#24: Una inconveniencia menor

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Miro a Rafael a un lado mío, mirando curioso a su alrededor sin pararse de su silla. Tiene todo su antebrazo izquierdo con una venda, aún tiene manchas moradas en la cara y un par de cintas blancas que cierran las pocas cortadas que obtuvo en nuestra ultima pelea. Su cuello sigue ligeramente morado, al igual que el mío, pero tiene muchas energías de las que podría presumir. El uniforme de la organización hace que su cabello se vea aún mas rojo que de costumbre, parece quedarle grande, muy a diferencia del traje a la medida que usaba cuando lo encontré en la ASP, aunque él se ve más cómodo, quisiera decir lo mismo. Una vez más, me han cambiado mientras no tengo conciencia, dejando una sensación incomoda por todo mi cuerpo, como si no pudiera deshacerme de la sensación de otros tocando y viendo mi cuerpo.

Acaricio mi propio antebrazo izquierdo, también cubierto por una venda blanca, las enfermeras dijeron que era para ayudar a la cicatrización del tatuaje que nos han colocado mientras estábamos inconscientes. Rafael también me ha dicho que nos colocaron un rastreador, para nuestra desgracia, supongo que fue su forma de decirme que no tiene planes descabellados de escapar próximamente, por alguna razón, esa es la parte más deprimente de toda la información a la que me he tenido que exponer en las ultimas horas.

En este momento, estamos esperando al concejo, que está a punto de darnos el veredicto al que llegaron en el juicio que llevaron a cabo mientras estábamos inconscientes, Fernando me dijo que no debía preocuparme tanto, ya que el tatuaje que nos pusieron era prácticamente nuestra bienvenida a la organización, yo tuve que esforzarme para no soltarme a llorar en su cara en cuanto escuché eso. A estas alturas, creo que una sentencia de muerte me habría sentado mejor que saber que viviré toda mi vida sirviendo a esta organización y sus intereses.

—¿Dónde crees que nos pongan? —me pregunta Rafael y aprieto mis labios, tratando de ocultar que tiemblan y tengo de soltarme a llorar de nuevo—. Venga, Angie, trata de ser positiva.

—¿Cómo puedo ser positiva en un momento así? —pregunto con mi voz rota.

—Puedes pensar que, en un momento, nos reencontraremos con Adam y cuando nos vea afiliados a la organización, morirá de un infarto —me cuenta bastante contento, levantando su brazo izquierdo, mostrando su venda con orgullo.

—Eso solo te hace feliz a ti —respondo haciendo un puchero.

—Si muere por nuestra causa, podrían darnos un premio adecuado —responde Rafael sonriendo optimista y levantando sus pulgares—. Algo como, no sé, un postre para la cena.

—Buen intento, pero aquí no se comen postres —respondo al borde del llanto—. Se prohibieron en 1989, cuando una meta de orden telépata se robó y ocultó todos los postres de la cena e incitó a una revuelta que terminó con diecisiete heridos y mucho daño a la propiedad.

—Primero, es sorprendente que te sepas eso de memoria —me dice Rafael y comienza a reírse, cubriendo su boca para tratar de apaciguar su carcajada—. Segundo, ¿qué clase de ente malvado haría algo tan cruel como eso?

—Fiona Cooper —responde la voz de Vladimir Snow entrando a la habitación, seguido de los seis miembros del concejo, con sus túnicas negras y broches de colores, que me saludan avergonzados y Rafael me hace el favor de saludar de vuelta en mi nombre—. Si quieren una versión más detallada de la historia, pueden preguntarla cuando la vean, aunque les dirá que fue porque se encontraba aburrida, cuando yo sostengo que fue porque le dije que ya no serviría pastel de limón ya que solo a ella le gustaba.

—¿Cuál es su relación con mi madre? —pregunta Rafael, confundido por el tono aburrido con el que Vladimir cuenta la historia, el concejo detrás suyo solo lo miran extrañados.

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