Capítulo I

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Nuestra historia comienza a la mañana siguiente del sorprendente resultado arrojado por la máquina del doctor Luna. Ángel y su madre partieron a primera hora hacia el aeropuerto de la ciudad, no hace falta decir que Ángel no tuvo problema alguno en levantarse temprano.

Unas horas después, ya en aquel gigantesco lugar atestado de personas Ángel no le prestaba atención a nada que no fuera su incansable imaginación, lo único que logró sacarlo de sus pensamientos fue una chica rubia, que pasó caminando justo a su lado, algo la destacó del resto de personas. Ángel no sabía si era el aspecto extranjero que le daba su cabello rubio y piel clara, su forma de caminar extrañamente hipnotizante, o un aire extraño que la hacia notarse como el punto blanco que resulta una estrella en el inmenso espacio. Se quedó mirándola hasta que la perdió entre la multitud, solo en ese momento reanudó su andar, siguiendo a su madre para abordar el avión que los llevaría a Egipto.

Vaya sorpresa que se llevó Ángel al ver que aquella chica había abordado el mismo avión, y se encontraba justo en la fila opuesta. Por alguna razón, se sentía feliz de poder observarla desde tan cerca, tan solo para acabar preguntándose por qué rayos sentía eso. Para distraerse, decidió mirar por la ventana, una vez que lo hizo, no pudo parar, se quedó maravillado por los increíbles paisajes que se desplegaban a su alrededor. Las pocas veces que volteó al interior del avión eran para ver a la chica rubia, ella también miraba constantemente por la ventana, pero, cosa rara, miraba hacia arriba.

—¿Cómo se llamará?, ¿por qué vendrá sola? Alguien tan linda debería estar acompañada, eso creo. Quisiera preguntarle... Maldición, ¿por que eres tan cobarde, Ángel.

Todo esto se le pasaba por la mente mientras, poco a poco, se acercaban a su destino. En un momento, Ángel despertó sin saber cuando o como se había dormido en primer lugar.

Para orientarse un poco, miró por la ventana, así observó la oscuridad de la noche, acompañada por luces que solo podían ser de una ciudad. Éstas luces se veían cada vez más cerca, por lo que Ángel dedujo que debían estar descendiendo.

Así fue, el avión aterrizó poco después, Ángel se llenó de una emoción increíble cuando, en la terminal, los estaba esperando nada más y nada menos que el Doctor Luna.

—¡Papá! —exclamó Ángel, para después correr a darle un fuerte abrazo a su padre.

—No te imaginas como se puso tu hijo cuando le dije que vendríamos a ver la excavación —dijo la madre sonriendo.

—Cuanto me alegra que hayan venido, ¿que dicen si los llevo al campamento para que descansen del viaje?

Así, entre la felicidad de un reencuentro familiar, todos juntos después de recoger el equipaje, fueron al campamento donde el doctor había estado viviendo e investigando. Al llegar, lo único que hizo Ángel fue tumbarse en la cama, se había olvidado de la chica rubia, todo lo que deseaba, era levantarse a primera hora y pedirle a su padre que lo llevara a la excavación.

Emoción fue lo único que Ángel pudo sentir a la mañana siguiente cuándo, después de un rápido desayuno, salió del campamento y pudo admirar la majestuosa esfinge, de una manera que la oscuridad de la noche no permitía. Se dio cuenta que, cerca de la pata derecha de la esfinge había un grupo de hombres con picos y palas, cavando en diagonal hacia abajo, abriéndose paso, poco a poco, entre la arenisca y la roca.

—¡Increíble! ¡Ya están excavando!

—No perdí el tiempo en cuanto vi como rebotaban las ondas ultrasónicas.

—¿Qué cosa?

—Perdón, a veces olvido que estoy hablando con mi hijo. Verás, el día de ayer al fin pude probar mi máquina especial, es una especie de radar que lanza ondas de sonido por debajo de la tierra. Si disminuyen su velocidad y luego rebotan, significa que encontraron una zona hueca. Normalmente no tendría importancia, pero esta vez, esa zona hueca es enorme, tan larga como la propia esfinge según mis cálculos.

Angel the Cat: Dioses y MonstruosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora