Capítulo 35

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Killian Pov:

El eco de sus pasos fue lo primero que escuché antes de verla aparecer. Isabella cruzaba el pasillo con la cabeza alta, la espalda recta y mostrando una fuerza digna de la Luna que ella era.

Pero yo veía más allá de eso. Lo percibí en su respiración entrecortada, en el leve temblor de sus manos cuando se acercó. Mi loba estaba hecha pedazos por dentro, aunque se negara a mostrarlo.

—Estoy bien —me soltó apenas me tuvo delante.

Mentira. No hacía falta que dijera más. Su aroma estaba lleno de angustia, de dolor contenido. No aguanté ni un segundo más: le tomé la mano y la saqué de allí.

Caminamos en silencio por los pasillos hasta meterla en una sala vacía. Cerré la puerta y, antes de que intentara escapar, la atraje contra mi pecho.

Al principio se resistió, como si todavía quisiera sostener la máscara que había mostrado delante de su padre. Pero duró poco. En cuanto sentí que su cuerpo se aflojaba, la vi romperse. Las lágrimas comenzaron a mojarme la camisa y supe que por fin estaba dejando salir todo lo que llevaba guardado.

—Nunca voy a ser suficiente para él —lloró con la voz rota—. Nunca. Me odia, Killian. Me ve como si yo fuera... como si yo...

Ni siquiera pudo terminar de hablar.

Un gruñido escapó de mi garganta sin que pudiera evitarlo. Me ardía la sangre. ¿Cómo podía un hombre mirar así a su propia hija? Si no fuera por Isabella, lo habría destrozado allí mismo, delante de todos, sin pestañear.

—Ese cabrón no merece llamarse tu padre —le dije entre dientes, apretándola contra mí—. Te juro, mi amor, que si vuelve a hacerte daño voy a arrancarle la garganta.

Ella se tensó un poco, como si temiera lo que acababa de escuchar. Entonces me miró con esos ojos verdes, brillando entre lágrimas.

—No quiero meterte en mis problemas...

Le acaricié la mejilla, obligándola a mantenerme la mirada. Tenía los ojos hinchados, las pestañas pegadas y el rostro enrojecido y húmedo por las lágrimas. Joder. Si alguien me llegara a decir que una mujer, en medio de tanto dolor, podía verse tan jodidamente preciosa, lo habría mandado a callar.

Una nueva oleada de ira me recorrió, enfurecido incluso conmigo mismo. Lo único que deseaba era encontrar la manera de quitarle toda su angustia, de hacerla feliz.

—No son tus problemas, cariño —susurré—. Son nuestros. Y nadie, ¿me oyes?, nadie vuelve a hacerte daño.

Ella dejó escapar un sollozo que se fue apagando poco a poco. Acerqué mi rostro a su cabello y respiré su delicioso aroma: tierra mojada y lavanda, mezclado con un rastro amargo de rabia contenida. Odiaba verla así. Me dolía aún más saber que alguien que debería haberla protegido la había dejado hecha trizas.

—No quiero que te metas en líos por mí —repitió, ya con la voz más baja, casi un hilo—. Mi padre está acostumbrado a conseguir lo que quiere, sin importar el medio que utilice. No quiero que tu manada y tú se vean afectados. No quiero que pierdas lo que has conseguido.

—No voy a perder nada por estar contigo —contesté con firmeza—. Y si lo hiciera, lo reconstruiré. ¿Sabes por qué? Porque lo más valioso e irremplazable en mi vida eres tú, y no hay manera en este mundo de que yo me aparte de ti.

Se apartó un poco, tomó aire con dificultad y se dejó caer sobre una de las sillas. Quedó sentada, encogida, mirándome como si aún le costara comprender mis palabras.

—¿Y si me obliga a hacerlo? ¿A dejarte? ¿Y si sus palabras se me meten en la cabeza y empiezan a pesar más que todo lo demás? ¡Dios, es que es patético! —soltó de repente, junto con una risa ahogada, carente de humor—. Literalmente tuve que huir a otro continente porque era incapaz de hacer algo sin su permiso, sin su maldita aprobación. Yo no sé... no sé cómo no escuchar lo que dice de mí.

Me senté frente a ella, apoyé las manos en sus rodillas y la observé con toda la paciencia que tenía.

—Ya lo has hecho antes. En ese comedor —dije despacio—. Esas palabras de mierda no definen quién eres. Puede que él las escupa con facilidad, pero no son ciertas. Vales mucho más de lo que su miserable existencia es capaz de reconocer. Y cada vez que él intente menospreciarte, juro que me vas a tener a mí para recordarte cada día todo lo que vales. Y algún día tú también lo verás sin ayuda de nadie.

Isabella abrió la boca para hablar, pero la voz se le quebró y las lágrimas volvieron a brotar sin freno. Se tapó la cara con las manos, como si quisiera esconderse, pero su llanto salió con fuerza. Los sollozos le sacudían el pecho mientras dejaba escapar todo lo que había guardado demasiado tiempo.

Me levanté y me acerqué con cuidado. Le posé las manos en los hombros y, al rozarla, sentí un temblor no suyo, sino mío: una mezcla de furia y algo casi religioso, ese querer protegerla a sangre y fuego.

La rodeé entre mis brazos, alzándola en el aire mientras yo me sentaba donde estaba ella. La puse sobre mi regazo y, de inmediato, se hizo un ovillo tembloroso sobre mí.

—Isabella —murmuré—. ¿Me permites algo?

Ella, angustiada, asintió.

La acerqué hasta que nuestras frentes se tocaron. Cerré los ojos y respiré con ella, lento, guiándola.

—Inhala cinco segundos —susurré—. Aguanta dos. Exhala cinco. Otra vez.

Hicimos el ejercicio un par de veces. Noté cómo su respiración se volvía más estable, cómo su cuerpo soltaba tensión.

Nos quedamos en silencio por largo rato, solo abrazándonos mientras Isabella se terminaba de calmar, con su rostro escondido en mi cuello.

Yo me limité a pasar mis manos por su espalda, acariciándola, y, de vez en cuando, apartaba con mis dedos los restos de lágrimas que se quedaban colgados en su rostro.

—Voy a quedarme a tu lado, siempre. Tú eres mi familia, ¿entiendes eso?

Isabella levantó la vista. Y lo vi. Un leve movimiento de su boca: una sonrisa diminuta, triste y agradecida a la vez. Me reí entre dientes, orgulloso de mí mismo por provocar ese simple gesto.

Se apoyó en mi hombro y susurró, apenas audible:

—Sí.

Mi Luna se incorporó, secándose con el dorso de la mano las últimas lágrimas.

—¿Y ahora?

Le sonreí.

—Pues ahora vamos a salir de aquí juntos. Tú decides cómo quieres que sea. Si quieres que vuelva a entrar y le diga lo que pienso, lo haré. Si prefieres que vayamos a otro lugar y dejemos esto atrás, me iré contigo. Tú mandas.

Se quedó pensativa un segundo y entonces, con una mezcla de desafío y cansancio, apretó mi mano.

—No quiero perder más el tiempo con él —dijo tajante, mientras se levantaba de mi regazo.

Yo solo asentí, ofreciéndole mi mano para irnos. Ella la tomó.



**¡Ya tenéis el nuevo capítulo! Espero que os guste 💞**

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⏰ Última actualización: Sep 16, 2025 ⏰

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