capítulo 35.

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Su hermano nos dejó en la casa, cargamos las cajas y las metimos dejándolas en la sala, los muebles estaban tapados con sábanas blancas, pude comprar la casa con ellos, incluso con una cocina y un refrigerador, teníamos lo necesario para mudarnos, para comenzar de nuevo; me senté en el sofá, encima de la sábana blanca, Luís se paró frente a mi y la haló, caí al suelo y lo miré, estaba muerto de risa, me levanté y lo sostuve con fuerza lo levanté unos cuantos centímetros del suelo y lo lancé con fuerza sobre el sofá, calló sentado riéndose, me le fui encima acostandolo y sosteniendole los brazos con fuerza hacia arriba, forcejeaba conmigo, los dos reíamos, metí mis caderas entre sus piernas, las afinqué un poco, le solté las manos, introduje las mías por dentro de su camisa acariciando su abdomen y pecho, sentí cuando me apretó el trasero algo fuerte y después de eso me besó.

- me gusta tu trasero, lo tienes firme, ¿ya te había dicho que parece de beisbolista?. - me dijo susurrandome cerca de mis labios.
- Sí, ya me lo habías dicho. - le susurré antes de besarlo. - ¿sabes que me gusta de ti?. - le pregunté.
- ¿Qué?. - me dijo introduciendo su mano dentro de mi pantalón.
- tu glande, tiene un color muy provocativo y también me gusta como me lo chupas. - le susurré en el oído antes de lamer y morder suavemente su oreja.
- así que te pones pervertido, bueno yo también puedo ponerme pervertido. - me dijo apretandome el pene. - sabes Diego, también me gusta cómo te quejas cuando te penetro y como se te eriza la piel cuando te doy el beso negro. - susurró en mi cuello antes de pasar su lengua.
- creo que me ganaste con eso, hiciste que me excitara mucho más. - le dije mientras sacaba dos condones de mi bolsillo.
- ¿por qué con condon?. - me dijo mientras lo destapaba y lo ponía en mi pene.
- porqué no tenemos lubricante. - le dije mientras le ponía el condon.
- espera, yo me lo pongo luego, primero disfrutaré de tu sexo oral. - me dijo quitándose el condon.

Casi hice que muriera de placer al hacerle sexo oral, sus quejidos roncos se convertían en eco en aquella casa vacía.

Rayos De Oro.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora