LULLABY... BUTTERFLY

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Era invencible.

Era inmortal.

Era padre.

Me convertí en la mejor versión de mi mismo cuando conocí a mi hija, a esa réplica exacta de mí... con las insuperables cualidades de su madre.

Solo existía para ella: mi luz, mi fuerza... mi fe. Sofía era todo lo que necesitaba para esta finita y simple vida.

Yo... tan pequeño ante ella. Solo una persona más me había hecho sentir así y esa era su madre. Alma, mi Alma; mi faro, mi razón de ser.

Solo ellas me pueden doblegar; solo ellas me dan vida... la vida que en cualquier momento se me volverá a escapar.

Aún no le he confesado a mi esposa mi condición: el tumor que llevo en mi cabeza y que de un momento a otro puede despertarse y volver a amenazar mi estabilidad, mi felicidad. El miedo más grande no es que mi condición vuelva, sino el dejar sola a Alma y a mi hija. El abandono es un claro ejemplo de desamor... pero la muerte no sabe de eso.

- Tu no abandonarás a nadie, Jin - trataba de consolarme Liz. Había retomado las consultas y el tratamiento con ella. Era mi neurologa de cabecera y mi confidente. Reanudé la costumbre de pedir el último turno para poder quedarme con ella y así desahogarme de todo lo que me oprimía el pecho.

-Siento que soy una mala persona, mi Liz - siempre argumentaba lo mismo. El hecho de cargarla a ella con todas miserias era hacerla responsable de todo esto. Es mi cómplice y yo soy su condena.

- ¿Por qué? ¿Por querer proteger de tus fantasmas a la mujer que amas? - me tranquilizó.

- Por ella... y por tí ¿Por qué cargas con mis cosas? Eres libre de hacer lo que quieras, San Liz. Estás a tiempo de dejar esto y hacer tu vida - le respondo mientras el llanto me quiebra la voz.

- ¿Y dejar al amor de mi vida, mi mejor amigo, a la deriva? ¿Eso te parece bueno Kim Seokjin? ¿Escaparías de esa manera si Alma estuviese en tu lugar y fueras tú quien la tiene que sostener y consolar? - las palabras de Liz me cortaron al medio. Tiene razón. Ni a Alma, ni a Sofía ni a ella las dejaría a su suerte.

- Es normal que por tu cuadro (y porque dejaste el tratamiento) que las migrañas te vuelvan, niño caprichoso - me sermoneó severamente - No entiendo, doctor Kim. Siendo médico dejas a la suerte del universo tu salud. Sabes bien que te curas si el tratamiento se cumple.

Me quedé sin palabras. Liz tenía razón. Cuando los estudios dieron negativo y el tumor se inactivó, lo primero que hice fue abandonar los medicamentos y parte de la rutina que llevaba pensando que no volvería nada de ello; que mi esposa y mi hija eran mi cura, mi salvación.

Vuelvo a la realidad y fijo mis ojos en los de mi hija, que espera pacientemente practicar sus pasitos agarrada del borde de la mesita de la sala. Le sonrío y es para ella el permiso para lanzarse. Camina en puntas de pie, como si fuese una diminuta ninfa del agua moviéndose sobre una superficie cristalina. Llega a mí y se avalanza hacia mis brazos, estallando en esas carcajadas que parecen cascabeles de sonaja.

- ¿Mi bella Sofía se divierte? ¿Ah? ¿Quieres, acaso, robarme mi nariz? - río con ella mientras su manito redonda pellizca sin piedad la punta de mi nariz.

- ¿A que papá es guapo, no crees mi pompón?
- le digo con una voz ridícula que solo la saco para ella.

- Pa... - el corazón se me detiene ¿Acaso mi niña? - pá... - y un gritito de ansiedad y alegría traspasa mis oídos y mi pecho.

" Quizás oí mal", pero sé muy dentro mío que eso es mentira, que si oí perfectamente.

-Pa - pa - pa...- y mi hija juega con su nuevo descubrimiento, mientras se pierde investigando sus deditos.

Las lágrimas inundan mis ojos. "No puedo ser más feliz", susurro mientras beso con devoción la cúspide de la cabecita de Sofi.

- ¡Alma! ¡Alma, ven! - le grito mientras me incorporo del suelo y levanto a mi hija. Alma llega corriendo asustada; no sabe qué es lo que pasa, pues mis gritos no son comunes.

- ¡Dios, Juan! ¿Qué pasa? ¿Le pasó algo a Sofi? - su voz carga la angustia típica de una mujer en plena flor de su maternidad.

- ¡Dijo "papá"! ¡Mi pequeña hamster me llamó "papá"! - grito de felicidad. Alma suspira de alivio y sonríe al saber la noticia. Pero de pronto, la expresión de su rostro cambia abruptamente.

- ¿Acaso estás celosa porque dijo "papá" primero y no "mamá"? - me mofo al ver su expresión.

- Juan - me dice con voz temblorosa mientras señala mi nariz - ¿por qué estás sangrando?

Y es ahí cuando comprendo su expresión de confusión y terror. Llevo mi mano hacia mi rostro, palpando mi nariz, sintiendo algo húmedo, pegajoso, ferroso; luego miro y allí está: una mancha roja, de alerta, de desesperación, de verdad. Mi mirada se nubla y todo comienza a dar vueltas.

Despierto en el hospital. A mi lado se encuentran Alma y Liz, dos de mis tres mujeres. Sus rostros no reflejan tranquilidad. Liz sostiene la mano de Alma, mientras Alma sostiene la mía.

- Creo que debo dejarlos solos - rompe el silencio San Liz - tienen que hablar.

- Liz, por favor, quédate. Esto es solo más que un susto - trato de fingir normalidad.

- No Seokjin. Ya no te acompañaré en esto. Alma debe saber - me dice mientras palmea el envés de la mano de mi esposa - Luego de que hablen ustedes, si tienes alguna duda o solamente quieres insultarme, aquí estaré Alma para lo que necesites - finalizó mi mejor amiga dirigiéndose a Alma.

Alma solo atinó a mover su cabeza en señal de asentimiento, mientras se secaba torpemente las lágrimas que corrían por su rostro. Suspiré hondo y resignado, mientras mis ojos se cerraban fuertemente aceptando la realidad.

- Juan, no entiendo. ¿A qué se refiere Liz? - me pregunta con un hilo de voz casi audible.

- Amor, debemos hablar de algo que vengo callando desde hace mucho. Lo único que te pido es que no culpes ni maldigas a San Liz. Ella jamás estuvo de acuerdo en ocultarte las cosas- le advierto mientras trato de incorporarme en la cama.

- Pero, Juan, ¿de qué hablas? ¿Qué es lo que no sé? ¿Por qué Liz... - y cierro sus labios apoyando mis dedos en ellos.

- Tengo un tumor cerebral imposible de extirpar y se ha despertado nuevamente - le digo sin mediar nada.

Sus ojos vuelven a aguarse mientras se acerca precipitadamente y me abraza con todas sus fuerzas. Su llanto es por los dos... quizás por los tres... o por los cuatro... no lo sé. Solo sé que el tiempo se acaba y la burbuja de cristal, en cualquier momento, estalla.

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