#17: Los empleados secretos

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Rafael.

Miro a Gabriel manejar con una expresión seria, pienso en las pocas veces que he estado a solas con él. Ninguna experiencia demasiado agradable para mi gusto, desde niños se ha dedicado a verme con desprecio y a tratarme como si fuera una cucaracha. Por lo regular, no habla con la gente, ni la toca, ni siquiera muestra otra expresión que no sea una sonrisa burlona, excepto cuando está mamá y actúa como un niño mimado. Su personalidad es molesta y poco confiable, como él.

Miro por la ventana, viendo la ciudad, ya es de noche, lo cual agradezco. Hoy ha sido un día particularmente largo y lleno de muchas emociones, así que solo quiero que se termine y pueda descansar, además, la ciudad de noche es muy bonita. Veo los focos de colores con los nombres de los locales, hay mucha gente en las calles, pero parecen vestirse de forma muy diferente a como se visten por el día, con ropa más ligera, con colores un poco más oscuros, las mujeres usan vestidos más cortos y zapatos altos, los hombres camisas de colores y pantalones más ajustados. Hay gente riendo afuera de lugares con música sonando a todo volumen, hay lugares con terrazas de gente comiendo, es muy ruidoso, pero sumamente interesante.

Quiero bajar la ventana para poder escuchar mejor la música de afuera y entender porque la gente está tan feliz, pero mis pies y mis manos siguen atadas con la soga vegetal que hizo Gabriel y no es como que vaya a soltarme porque se lo pida.

—Molesto —escucho que murmura Gabriel entre dientes, viéndose bastante irritado, supongo que su telepatía le está jugando una mala pasada.

Mi rango telépata se limita oír los pensamientos de las personas con las que comparto habitación, a excepción de otros telépatas, claro está. Si mal no recuerdo, el rango de Gabriel le permite oír los pensamientos de la gente en un radio de cien metros a su alrededor.

—Medio kilómetro —me corrige Gabriel con su respiración entrecortada, apretando el volante, tratando de salir de esta zona de la ciudad con poco éxito por el tráfico—. Creció.

—No sé porqué te molestas en entrenar tanto tu telepatía —le digo encogiendo mis hombros—. Es solo un poder molesto, muy poco útil pero muy difícil de controlar.

—Porque no soy un mediocre como tú —dice apretando los dientes, bastante irritado, aunque no sabría decir si es por la zona llena de gente o simplemente le enoja pasar tiempo conmigo.

—¿Teníamos que pasar por aquí? —pregunto tratando de cambiar el tema—. La Casa Negra no parece cerca de aquí

—No vamos a la Casa Negra —responde y acaricia su frente, aprovechando la luz roja de un semáforo—. Iremos a conseguirte algo de ropa limpia y curar tus heridas.

—Tenía ropa y curanderos en la mansión de mamá —comento en voz baja.

—Tu ropa es fea, carece de estilo y formalidad, me da vergüenza que me vean contigo cuando usas tus estúpidas playeras de colores que madre de seguro te consigue de tiendas de segunda —me critica y bajo la mirada, tratando de ocultar que el tono con el que lo dijo me dolió—. La curandera de mamá está loca y es poco confiable, no tengo tiempo para lidiar con ella o que haga un mal trabajo. Si queremos una chance para traer a Natalia, tiene que parecer que somos un equipo.

—Sigo sin entender porque estamos yendo en está dirección —comentó en voz baja.

—Deja de hacer preguntas —me ordena de mal humor—, es más, deja de hablar.

Asiento, obedeciendo sin quejarme mucho. Desde que me subió al auto, se aseguró que estuviera bien atado y me puso el cinturón de seguridad, me aseguró que la forma más rápida de acabar con esto era si le hacía caso en todo y, considerando que no estoy en una posición para ganarle en una pelea, me he visto a tener que creerle.

FaraizeHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora