.
Tragué saliva, sintiendo que mi garganta ardía.
—Sí. —Apenas un susurro.
Él extendió una mano hacia mí, con esa mezcla de ternura y fuerza que siempre me desarmaba.
—Isabella... —empezó, pero negó con la cabeza, como si ninguna palabra fuera suficiente.
Me limité a apartarme un paso, incapaz de soportar su compasión. No quería que me mirara como a una víctima. No quería que viera cuánto me dolía todavía.
—Mañana cenaré con él —dije al fin, con la voz firme aunque mis manos temblaban—. Y después... veremos qué queda de mí.
Me dejé caer de nuevo en el sofá, agotada.
Killian se agachó frente a mí, colocando sus manos firmes en mis rodillas. Su voz bajó un tono.
—Escúchame, Isabella. No importa lo que diga. Tú decides qué lugar ocupan sus opiniones en tu vida. No él.
Mi garganta se cerró de golpe. Quise decirle que era fácil hablar cuando no era tu padre el que te llamaba "defectuosa" o "vergüenza", pero las palabras murieron antes de salir.
Me limité a negar, por dentro me temblaba todo.
Killian quiso replicar, pero mi expresión debió dejar claro que no estaba abierta a discusión.
La cena sería mañana. Y aunque Maze insistía en que debía ir erguida, segura, yo ya sentía que el simple hecho de enfrentarme a él sería como caminar sobre brasas con los píes desnudos, directa hasta la hoguera.
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Alfa de rogues
Serigala JadianIzzy asiste junto a su amiga Maze a "la reunión", un evento que solo ocurre cada 10 años donde los licántropos de todo el mundo pueden encontrar a su mate. Sin embargo, Izzy y Maze ya han perdido la esperanza de encontrar a su pareja predestinada, p...
