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Omnisciente

Sukuna esperaba tranquilo con un gesto relajado.
Frente a él reposando en su escritorio habían dos botellas de vino, una vacía y otra por debajo de la mitad de su contenido.

Para su satisfacción y el desespero de Megumi, el celo no inició el mismo día que lo castigó alejándolo de su hijo, pasó un día y la mitad del otro.
El omega ya se sentía enfermo y la ausencia de Reiji empeoraba su malestar.

¿Sukuna sentía culpa? Ni un poco.

Siempre encontró gusto y placer en ver esos hermosos ojos afligidos, mismos que pretendían ocultarse bajo duros gestos de enojo e indiferencia; presenciar y ser él quien empuja a Megumi hasta su estado más vulnerable era como un momento de catarsis.

Quería romperlo, ver directo a su alma y bañarse en su luz, tan precioso como enigmante.

Desde esa primer vez que lo vio trabajando en la casa había algo en su negro y brillante cabello que captó la atención del alfa, Megumi se movía como fantasma, siempre en silencio y con un gesto tan inexpresivo que era casi imposible saber qué pensaba en realidad.

Y fue el omega quien tomó la iniciativa, hizo lo que ni uno de sus sirvientes se atrevía a hacer, pedirle favores, acercarse directamente a ciegas, con Sukuna nada era gratis, una pizca de su "simpatía" cuesta caro.

Entonces quiso divertirse, "cazar" a Megumi, ese joven muchacho con una belleza hipnotizante, su mirada intensa hasta cuando intentaba lo contrario. Mientras jugaba tuvo la oportunidad de conocerlo un poco más y dejó de tratarse de simple diversión, Sukuna quedó deslumbrado.

El alfa se acercó al omega sin ocultarse y con sus intenciones al aire, cualquiera habría huido pero Megumi no lo hizo.

A ambos se les acabó el tiempo, uno quiso irse demasiado tarde y otro quedó enviciado en su propio juego.

Estaba tan perdidamente enamorado de Megumi, con el sabor de sus lágrimas, su sangre.

Dio un último gran trago directo de la botella antes de levantarse del asiento, sabe que su omega está en celo y no perderá tiempo.

Al llegar a su habitación, misma en la que Megumi fue encerrado, el dulce aroma que inundaba el lugar llenó su nariz y una pequeña sonrisa le apareció en el rostro.

— ¿Dónde está Reiji? — Megumi miraba directo a Sukuna y honestamente lucía enojado.

— Descansando —

— Él no puede dormir sin mi... — si no era en los brazos de Megumi el bebé difícilmente comenzaba a dormir.

— ¿Por qué no has comido? — ignoró sus palabras luego de unos segundos.
El plato con comida estaba intacto sobre la mesa.

Ahora Megumi fue quien se hizo sordo.

Sukuna fue hacia él con pasos lentos, hombros relajados y una pequeña sonrisa, sentía sus manos hormiguear con ansias, su instinto rugía deseando abalanzarse contra el pelinegro y tomarlo una vez más.

Pero al alfa le gustaba jugar y provocar.

Apenas estuvo más cerca Megumi se levantó de la cama alejándose sin siquiera voltear a verlo, no era como si estuviera huyendo o que intente evitar lo que va a suceder, también lo desea.
Su intención era mostrar rechazo — ¿No vas a responder? — lo siguió hasta que el omega no pudo alejarse más pero no dejaba de darle la espalda — ¿Estás molesto conmigo, amor? — se acercó a su oreja para susurrar y acariciarle la cintura.

Podía sentir al menor temblar suavemente con respiraciones pesadas, no veía su rostro pero la piel de su cuello estaba roja, cubierta con una pequeña capa de sudor — Te hice un favor, no podrías haber cuidado bien de Reiji en este estado —

Loyal (SukuFushi)(omegaverse)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora