Su labio inferior estaba partido y sangrando. Me volvió a mirar directamente a los ojos y fruncí el ceño, deseosa de saber la causa de sus heridas.
-¡Dios! ¿Qué te ha pasado?- le pregunté, acercándome e intentado quitarle el paño con el que se estaba limpiando y hacérselo yo misma. No me dejó. Me echó una mirada fulminante, regresando su vista a su reflejo en el espejo. –Andrew, ¿qué te ha pasado?- le insistí.
-Nada importante.- me contestó, sin mirarme.
Dejó de pasarse el paño blanco por su labio y lo restregó contra el agua.
-Tienes que ponerte hielo.- dije, volviendo a intentar acercarme a su cuerpo.
-No.-dijo, con voz fuerte.- esto se me quitará solo. No hace falta que te molestes.
Pasó por mi lado sin tocarme y siguió hacia la habitación. Me quede parada en el marco de la puerta por unos instantes antes de seguirlo, buscando una explicación.
Me quede plantada en el marco de la puerta nuevamente, observando con Andrew se tumbaba en la cama. Ya llevaba su pijama y su dorso estaba descubierto, como siempre.
-¿No me vas a preguntar de donde vengo?- le pregunté, de repente, sintiendo la necesidad de acortar la distancia.
Recompuse la postura en la que estaba, poniéndome más recta y tensa, preparándome para su respuesta. Se estaba tocando las heridas que tenía en la cara y me miró.
-No.- dijo, haciendo que dejé de fijarme en sus heridas y me concentrase más en las palabras que salían de su boca.
-¿Por qué?- susurré, entre mis labios. No lo entendía. No entendía nada de lo que estaba sucediendo en ese momento.
-Tienes llaves ¿no?- me miró y asentí.- Pues ya está. Puedes entrar cuando se te dé la gana. Esta es tu casa.
Me corazón se agitó por sus últimas palabras pero, no le hice caso. No debía hacerle caso.
-Por poco tiempo, Andrew.- le dije, tratando de sonar tan fuerte como me sonaba su voz. Se sentó en la cama, mirándome y frunciendo el ceño.
-¿Por qué lo dices?- preguntó, inmediatamente.
-Como no te interesa de donde vengo a estas horas, tampoco te interesará por qué lo digo.-repliqué, caminando hacia el armario en busca de mi ropa para ducharme.
Repasando el armario con la mirada, sentí el calor de su cuerpo detrás del mío y supe que ya no estaba sentado sobre la cama. Su mano agarró mi codo, de forma que me hizo girar y quedé enfrente de él.
Seguía sin entender su forma de actuar. No hacía ni un minuto que me fulminaba con la mirada, mientras me decía que le daba igual de donde venía pero, ahora... ahora me estaba insistiendo para que le diera una explicación.
Me maldije interiormente, deseando alejar mis ganas de pasar mis manos por su cuello y juntar sus labios con los míos pero, no. No debía tener esos pensamientos pero, tenerlo tan cerca después de la primera vez que me besó era como una tentación.
Sus ojos me miraban firmes, sin pestañear y me incomodaba. Me solté de su agarre pero, no me giré.
-Dímelo, por favor. – dijo en un susurró. Su mirada se suavizó y reí sin motivo y sin gracia.
-No.- dije decidida.- ¿Porqué te lo tendría que decir cuando me tratas de esta forma, tan fría, tan... alejada y cuando ni siquiera tienes una pizca de interés?
Al segundo de haber terminado esa frase, estampó su boca contra la mía, de manera desesperada y rápida. Me recosté totalmente en la puerta del armario, sintiendo el cuerpo de Andrew encima de mí pero, eso no me importó.
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Durmiendo a su lado
Romansa¿Qué se supone que tienes qué hacer cuando no tienes casa ni trabajo? Eso me pregunté yo. ¿A casa de tu mejor amiga? Imposible. Dafne compartía piso con unas cuatro chicas más, además de su novio, Louise. ¿Vas a donde vive tu novio? Ummm... tampoco...
